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* Unificación del Reino de Castilla y León


En 1230 con Fernando III El Santo se produciría la definitiva unión de los Reinos de León y de Castilla perseguida desde Fernando I. La reunificación territorial fue consecuencia lógica de la evolución de ambos territorios hacia modelos socio-económicos y jurídicos comunes y en la persecución de paralelos objetivos políticos. Los rasgos identificativos de la realidad leonesa como el Fuero Juzgo, la letra visigótica o la liturgia hispano-goda fueron diluyéndose progresivamente arrastrados por el empuje europeizante impulsado a través del Camino de Santiago. Como consecuencia de esta pérdida de identidad el reino de León poco a poco se irá “castellanizando” hasta asimilarse finalmente a la realidad castellana.

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La unión castellano-leonesa coincidió con el final de la etapa almohade. El Reino de Castilla y León se beneficiaría de esta situación obteniendo una rápida expansión territorial; entre 1227 y 1262 se ocuparon las principales ciudades de Extremadura, del valle del Guadalquivir y de Murcia. El rápido avance territorial y la desafortunada política de Alfonso X “El Sabio” supuso el germen de un enfrentamiento entre la aristocracia castellana y la monarquía que marcaría la etapa siguiente. Durante el reinado de este monarca, entre 1252 y 1284, Castilla conoció un inusitado florecimiento cultural y literario aunque el engrandecimiento territorial engendraría graves desequilibrios económicos. Bajo su autoridad tuvo lugar la creación del “honrado Concejo de la Mesta” en 1273.

A la muerte de Alfonso X se desató la crisis. Los infantes de la Cerda, descendientes del primogénito de Alfonso X, reclamaron sus derechos al trono en un ambiente dominado por las reacciones del poder nobiliario ante el poder real. Las luchas nobiliarias se acrecentaron durante las minoridades de Fernando IV y Alfonso XI, a pesar de lo cual éste último pudo hacer frente a la amenaza de los benimerines en la batalla de Salado del año 1340, propiciando un breve paréntesis de estabilidad institucional. Su sucesor Pedro I tuvo de nuevo que actuar contra una aristocracia castellana apoyada por el rey de Aragón en un período de crisis económica y demográfica agravada por la Peste Negra. La sublevación señorial encabezada por Enrique, conde de Trastámara y hermano bastardo de Pedro I, motivó la intervención de Francia e Inglaterra en los asuntos castellanos; de esta forma se amplió la Guerra de los Cien Años al solar castellano-leonés. El conflicto finalizó con el triunfo y establecimiento de la dinastía de los Trastámara en la Corona de Castilla. El advenimiento de Enrique IV significó la victoria de la nobleza sobre la autoridad real. El estamento señorial recibió por ello sustanciosos beneficios. La política francófona de los primeros Trastámara llevaría a la derrota de Aljubarrota en 1385 contra los portugueses en la pretensión de Juan I de alcanzar el trono lusitano; y la posterior invasión de Castilla y León por las tropas inglesas del duque de Lancaster.

reinos+peninsulares+edad+mediaJuan I emprendería importantes reformas como la creación del Consejo Real de Castilla y la reforma de la Audiencia, institución creada por Enrique II; antecesora de la futura Cancillería que se establecerá en Valladolid en 1436. En el siglo XV Castilla y León experimentaron una recuperación demográfica y económica. La conquista del territorio andalusí se reiniciaría con la toma de Antequera en 1410; así como la ocupación de las islas del archipiélago canario. Aunque en el terreno político social este período continuó caracterizándose por las enconadas disputas entre los grupos nobiliarios y la monarquía. Juan II habría de soportar nuevos enfrentamientos entre los partidarios de la monarquía encabezados por D. Álvaro de Luna y la aristocracia castellana auspiciada por los infantes de Aragón. La victoria realista en Olmedo en 1445 consolidaría temporalmente el poder real y de D. Álvaro de Luna aunque su influencia iría declinando hasta el punto de ser condenado a muerte por el propio rey en 1453. Con Enrique IV la denominada “Farsa de Ávila”, representación por parte de la alta nobleza del destronamiento del rey, significó el momento de máximo desprestigio de la autoridad real. A pesar de ello el monarca reaccionó imponiéndose en la segunda batalla de Olmedo en 1467. Los últimos años del reinado de Enrique IV estuvieron marcados por el problema sucesorio que se decidiría raíz de la guerra civil entre los partidarios de Juana la Beltraneja y los de Dña. Isabel, hermana del rey Enrique y casada con Fernando de Aragón, los futuros Reyes Católicos. A pesar de la inestabilidad institucional el Reino castellano-leonés disfrutó a lo largo de la segunda mitad del siglo XV de un auge económico que repercutiría en su futuro político y en su posterior difusión supraterritorial.

En 1479 derrotados, los partidarios de la Beltraneja, Isabel iniciaría su reinado gobernando conjuntamente con Fernando en Castilla y Aragón. La política interior de los Reyes Católicos en la Corona de Castilla se configuró en la búsqueda de una mayor autonomía regia con respecto a la nobleza y el clero, en el objetivo de consolidar el poder monárquico. La generalización de la figura de los Corregidores en las ciudades castellano-leonesas significó la injerencia real en los asuntos concejiles enmarcado en esa intención de controlar todos los estamentos políticos e institucionales. El descubrimiento de América y sobre todo la conquista de Granada en 1492, empresas organizadas y sufragadas por la Corona de Castilla principalmente, tendrán una trascendencia decisiva para el futuro del Reino castellano-leonés. Tras la muerte de Isabel “La Católica” en 1504 y la conflictiva regencia de Fernando de Aragón y del cardenal Cisneros desembarcó en las tierras castellanas Carlos I hijo del que fuera rey de Castilla durante el año 1506 Felipe El Hermoso y de Juana I, hija de los Reyes Católicos. Este nuevo monarca, rodeado de una corte de consejeros flamencos, centró su actividad primera en obtener la investidura del Sacro Imperio Romano. La fuerte presión ejercida para conseguir subsidios de la Corona de Castilla con el fin de acometer el proyecto y la injerencia real en la política de las ciudades castellanas llevó a la rebelión del Reino. La insurrección se inició en Segovia y se extendió desde allí a las más importantes ciudades castellanas; Burgos, Ávila, León, Palencia, Soria… irían incorporándose progresivamente a la rebelión. En Ávila se nombró Capitán General de la “Santa Junta de los Comuneros” a Juan de Padilla. El incendio de Medina del Campo efectuado por los partidarios realistas agravaría el conflicto. Carlos I tras un primer período conciliador reaccionó enérgicamente. La toma de Tordesillas en 1520 y la decisiva batalla de Villalar en 1521 marcaron el ocaso de la rebelión comunera. Los cabecillas del movimiento: Padilla, Bravo y Maldonado serían ejecutados, únicamente Toledo resistió hasta 1522. La derrota comunera vino a señalar el fortalecimiento del poder real en detrimento de las instituciones y oligarquía urbana castellanas, así como su sumisión a los objetivos imperiales que caracterizarían a la dinastía Habsburgo.

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