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Estampas históricas


Figura 1,2,3 y 4

1. « Regreso de Napoleón de la isla de Elba »

Tras su regreso de su exilio en la isla de Elba y en su camino a París, el 7 de marzo de 1815, en Laffrey, cerca de Vizille, una tropa formada realista sale al encuentro del Emperador a fin de llevar preso al « usurpador » ante Luis XVIII.

Después de ordenar a sus hombres bajar las armas poniendo en tierra las bocas de sus fusiles, Napoleón se apea de su caballo y camina tranquilamente hacia la tropa. Al llegar a veinte pasos del frente de batalla, abriendo su redingote y descubriendo su pecho, Napoleón se detiene y dice con voz firme y clara « ¡Soldados! Si hay uno solo entre vosotros que quiera matar a su Emperador, puede hacerlo… ¡heme aquí! ». Un sólo clamor respondió: ¡Viva el Emperador! y tanto soldados como oficiales, echando a tierra las armas, corrieron a mezclarse con los veteranos de la isla de Elba.

Es así como, hecho sin precedentes en la historia, el héroe vence – internándose solo y sin ayuda en un reino de treinta millones de habitantes -, a todos los ejércitos de los borbones y recupera el trono sin desenvainar la espada ni disparar un sólo tiro.

Cuadro del barón Charles Auguste Guillaume de Steuben (1788-1856).


2. « La reunión de Grenoble »


De regreso de su exilio en la isla de Elba, en marzo de 1815, Napoleón llega a la ciudad de Grenoble el día 7 siendo aclamado y llevado en hombros por una población delirante.

No obstante, el alcalde realista, el Sr. Fourrier, se niega a recibirlo y deserta la prefectura, en la que el soberano decide no quedarse. En vez de eso, se dirige a la Hostería de los Tres-Delfines (« Auberge des Trois-Dauphins », hoy el famoso restaurante « Auberge Napoléon »), en el n° 7 de la calle Montorge, cerca de la Plaza Grenette. Evocado por Víctor Hugo en « Los Miserables », este establecimiento era entonces propiedad del Sr. Toussaint Labarre, antiguo artillero de las campañas de Italia y de Egipto.
El Emperador se hospeda ahí los días 7, 8 y 9 de marzo de 1815 antes de seguir su camino hacia París.

Es durante ese periodo que tiene lugar una conmovedora escena, cuando el pueblo de la ciudad destroza las puertas y, llevándole los pedazos y astillas hasta el pie de su balcón, se congrega frente a la hostería y entre gritos de « Vive l’Empereur!», le dice: « Sire, no tenemos las llaves, pero he aquí las puertas de la ciudad ».

Posteriormente la recámara del Emperador Napoleón (la n° 2) será ocupada por personalidades insignes como Henri Beyle (Stendhal), Franz Liszt, Gambetta, etc.

Estampa popular francesa.


3. Matrimonio civil de Napoleón y de Josefina

El 19 de ventoso del año IV (9 de marzo de 1796), en el ayuntamiento parisino de la calle de Antin, antes hotel Mondragón, sede de la 2ª municipalidad, tiene lugar el matrimonio civil del joven general Bonaparte y María Josefa Rosa Tascher de la Pagerie.

Hasta entonces, Josefina, como Napoleón la ha bautizado, mujer ya un poco mayor para los estándares de la época, viuda, y madre de dos hijos, vive de recursos ajenos, y su situación es bastante precaria. La de Napoleón no lo es mucho menos y unos días antes de la ceremonia el notario Raguideau ha dicho a la novia: « ¡casarse con un general que por todo haber tiene su capa y su espada! ». Era verdad, pero también lo que en una ocasión Napoleón había dicho, y que Josefina no olvidaría: « ¡Llevo al lado mi espada, y con ella iré lejos! ».

En efecto, la joven pareja apenas puede disfrutar de dos fugaces noches de luna de miel, pues dos días después el intrépido general parte hacia « las llanuras más fértiles del mundo » a la cabeza del ejército de Italia, desde donde a partir de ahora bombardeará a su amada con cartas apasionadas: « No he pasado un día sin amarte; no he pasado una noche sin ceñirte en mis brazos; no he tomado una taza de té sin maldecir la gloria y la ambición que me tienen alejado del alma de mi vida. »

Estampa nupcial de la época.


