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Revolución Mexicana – Evolución


La Revolución Mexicana fue un proceso de cambio político que tuvo lugar en México tras el derrocamiento del presidente Porfirio Díaz en 1911, y cuyo resultado fue la creación de la estructura política del México contemporáneo.

Para algunos autores la revolución mexicana finalizó con la promulgación de la Constitución de 1917, mientras que, para otros, esto sucedió en 1940, cuando el presidente Lázaro Cárdenas introdujo reformas revolucionarias y creó el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

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Antecedentes

Si la política económica de la dictadura de Porfirio Díaz fue negativa para el ámbito rural, tuvo en cambio resultados importantes en otros sectores como consecuencia de apertura a las empresas extranjeras. Esta dicotomía hizo aflorar las fuertes contradicciones existentes en una sociedad con enorme peso de la población que residía en el campo. Este descontento se acentuaba por el despojo de tierras a las comunidades indígenas, acelerado por las compañías delimitadoras de territorio creadas por las leyes de colonización, por la persistencia de un sistema de semiesclavitud agraria y por la insatisfacción de las clases medias, que emergen en la época de la Reforma y durante el proceso de modernización del gobierno de Díaz conforman un sector mayoritariamente opuesto al inmovilismo político de la dictadura. Al comenzar el nuevo siglo, entonces, la creciente oposición a la explotación extranjera, y el nacionalismo económico, unificaron diversas fuerzas sociales en el intento de derribar el porfiriato.

La ofensiva intelectual contra el régimen se acentúa en la primera década del siglo XX, en muchos casos protagonizada por personajes que han retirado su apoyo a la política seguida por Díaz. Primero, el positivismo de Comte y luego el evolucionismo otorgan el referente ideológico de la dictadura desde la plataforma intelectual conformada por el grupo de los “científicos”, doctrina atacada desde la crítica desarrollada por la denominada “generación del Ateneo”. En 1906 fue conocido el Programa del Partido Liberal, conteniendo una serie de reivindicaciones sociales que se convertirían en antecedente ideológico de la Constitución de 1917, y en 1909 el magistrado rural Andrés Molina Enríquez publicó Los grandes problemas nacionales, un texto que realizaba una dura crítica al latifundio imperante en el México rural. Una de las regiones que expresó con mayor virulencia su descontento ante la coyuntura económica fue San Luis Potosí, y entre las familias afectadas por la política económica de Díaz se encuentra la de Francisco Ignacio Madero Con extensos intereses en la región, era una de las diez grandes fortunas del México de su tiempo, con capital en haciendas e inversiones mineras. Si durante un cierto período Madero fue partidario de Díaz, pronto su concepción de la libre empresa, la modernización agrícola, y la exigencia de elecciones libres a la presidencia lo enfrentaron al régimen. En 1908 publica su libro “La sucesión presidencial de 1910″, donde expone sus ideas reclamando libertades políticas, y oponiéndose a la reelección del jefe de Estado. Se trata de una obra dirigida contra el régimen que encuentra eco en las clases medias urbanas, las profesiones liberales, los hacendados progresistas y la pequeña burguesía nacional. Convertido en amenaza electoral para Díaz con la fundación de un “Partido antireeleccionista”, Madero fue encarcelado acusado de incitar a la rebelión. En junio de 1910 Porfirio Díaz fue elegido de nuevo. Liberado bajo fianza, Madero huye a San Antonio en Texas. La prisión otorgó mayor relieve a la imagen política de Madero, y sus partidarios se volvieron más numerosos cuando dio a conocer el Plan de San Luis Potosí el 5 de octubre de 1910.

Cronológicamente, será el primer manifiesto del proceso insurreccional. No obstante, el programa maderista revela que los propósitos de los sectores sociales que participarían en la revolución no estaban totalmente contemplados en el documento. Mientras que para el autor del Plan, los problemas a resolver eran ante todo políticos, algunos de los seguidores de Madero reclamaban cambios en la estructura económica y social. Así, el Plan de San Luis amplía la fórmula de democracia formal, e incluye algunas promesas de justicia social para los campesinos expoliados. Los maderistas simplemente no podían llevar adelante una revolución radical. En su crítica del monopolio económico, especialmente de los extranjeros, los maderistas, por supuesto, podían intentar, hasta cierto punto, objetivos revolucionarios y nacionalistas. Sin embargo, como Madero explicó a su familia y como su corta vida presidencia (1911-1913) sugiere, la revolución maderista fue, en gran parte, un movimiento reformista que intentaba preservar y reforzar el sistema de libre empresa existente.

