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Guerras Ruso-Turcas de los Siglos XVII, XVIII y XIX


Las Guerras Ruso-Turcas fueron una serie de enfrentamientos entre Rusia y el Imperio Otomano acontecidos durante los siglos XVII, XVIII y, principalmente, XIX, donde fueron especialmente intensos entre los años 1854-56, 1875-78 y que desembocaron en la Primera Guerra Mundial. Las rivalidades se produjeron por intereses territoriales cuya posición geoestratégica hacía que las zonas de contacto estuvieran continuamente en conflicto.

40-18-02/46Antecedentes de los siglos XVII-XVIII

Pedro I el Grande (1689-1725), zar perteneciente a la dinastía de los Romanov, perseguía, al igual que sus antecesores y posteriormente sus sucesores, conseguir una posición hegemónica en la zona, sobre todo lograr una salida al mar Mediterráneo, cuestión que sólo una expansión territorial le permitiría hacerlo. Dominar las costas del Báltico y del mar Negro era una objetivo primordial para su proyecto, aunque éste sería imposible de llevar a cabo sin enfrentarse al Imperio Turco.

Por tanto, ayudado por el general suizo Lefort, a quien nombró almirante, Pedro I organizó un ejército y construyó una flota con la cual se apoderó de Azov (1696), plaza que después tuvo que devolver tras otro conflicto contra los turcos en 1711, siguiendo los términos contenidos en el tratado del Prut.

El tratado de Belgrado firmado en 1739 determinó que a Rusia le fueran cedidos territorios de la región del mar Negro, pero se le prohibió mantener naves en la zona.

Durante el reinado de Catalina II, Emperatriz de Rusia (1762-1796), Rusia consiguió expandirse por la zona y tener éxito en sus conquistas. Dos guerras fueron libradas durante este período entre los rusos y la Sublime Puerta, nombre que se le daba en la época al Imperio Turco. La primera entre 1768-1774 y la segunda de 1788 a 1792.

La primera fue la más exitosa, pues se consiguieron victorias importantes en tierra y la flota turca fue destruida en el Mediterráneo en junio de 1770. El tratado de Kuchuk-Kainarzhi otorgó a Rusia la posibilidad de navegar en la zona del mar Negro junto con otros territorios.

En la nueva guerra de 1788-92 lo más destacable fue la conquista, entre otras, del territorio de Crimea, así como varias provincias marítimas de Ucrania.

Los conflictos en el siglo XIX

En el siguiente período, correspondiente al reinado de Alejandro I, los conflictos en la zona se sucedieron entre 1804 y1812. Alejandro I se declaró protector de los cristianos súbditos de los turcos y de la iglesia ortodoxa, política que le obligó a estar en constante guerra con los turcos. Además, Rusia incorporó Besarabia a sus dominios, por lo que pasó a controlar la zona comprendida desde el río Prut hasta el río Kuban, es decir, toda la costa norte del mar Negro. Los objetivos de Rusia alertaron al resto de potencias con intereses en la zona. Inglaterra mantenía interés marítimo, pues su ruta comercial dependía de la libertad de navegación y de la tranquilidad de no tener que rivalizar con ninguna otra gran potencia. En cambio, Austria mantenía sobre todo intereses territoriales.

El hecho de que Rusia no cejara en sus intentos por dominar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, que controlaban el paso del mar Negro al Mediterráneo, chocó bruscamente con Inglaterra, mientras que el deseo ruso de aumentar su influencia política sobre los Balcanes le enfrentó a Austria.

En el tratado de Adrianápolis (1829), Rusia recibió parte de la desembocadura del Danubio y parte del Cáucaso, así como el protectorado sobre Moldavia y Valaquia. El dominio ruso fue ampliado mediante el tratado de Unkiar Skelessi (1833), por el cual Rusia se erigía como protectora sobre la totalidad del Imperio Otomano.

Esta nueva situación era más de lo que podían aceptar el resto de potencias europeas, por lo que impusieron una revisión general de la situación en la llamada Convención de los Estrechos (1841), reduciendo en gran medida el papel de Rusia y apoyando al Imperio Otomano para contener y controlar su desplome, evitando que la debilidad del Imperio sólo fuese aprovechada por Rusia.

La Guerra de Crimea (1854-1856)

Durante el reinado del zar Nicolás I, un ejército ruso amenazó los principados turcos de Moldavia y Valaquia. Existió el temor por parte del resto de potencias de que Rusia utilizara a estos países como escalones para dominar Constantinopla, así que Francia y Gran Bretaña amenazaron con enviar tropas a los estrechos. A pesar de la presencia de estas flotas, el zar no retrocedió y el 3 de julio ocupó los principados.