 4. « Bonaparte visitando a los apestados de Jaffa »

Tras un breve sitio de tres días, la ciudad de Jaffa cae en manos del ejército francés de Oriente el 7 de marzo de 1799. Sin embargo, aunándose a los percances propios del conflicto, una epidemia de peste se declara y se extiende rápidamente.

Deseoso de reconfortar e infundir valor a sus hombres, muchos de los cuales ya flaqueaban por la penuria y las terribles privaciones de la campaña en Egipto y Palestina, Napoleón decide visitar, el 11 de marzo, a los enfermos en los hospitales, que en los peores casos son ya meros morideros. Le acompañan algunos oficiales de su estado mayor y el médico en jefe del ejército, Desgenettes, quien trata de mantener al joven general lejos del foco de contagio, pero éste se niega y responde: « sólo hago mi deber, ¿no soy el general en jefe? ».

En nuestra imagen, vemos al joven héroe durante su recorrido en el antiguo hospital del monasterio armenio de la ciudad, en el momento en que, tras haber retirado su guante, toca el bubón purulento de un desahuciado mientras otros enfermos tratan de acercársele. En otro momento, siempre a costa de su propia vida, « Bonaparte ayudó a levantar el cadáver horroroso de un soldado, cuyas ropas estaban contaminadas por la abertura repentina de un bubón abscedado », relata el Desgenettes.

Desde un punto de vista simbólico, esta dramática composición, presentada en el Salón abierto del Louvre en septiembre de 1804, el año mismo de la Consagración del Emperador, reviste una importancia y una simbólica muy particulares, pues es una evocación de la tradición de sanación taumaturga por los reyes de Francia, que tocaban a los escrofulosos a fin de curarlos.

Óleo de Antoine-Jean Gros (1771-1835).


Figura 5,6,7 y 8

5. « Napoleón I es coronado Rey de Italia »

En virtud de un decreto promulgado por una delegación de notables italianos y votado por consulta del 17 de marzo de 1805, el Emperador Napoleón es promulgado Rey de Italia.

El 26 de mayo siguiente será coronado en la catedral San Ambrosio (el Domo) de Milán durante una excelsa ceremonia oficiada por el arzobispo de la ciudad y legado del Papa en París, el Cardenal Caprara.

Como en la catedral de Nuestra Señora de París, Napoleón posó él mismo sobre su cabeza, tocada con la corona imperial, la Corona de Hierro, mítico nimbo de los reyes Lombardos, que contiene un aro inalterado forjado a partir de un clavo de la corona de Cristo y que el propio Carlomagno portara a partir del año 774. « ¡Dios me la da, cuidado a quien la toque! » fueron las palabras sacramentales pronunciadas por el Emperador según la fórmula consagrada, así « asumiendo la altiva divisa vinculada a la antigua diadema por sus primeros poseedores », observa Sir Walter Scott.

Napoleón se convertía de esta forma en el promotor de la Independencia de Italia, perpetuamente amenazada por las miras austriacas que hacían de ese reino su coto de caza privado, y nombraba un virrey en la persona de Eugenio de Beauharnais.

Asimismo, menos de dos semanas después de su consagración en Milán, el Emperador sentará las bases de una nueva orden de caballería imperial, promulgando un decreto que crea la Orden de la Corona de Hierro (ver nuestro álbum “Los símbolos del Imperio”).

En la imagen: Coronación de Napoleón I como rey de Italia, en un grabado de Henri Félix Emmanuel Philippoteaux (1815-1884).


6. « El Emperador presenta al Rey de Roma al pueblo de París »

Después de varias peripecias diplomáticas, el emperador de Austria, Francisco I, concede al Emperador Napoleón la mano de su hija, la archiduquesa María-Luisa de Habsburgo, a quien el soberano francés desposa en abril de 1810. De esta unión nace el 20 de marzo de 1811, en el palacio de las Tullerías, un hermoso bebé llamado Francisco-Carlos-José-Napo león, quien recibe inmediatamente el título de Rey de Roma en virtud del senadoconsulto del 17 de febrero de 1810. Este título tiene un profundo significado y simbolismo, pues se inscribe en la lógica de la herencia del Imperio Romano Germánico, en el cual el sucesor del emperador recibía de los Electores el título de « Rey de los romanos »
El alumbramiento ha tenido lugar a las 9h20 de la mañana, tras un arduo trabajo de parto. No obstante, a las 10h30 de la mañana el Dr. Dubois reexamina al niño declarándolo saludable.