Las primeras luchas revolucionarias

El 20 de noviembre de 1910, Madero llamaba a la revolución desde San Antonio, Texas, donde se encontraba instalado; el lema fue: “sufragio efectivo, no reelección”. El movimiento maderista no parecía destinado al éxito, dada la oleada de encarcelamientos de sus simpatizantes que tuvo lugar en esos días, y la muerte de Aquiles Serdán, uno de sus dirigentes, a manos de la policía del régimen. Por otra parte, la decisión del líder, que había llevado una política moderada, tomó por sorpresa a sus partidarios, aunque el aprovisionamiento de armas había ya comenzado.

Sin embargo, en Chihuahua, Pascual Orozco y Pancho Villa lanzaron a las masas de la sierra contra las tropas del gobierno; los integrantes del Partido Liberal Mexicano se unieron a Madero, y en febrero de 1911 Emiliano Zapata se unió con su ejército campesino desde Morelos. Los revolucionarios vencieron en Chihuahua, Baja California y Veracruz, y en marzo los jefes del norte se apoderaron de Ciudad Juárez. El 21 de mayo, en la misma ciudad, se firmó un acuerdo entre los maderistas y representantes de Díaz, poniendo fin al conflicto. Pocos días más tarde el dictador dimitió y embarcó rumbo a Europa, en tanto quedaba instalado un gobierno provisional que convocó elecciones generales. Madero resultó electo a la presidencia de la república en septiembre de 1911. Este acto parecía poner fin a la revolución, pero la inestabilidad y el descontento entre los propios maderistas creará un estado de crisis permanente. En primer término, en el equipo de gobierno fueron incorporados porfiristas, algunos liberales, y tan sólo dos revolucionarios; en segundo lugar, Madero disolvió al “Partido Antireeleccionista” y creó el “Partido Constitucional Progresista”. Dos medidas que le enajenaron el apoyo de muchos militantes. Por último, en tanto el ejército federal permanecía intacto decretó la desmovilización de las tropas revolucionarias. El descontento entre los maderistas tuvo su punto más álgido en la actitud de Zapata, que se negó a desarmar a sus campesinos.

El nuevo gobierno encontró serias dificultades para dominarlo. Realmente, la respuesta social revolucionaria había sido, ante todo, rural, y el campo esperaba soluciones para un problema que afectaba a la mayoría de sus habitantes. El gobierno elegía postergar la cuestión agraria pese a que el “Plan de San Luis” se refería a las tierras que habían sido arrebatadas a sus legítimos propietarios -entre los que se contaban las comunidades indígenas- haciendo uso de una aplicación abusiva de la ley de tierras baldías, y declaraba sujetos a revisión los fallos emitidos al respecto. Madero simplemente eludió un pronunciamiento explícito contra la gran propiedad. Utilizó tres procedimientos para llevar adelante su reforma, el deslinde y fraccionamiento de los ejidos, el deslinde de los terrenos propiedad de la nación con el propósito de fraccionarlos para su venta, estimulando el desarrollo de la pequeña propiedad y la compra, con los mismos propósitos, de fincas rurales a los hacendados por parte del gobierno. Eran procedimientos demasiado cautelosos y además se encontraban frenados por la existencia en los ministerios de hombres cuyos beneficios en la época de Porfirio Díaz habían sido muy elevados. Envuelto el problema de la tierra en dilatadas gestiones, importantes jefes revolucionarios comenzaron a preparar la revolución. El movimiento obrero organizó algunos gremios al amparo de la apertura política liberal de Madero, y a la vez ponía de manifiesto, por su parte, la crisis social existente convocando numerosas huelgas reivindicativas. Anarquistas y socialistas dominaron la actividad sindical, pero serán los primeros quienes fundarán la Casa del Obrero Mundial en 1912. El presidente Madero pronto se encontró paralizado en una inercia política peligrosa para su gestión de gobierno. Al enfrentamiento con Zapata, que al ser atacado por las fuerzas federales reinició su lucha guerrillera y reclamaba el cumplimiento de las promesas del Plan de San Luis, se sumó el levantamiento de Pascual Orozco, que manifestó el llamado plan orozquista en Chihuahua. Zapata dio a conocer el plan de Ayala recogiendo las reivindicaciones sociales de sus campesinos, y reconoció a Orozco en el papel de jefe de la revolución. Había comenzado un conflicto en el seno del movimiento maderista, entre el agrarismo de los campesinos, anclado en su visión regional, y los grupos industriales y de clases medias, nacidas en el régimen que entre todos trataban de derribar. Los desacuerdos se prolongaron hasta los años 20, sobre todo porque ninguno de los bandos que se disputaban el poder podía prescindir de las masas rurales en su ejército. De ahí que Orozco, al romper con Madero, inspirara su manifiesto revolucionario en el programa liberal de 1906, y a la vez recogiera propuestas del Plan de San Luis y el Plan de Ayala. Con todo, la caída de Madero fue precipitada por los intereses petroleros. El incremento de los gravámenes a la extracción del crudo en 1912 y el decreto que permitía fiscalizar las empresas alarmó a las compañías. Pronto el sector oligárquico porfirista respaldado por el embajador de los Estados Unidos alentó la contrarrevolución. En febrero de 1913, un levantamiento armado sitió al palacio presidencial, pero fue desbaratado por Victoriano Huerta, al mando de las fuerzas gubernamentales.