Los turcos, al sentirse arropados por las potencias europeas y viendo reforzada su posición por la separación entre ellas, envió un ultimátum a Rusia que expiró el 23 de octubre de 1853. La guerra comenzó cuando los turcos atacaron, siendo la batalla más destacable la de Sinope, acontecida el 30-10-53 con victoria naval rusa.

Tras varias vacilaciones y conflictos,  Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Rusia el 28 de Marzo de 1854, previo vencimiento del correspondiente ultimátum con el que habían amenazado a su posterior enemigo.

En realidad, la guerra se prolongó un poco más debido al sufrimiento de las enormes pérdidas causadas por las enfermedades. Tanto Francia como Gran Bretaña necesitaban una victoria que les diera prestigio.

El objetivo de los aliados europeos fue Sebastopol, hacia donde se encaminaron las tropas con tan buen ritmo de viaje que, el día 8 de septiembre, el comandante ruso al cargo de la guarnición ordenó la evacuación del lugar. Para entonces, Nicolás II había muerto de neumonía en marzo de 1855 y había un nuevo zar en el trono ruso: Alejandro II, su sucesor. La situación para Rusia era muy difícil, puesto que le costaba aprovisionar y enviar refuerzos a su ejército en Crimea, al tiempo que mantenía otro ejército que luchaba en el Cáucaso y otro más que defendía el Báltico. Por si esto fura poco, su gran ejército central se preparaba para enfrentarse a los soldados austriacos, por si decidían terminar con su política neutral que irritó tanto a Rusia como a Gran Bretaña y Francia.

La actividad diplomática, de la mano del ministro austriaco Buol, se había iniciado en agosto de 1854, concertando los conocidos con el nombre de Los cuatro puntos de Viena que debían aceptarse como base para la paz:

1- Rusia renunciaba a sus derechos especiales sobre Serbia  y los principados, sustituyéndose por una garantía general de todas las potencias.

2- Se establecía la libre circulación por el Danubio.

3- Revisión de la Convención de los Estrechos de 1841.

4- Renuncia de Rusia a sus derechos como protectora de los cristianos ortodoxos del Imperio Otomano.

Estas bases, presentadas en forma de ultimátum a San Petersburgo el 28 de diciembre de 1855 por parte de Austria, que volvía a amenazar con entrar en la guerra contra Rusia, hizo que, el 16 de enero de 1856, fuesen aceptados los términos para que no se endurecieran demasiado con el transcurrir del tiempo.

Así pues, se llegó al Congreso de París el 25 de enero de 1856. El Imperio Otomano tuvo que aceptar ciertas cláusulas reformistas como pago al apoyo occidental recibido. Dicha reforma se estableció firmando un nuevo decreto el 18 de febrero de 1856. Otra de las cláusulas del tratado obligó a Rusia a desprenderse de la porción del sur de Besarabia, que era cedida a los principados y a Turquía. Austria no consiguió ampliar su influencia en la zona, pues a cambio de esto se le pidió entregar Lombardía y Véneto, cosa que no aceptó. Se garantizaba la neutralidad del mar Negro, lo  que en la práctica suponía que Gran Bretaña y Francia lo dominaran a su antojo.

Consecuencias de la Guerra de Crimea

A pesar de la solución dada al conflicto, los problemas continuaron, principalmente, porque no se solucionó uno de los temas más candentes tanto de la época como del ámbito concreto: el crecimiento de los nacionalismos que traería consigo la balcanización de esta región.

En cuanto a las relaciones internacionales, la guerra de Crimea supuso el final del equilibrio y del concierto europeo, instaurado en Europa tras el Congreso de Viena de 1815. La división entre las potencias europeas quedó evidenciada en el Congreso de París ya que no se llegó a ningún acuerdo. Tras una guerra costosa, imponer sanciones hubiera sido la solución, pero no se hicieron, con lo que el período de paz sirvió para que, fortalecidas y tras varias crisis sucesivas, estallara la guerra de nuevo con más fuerza.

Segunda Guerra ruso-turca

El despertar de esta cuestión, a partir de 1875, estaba previsto ya que, coincidiendo con el impulso de las nacionalidades, la dominación otomana era cada vez más precaria. La desmembración había sido jalonada por la creación de los principados de Serbia y de Montenegro, del reino de Grecia y, por último, del principado de Rumanía.