En la noche, a las 21 horas, el infante es elevado en brazos por el cardenal Fesch durante una ceremonia magna en la cual el cielo nocturno de París es iluminado por un estallido de fuegos artificiales. Asimismo, 101 cañonazos retumban en el espacio anunciando al pueblo parisino el nacimiento del tan esperado heredero del Emperador Napoleón I.

Sin embargo, la fortuna será cruel con este niño de destino truncado, príncipe imperial y rey a su nacimiento, y en cuya frente brillaba el nimbo de la esperanza « del más bello imperio desde Carlomagno ». En efecto, será reconocido emperador dos veces, reinando bajo el nombre de Napoleón II del 4 al 6 de abril de 1814, y del 22 de junio al 7 de julio de 1815, tras las abdicaciones de su padre en dichos años. Después de la deportación de Napoleón a Santa Helena, recibirá de su abuelo el emperador de Austria el título de duque de Reichstadt, mismo que portará hasta su prematura y trágica muerte el 22 de julio de 1832, en el palacio vienés de Schönbrunn.

Figura romántica por excelencia, la posteridad lo recordará más simplemente como « el Hijo del Hombre », o más comúnmente, como el Hijo del Águila: « el Aguilucho » (ver también nuestro álbum « La Familia Imperial y otros napoleónidas »).


 

7. « Firma de la Paz de Amiens, 25 de marzo de 1802 »

Óleo de Anatole Devosges (1770-1850).
Poniendo fin a la segunda Coalición europea contra Francia, ésta última, junto con Inglaterra, Holanda y España, firman el 25 de marzo de 1802, en la ciudad de Amiens, un tratado de paz con el cual el Primer Cónsul Bonaparte, tras apenas poco más de dos años de gobierno, cierra un periodo de 10 años de guerra cruenta e ininterrumpida, para gran regocijo de un pueblo francés exultante.

En efecto, en febrero de 1801, tras haber violado los compromisos establecidos en el tratado de Campoformio (1797), el emperador de Austria Francisco II se ha tenido que conformar a una nueva convención, el tratado de paz de Lunéville, después de su intento fallido de invasión de Francia que culmina para él en la terrible derrota de Marengo. De esta forma, Inglaterra se ha quedado momentáneamente sola en sus planes de destruir a la nueva Francia y el ministro inglés Lord Henry Addington, vizconde de Sidmouth, se resigna muy a su pesar a suscribir a un acuerdo de paz.

Por medio del tratado de Amiens, Albión devuelve a Francia las Antillas y los establecimientos de la India, conservando por su cuenta Trinidad, sustraída a España, y Ceilán, arrebatada a Holanda, restituyendo el Cabo a ésta última. Pero ante todo, Inglaterra se compromete a evacuar Egipto y a restituir Malta a los caballeros de la Orden de San Juan dentro de los tres meses. Por desgracia, todo esto es una mera distracción diseñada para ganar tiempo pues, dado que Francia conserva la orilla izquierda del Rin, Bélgica, y sobre todo el puerto de Amberes, auténtica e histórica manzana de la discordia, las verdaderas intenciones del gabinete de Londres son muy diferentes en su proyecto político desde el principio. Así, el jefe del gabinete británico Lord Addington, ante su Parlamento, presentaba la situación en estos términos más que claros: « Por ahora, nuestro deber es conservar nuestras fuerzas. Reservémoslas para ocasiones futuras, cuando podamos recobrar la ofensiva con esperanza de éxito »…

Efectivamente, la paz tan arduamente adquirida será violada tan sólo un año después, el 18 de mayo de 1803 por el ministro William Pitt, de vuelta al poder el Londres, cuando sin declaración previa de guerra Inglaterra se apodera de todos los navíos franceses y holandeses haciéndose de sus cargamentos y echando sus tripulaciones a las mazmorras. Inglaterra tampoco ha respetado su promesa de evacuar Malta, y el gabinete de Londres prodiga enormes cantidades de dinero a los aliados organizando y financiando ya de facto la Tercera Coalición. Por su lado, el Primer Cónsul se ve forzado a replicar el 20 de junio por medio de un decreto que prohíbe la entrada a Francia de toda mercancía proveniente de Inglaterra o de sus posesiones, y moviliza a su Gran Armada en el Campo de Boloña, en previsión de una invasión a Inglaterra que será interrumpida por la amenaza de los ejércitos austro-rusos ya en marcha, misma que motivará la campaña de Bohemia y culminará en la legendaria batalla de Austerlitz.