Mientras Madero se debatía en el marasmo de la situación económica y social, la crisis en sus propias filas lo dejó sin apoyos. Durante el período que transcurrió entre el 8 y el 18 de febrero, se desarrollaron los acontecimientos que permitieron instrumentar el golpe de estado. El 22 del mismo mes, Madero y su vicepresidente, Pino Suárez, fueron asesinados por orden de Huerta, quien seguidamente ocupó la presidencia. Con la caída de Madero, el sector oligárquico del porfirismo intentaba regresar al antiguo estado de cosas. En los hechos, acabaron de precipitar la revolución social.

La intervención norteamericana

Huerta fue reconocido por los países europeos, pero los Estados Unidos se mostraron renuentes a manifestarse en tal sentido. Woodrow Wilson propugnaba una nueva política con los países iberoamericanos, y al mismo tiempo que retiraba al embajador anunció que no reconocería gobiernos surgidos de un golpe de estado. Tras las reticencias del presidente norteamericano estaba la cuestión del petróleo; no obstante, pese a las presiones de las empresas, Wilson tenía proyectos a largo plazo y entendía que Huerta no era el personaje para amortiguar el ímpetu de la revolución. Un acuerdo con Gran Bretaña y el estallido de la Primera Guerra Mundial dejaron el camino libre a Estados Unidos. Un incidente fortuito en Tampico alentó la intervención de los marines, que ocuparon el puerto de Veracruz en abril de 1914, como medida para precipitar la caída de Huerta. Sin embargo, la reacción de los jefes de la oposición fue negativa. Los mexicanos rechazaron la presencia de tropas extranjeras; Venustiano Carranza, que había hecho progresos militares al frente de las tropas llamadas constitucionalistas, se manifestó contra la intervención norteamericana.

Luchas entre caudillos

La impopularidad internacional de la intervención así como sus propios costes hicieron desistir a la Casa Blanca, que retiró sus tropas. No obstante, se ejerció un bloqueo económico contra Huerta y los ejércitos constitucionalistas adquirieron armas en Estados Unidos. En torno al Plan de Guadalupe de Venustiano Carranza, que llamó a la lucha a todos los mexicanos contra el dictador, se congregaron los principales jefes de las masas populares: en el sur, Emiliano Zapata y otros jefes de sus fuerzas campesinas; en el norte, Pancho Villa y sus huestes serranas, junto con Alvaro Obregón Los sucesivos éxitos militares de los constitucionalistas obligaron a Huerta a dimitir el 15 de julio de 1914.