Russo-Turkish_War_(1877–1878)

Las implicaciones europeas en el conflicto

El movimiento insurreccionista comenzó en Bosnia Herzegovina, donde la mayoría de la población era de lengua serbia y religión ortodoxa, aunque fueron las condiciones económicas y sociales las causas principales del malestar. El factor religioso fue secundario.

En Bulgaria la protesta fue obra de eclesiásticos e intelectuales, dirigidos por su caudillo, el revolucionario Leuski. Aun así, no llegó nunca a ser un movimiento de masas.

En 1875, comenzó la insurrección en Bosnia Herzegovina y, en 1876, se extendió a los países búlgaros. La respuesta turca fue la de organizar una represión brutal y salvaje, por lo que Serbia y Montenegro declararon, a su vez, la guerra al Imperio Otomano.

Una vez comenzado el conflicto, todas las potencias europeas vieron la ocasión propicia para intervenir en él y obtener jugosos beneficios, sobre todo, territoriales.

Rusia, por ejemplo, encontró en aquella crisis la ocasión propicia para debilitar al Imperio Otomano y consolidar su influencia sobre las poblaciones eslavas de la península balcánica.

Por lo que respecta al Imperio austro-húngaro, no quería que, bajo la égida de Rusia, se desarrollase en los Balcanes un movimiento eslavo, ya que su intención era establecer su influencia en Bosnia Herzegovina.

En el caso de Gran Bretaña, estaba interesada en mantener al Imperio turco, pues no quería correr el riesgo de que Rusia ocupara los estratégicos estrechos del Mar Negro: el Bósforo y los Dardanelos.

El inicio de la guerra

La crisis se perfiló cuando, el 11 de noviembre de 1876, el zar se declaró resuelto a actuar, aunque para evitarlo había que obtener del sultán la adopción de un programa de reformas. El fracaso de dicha actitud reformista abrió el camino a la intervención por parte del ejército ruso, no sin tomar antes precauciones para evitar enfrentarse con Austria-Hungría y Gran Bretaña a la vez. Así, en 1877 firmó un convenio con el Imperio austro-húngaro, prometiendo su neutralidad a cambio de la posesión de Bosnia Herzegovina. Al mismo tiempo, para tranquilizar a Gran Bretaña, Rusia aseguró que no tenía intenciones de apoderarse de Constantinopla, como tampoco impondría por decisión unilateral una revisión del Estatuto de los Estrechos.

Guerra corta, paz conflictiva

La guerra comenzó en 1877, desatándose un conflicto de pequeñas escaramuzas y demostraciones de fuerza por parte del poderoso ejército ruso ante el que nada pudo hacer el decrépito Imperio Otomano. Así pues, en marzo de 1878, Rusia impuso sus condiciones de paz en el tratado de San Stefano. Sin embargo, las condiciones leoninas contenidas en el tratado, con sustanciosos beneficios territoriales para Rusia, provocaron la protesta tanto de Austria-Hungría como de Gran Bretaña, que pidieron enérgicamente la revisión en un congreso internacional. La mala situación militar y financiera de Rusia provocó un acuerdo en mayo con Gran Bretaña y en junio con Austria-Hungría. La principal revocación fue la desaparición de la formación de la Gran Bulgaria. Por contra, se formaron dos principados: Bulgaria, propiamente dicha, y Rumelia, territorio perteneciente a la Gran Bulgaria pero sometida al Imperio Otomano. El Congreso Internacional reunido en Berlín bajo  la presidencia del canciller prusiano Bismarck ratificó los acuerdos ya establecidos, añadiendo algunos detalles más, como la reducción de las ventajas territoriales de Serbia y Montenegro contenidas en el tratado de San Stefano, la promesa a Grecia de aumentar su territorio en Tesalia y, por último, la cesión por parte de Rumanía de la región de Besarabia meridional a Rusia, recibiendo a cambio Drobrudja. Pero, sobre todo, el Congreso Internacional dio a Austria-Hungría, aunque a título provisional, la administración de Bosnia Herzegovina sin permitir proceder a su anexión.

La Gran Guerra (1914-1918)

El último enfrentamiento entre el Imperio Ruso y el Imperio Otomano se produjo durante la Primera Guerra Mundial. El conflicto traería como consecuencia la desaparición de ambos imperios. La revolución rusa de 1917 puso fin a un siglo de contradicciones internas arrastradas a lo largo del siglo XIX, mientras que la derrota del imperio otomano en el conflicto trajo consigo su definitiva desintegración. El territorio de Turquía quedó estructurado, prácticamente, como lo conocemos en la actualidad.

Fuente: Britannica

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