La derrota del ejército federal fue seguida de su disolución por orden de Carranza, que eliminaba así una de las bases de la oligarquía porfirista. El nuevo conductor de la revolución poseía características muy diferentes de los jefes rurales. Era un terrateniente, admirador de los “científicos”, anticlerical, y se presentaba como continuador de las ideas de Madero; esto le atrajo la adhesión de las clases medias urbanas y de sectores burgueses. Los hombres que le seguían procedían de Coahuila y Sonora, donde predominaba la economía de mercado, en contraste con las regiones de los partidarios de Zapata y de Villa. Por otra parte, Carranza había conseguido articular una milicia con fuerzas estatales, más disciplinada que las masas rurales integrantes de los ejércitos populares. La política de los núcleos carrancistas estaría enfocada controlar los hacendados tradicionales, la iglesia y la presencia extranjera en la economía. La reacción de los porfiristas, culminada en el asesinato de Madero, modificó la actitud de las clases medias, que se decidieron a destruir los fundamentos de la dictadura, única vía para instalar un nuevo gobierno. Por ello llegarían a incorporar en sus proclamas, con menos vacilaciones que Madero, las demandas de las masas rurales, intentando atraer a su causa las fuerzas de Villa en el norte y el Ejército Libertador del Sur, conducido por Zapata.

Los desacuerdos entre Carranza y los jefes de las divisiones del norte y del sur, Villa y Zapata, no estaban zanjados. El Plan de Guadalupe no había reconocido el Plan de Ayala en su totalidad, tal como los zapatistas exigían, y Villa acusaba a los carrancistas de haber quebrantado el Pacto del Torreón, concertado en la lucha contra Huerta. Villa simplemente deseaba mantener su independencia ante el propósito manifestado por Carranza de formar un solo ejército y colocar sus divisiones bajo el mando de Obregón. El enfrentamiento armado entre carrancistas y villistas era inminente, y la situación se agravó por la desconfianza a toda centralización del poder. La Convención de generales constitucionalistas, preparada por Carranza, debía realizarse en territorio fronterizo entre los bandos en litigio, ante la oposición de los jefes rurales a reunirse en México capital. La escisión de los grupos revolucionarios en tres grandes facciones marcó el final de la reunión. Iniciada el 10 de octubre de 1914, sumaba a las reformas políticas el contenido social del Plan de Ayala. La restitución de las tierras de los ejidos a las aldeas campesinas era una exigencia de las masas rurales del sur, a la vez que la expropiación de la gran propiedad. Cuando la Convención abordó el tema de la presidencia provisional, ésta recayó en Eulalio Gutiérrez, jefe revolucionario de San Luis Potosí. La hostilidad hacia Carranza hacía imposible su nombramiento, por lo que retiró sus delegados acompañado por el general Alvaro Obregón. La confrontación era inevitable, y la revolución presentaba ahora una nueva ruptura, entre “constitucionalistas” y “convencionalistas”.

La entrada de Villa y Zapata en México luego del Pacto de Xochimilco, no constituyó una victoria definitiva de los caudillos rurales, puesto que los desacuerdos con Eulalio Gutiérrez pronto dejarían solo al presidente. En el seno de las divisiones villistas anidaban las ambiciones y las intrigas; Zapata abandonó México y retornó a Morelos. Finalmente, Estados Unidos decidió apoyar a Carranza, atrincherado en su cuartel general de Veracruz, en quien veía condiciones para lograr la unificación del país. En verdad, reunía en sus filas intereses que representaban mejor el ámbito nacional, en tanto que los jefes de las divisiones del norte y del sur estaban condicionados por el regionalismo. Durante la lucha contra Villa y Zapata, los ideólogos carrancistas de las clases medias se dispusieron a arrebatar la bandera social de manos de los líderes campesinos. Al comenzar 1915 redactaron un proyecto de reforma agraria que anulaba el despojo de las tierras comunales, restituía los ejidos e intentaba favorecer el surgimiento de una clase de pequeños propietarios. Entre tanto, en el medio urbano pactaban con los dirigentes de la Casa del Obrero Mundial, cuyos Batallones Rojos aportaron una importante contribución a las victorias constitucionalistas. Ese mismo año vencían en Celaya y Aguas Calientes, obligando a Villa a refugiarse en el norte, y poco después la derrota de Agua Prieta señaló el repliegue definitivo de los carismáticos jefes rurales, pronto reducidos a la lucha de guerrillas.

La Revolución institucionalizada

La Constitución de 1917 sentaría las bases institucionales del régimen surgido de la revolución. Pese a que los partidarios de Villa y Zapata no participaron en el congreso convocado al efecto, la composición del grupo constitucionalista garantizaba la representación de los intereses más diversos en la redacción del documento definitivo, y aunque inspirada en la de 1857, la nueva Constitución mexicana introducía sustanciales modificaciones. Permanecía la concepción de la propiedad privada, pero supeditada a su función social, se planteaba el tema agrario restituyendo los ejidos y las tierras ilegalmente expropiadas a los campesinos, la protección al obrero planteaba la reducción de la jornada laboral a ocho horas, y el derecho a la huelga; se reducía el poder eclesiástico, y se disponía, por el artículo 27, de los instrumentos legales para que el país recuperara sus dominios sobre los sectores productivos de la minería y el petróleo. En líneas generales, si la Constitución de 1917 era reformista en muchos aspectos, reflejaba las ideas de unas clases medias que predominaban en las filas carrancistas, e incorporaba ideas avanzadas para la época. En tal sentido, excedía los propósitos perseguidos por Carranza; no contentaba a los núcleos radicales de sus filas, pero se convertía en un eficaz instrumento para acceder a la presidencia. El Gobierno de Carranza, iniciado en mayo de 1917, se caracterizó por un nacionalismo testimoniado en sus esfuerzos para recuperar el control de la economía, y pese a que no pretendió aplicar las disposiciones con retroactividad, se vio enfrentado a las empresas petroleras y la política de Washington y Gran Bretaña. No obstante, la actitud conciliatoria de la Casa Blanca, obligada por la guerra mundial, así como la moderación de Carranza, evitaron un choque frontal. La etapa constitucional también implicó la reaparición de los partidos políticos en la vida mexicana, a la vez que se fortalecía el sindicalismo. El surgimiento de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), en 1918, y la proclama de neutralidad, que mantuvo a México al margen de la Primera Guerra Mundial, parecieron normalizar la política interior. Pero no resultaba fácil mantener la estabilidad con una serie de caudillos revolucionarios decididos a desarrollar su política. De tal modo, Félix Díaz y Manuel Peláez lanzaron sus fuerzas contra el gobierno financiados por las compañías petroleras; Villa continuó sus operaciones guerrilleras; Zapata, en el sur, no cejaba en sus propósitos de hacer realidad las demandas de los campesinos de Morelos. El asesinato de Emiliano Zapata por un oficial de las tropas de Carranza en 1919, abrió una larga lista de atentados contra generales de la revolución, pero no finalizó la resistencia del mundo rural ante unas lentas reformas. En un clima de violencia se llegó a las elecciones presidenciales de 1920, donde se enfrentaban las candidaturas de Alvaro Obregón, desde el estado de Sonora, con la de Ignacio Bonillas, propuesto por Carranza. Dispuesto a imponer la continuidad de su política, el presidente desató una campaña contra Obregón y los integrantes del movimiento de Sonora.

Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles eran las figuras destacadas de este grupo; el primero obtuvo el apoyo de la CROM, un importante sector de las clases medias, las fuerzas de Sonora y el Partido Liberal Constitucionalista. La intervención federal decretada por Carranza en marzo de 1920 fracasó y en tanto el Plan de Agua Prieta dado a conocer por Calles recibía múltiples adhesiones, parte del ejército se sublevaba contra el presidente, que se encontraba cercado en la ciudad de México. A comienzos de mayo Venustiano Carranza se alejó de la capital, pero el 20 de ese mismo mes, en el pueblo de Tlaxcalatongo fue asesinado. Los viejos caudillos, intérpretes de los grupos populares, eran desplazados por sectores sociales más vinculados a los medios urbanos, consolidando los cambios producidos durante el proceso revolucionario.

Con el breve interinato de Adolfo de la Huerta se inicia el período que otorga el poder a la dinastía sonorense, en el que se intenta la reconciliación de constitucionalistas y agraristas, y a la vez colocar los fundamentos de un sistema político estable, capaz de transmitir el poder sin presiones de los jefes regionales. En los hechos, el de Agua Prieta contra Carranza sería el último movimiento militar cristalizado con éxito, pero no el último de los levantamientos y rebeliones que conocería el país. Incluso en el período de provisionalidad De la Huerta se enfrentó a la oposición de algunos estados, aunque entre sus éxitos puede anotarse el acuerdo con Pancho Villa y el retiro de éste a la hacienda Canutillo. En julio de 1923, el jefe de la División del Norte caería víctima de un atentado en las cercanías de su hacienda. Electo Obregón a la presidencia por amplia mayoría, desempeñará el cargo entre 1920 y 1924, con el respaldo del Partido Liberal Constitucionalista, los agraristas dirigidos por Gildardo Magaña, continuador de la tendencia zapatista, la CROM, dirigida por Luis Morones, algunos intelectuales, como José Vasconcelos, regresado del exilio, las clases medias urbanas y sectores del ejército.

Con una base social de tal amplitud, y la moderación demostrada por el nuevo presidente al abordar problemas como las relaciones con la iglesia o los monopolios extranjeros, su mandato pudo discurrir sin demasiados contratiempos. Pese a todo, las reformas fueron tangibles. Decidió enfrentar la cuestión agraria, la educación fue recuperando el fuerte apoyo oficial que había recibido en la época de la Reforma por inspiración del ministro José Vasconcelos, y se extendía a las comunidades indígenas. Pero en otros planos el gobierno se mostró menos decidido, y la coyuntura económica moderó el nacionalismo del presidente frente a las compañías norteamericanas y británicas. En cuanto a las exportaciones, el petróleo sustituyó con creces la decadencia experimentada por otros productos, y Obregón se encontró obligado a otorgar ciertas seguridades a las compañías extranjeras. Un nuevo conflicto armado surgió cuando se planteó la sucesión presidencial de Obregón. Plutarco Elías Calles se enfrentó en las elecciones a Adolfo de la Huerta, y el triunfo del primero desencadenó la guerra civil. De la Huerta y sus partidarios rechazaron el continuismo del grupo de Agua Prieta, y desde Veracruz movilizaron al agrarismo y algunos núcleos obreros.

El triunfo de Obregón sobre el levantamiento permitió a Calles, que regresaba de Europa, acceder a la presidencia, para proseguir el proceso centralizador iniciado por su antecesor. La incorporación al gobierno de integrantes de las clases medias y el apoyo a sectores obreros, sobre todo a la CROM, así como a organizaciones campesinas procurando supeditarlas a la política de Calles, formó parte del proyecto que afirmó las bases de su poder. En todo caso, tanto la errónea evaluación del vigor de las reclamaciones del México rural, como los conflictos petroleros con Estados Unidos o las fricciones con la iglesia católica, que dieron lugar al movimiento cristero constituyeron graves problemas. Por fin, Obregón fue asesinado por un fanático religioso en julio de 1928, antes de hacerse cargo de la presidencia. Su desaparición abrió una nueva etapa electoral bajo el gobierno provisional de Emilio Portes Gil, durante la cual Calles creó el Partido Nacional Revolucionario (PNR), desde el cual controlaría la vida política. Poco antes había anunciado el fin de la era de los caudillos para dar paso a las transferencias del poder sin rebeliones regionales. El hito definitivo de esta etapa fue el acceso al poder de Lázaro Cárdenas en diciembre de 1934, cuyo sexenio duraría hasta 1940. Durante la presidencia de Cárdenas el Estado se convierte en la fuerza de control de la sociedad, el factor organizativo del desarrollo del país. El gobierno cardenista subordinó el movimiento obrero al gobierno, mediante la adopción de un tipo de control burocrático-corporativo. Paralelamente vinculó orgánicamente a los campesinos al proyecto del nacionalismo revolucionario, imprimiendo nuevos ritmos al reparto agrario a través de las leyes de reforma agraria. Finalmente, por medio de la expropiación de las sociedades petroleras norteamericanas y su sustitución con la empresa estatal -Petróleos de México, PEMEX- y la creación de numerosas sociedades estatales sentó las bases para promover el proceso de industrialización nacional, que dió al Estado una capacidad de control del desarrollo industrial sin paralelo en la historia de los países latinoamericanos.

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Fuente: Espasa, National Geographic, Britannica, Wiki

 

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