 

8. «Decreto que instaura el azúcar de betabel y proscribe el azúcar de caña» (25 de marzo de 1811)

Ya desde 1792, Inglaterra había instaurado un estricto bloqueo marítimo con la intención de ahogar a Francia encerrándola dentro de sus fronteras, impidiendo su comercio, su abastecimiento, y toda relación con las Antillas; en resumen, haciendo imposible todo intercambio comercial con los países distribuidores de especias y de azúcar, dado que estos productos eran todos tributarios del transporte marítimo. Por consiguiente, muy pronto el azúcar se vuelve un artículo escaso y cada vez más necesitado.

Ulteriormente, ya durante el Imperio, cuando Napoleón I decreta el 21 de noviembre de 1806 el colosal bloqueo continental que impide a los ingleses todo acceso a los puertos del continente, la situación se agrava y el azúcar se convierte en un producto de lo más raro y preciado, un raro privilegio, dado que todas las mercancías británicas están prohibidas en territorio francés.

Así es como Napoleón solicita a sus investigadores e industriales hallar un producto de remplazo, exhortándolos con dadivosas gratificaciones de orden económico y fiscal. Muy pronto, se dan resultados alentadores y en 1810 el naturalista y banquero Benjamín Delessert (1773-1847) presenta sus primeros panes de azúcar de betabel al Emperador, quien lo condecora con la cruz de la Legión de Honor.

Con este gran descubrimiento, nace una nueva y próspera industria que suscita la rápida multiplicación en toda Francia de fábricas de azúcar, la creación de miles de empleos, una fuente segura de exportación permanente y la baja substancial del precio de este artículo básico, nuevamente accesible en toda la nación y a todas las capas del pueblo.


SIMBOLOS DE UN IMPERIO

Figura 1,2,3 y 4

1. Águila del modelo “aligerado” (1810-1811). Obra de Thomire.

Desde el día siguiente a la coronación del 2 de diciembre de 1804, el Emperador Napoleón hizo colocar este símbolo imperial en la cima del asta de todas las banderas de los ejércitos napoleónicos. Por lo demás su imagen se multiplicará a lo largo de Francia y del Imperio en una infinidad de emblemas, efigies, esculturas, estampas, y demás representaciones.

2. La Corona de Hierro de Lombardía

El 23 de mayo de 1805, ante una inmensa multitud reunida en la Catedral de Milán durante una excelsa ceremonia oficiada por el arzobispo de la ciudad y legado del Papa en París, el Cardenal Caprara, el Emperador Napoleón había colocado él mismo sobre su cabeza la Corona de Hierro de Lombardía, que fue creada en 591 A.C. utilizando un clavo llamado “de la Cruz de Nuestro Señor”. Esta corona, que representaba un verdadero enlace con la herencia suprema del Santo Imperio Romano Germánico, fue portada por una sucesión de grandes emperadores europeos, entre los cuales el mismo Carlomagno, así como Carlos V, y era un poderoso símbolo de la transferencia de la autoridad universal a la persona de Napoleón I. Cuando elevaba la corona hacia su frente, el nuevo Rey de Italia había pronunciado la antigua fórmula de la sucesión legítima a esta dignidad real: ¡Dio me la diede, guai a chi la tocca! (« ¡Dios me la dio. Cuidado a quien la toca! »)


 

3. El cetro o Mano de Justicia de Carlomagno

“Verdadera falsa”, esta pieza una creación de Biennais para la consagración de Napoleón I, en parte obra del siglo X y en parte del siglo XIX. Todos los símbolos imperiales fueron creados por el orfebre Biennais para el Emperador.

Elementos antiguos de la abadía de San Dionisio fueron recuperados para la corona y el cetro entre otros; el diseño de la Mano de Justicia, bendiciendo según el rito trinitario, proviene de dibujos antiguos, y la base de la mano es embellecida con anillas antiguas de estilo merovingio y carolingio.

Fotografía del Conde de Bothuri Bàthory.


4. La corona de la Consagración o “de Carlomagno”

Inspirada de dos grabados del siglo XVIII, esta corona de ocho ramas y rematada por un globo crucífero, llamada “de Carlomagno”, es en realidad una obra moderna creada por el orfebre Biennais para la coronación de Napoleón I. La cofia de terciopelo bordado fue añadida en 1825, para la coronación del rey Carlos X.


Figura 5,6,7 y 8

5. Hoja de la corona de la Consagración

Confeccionada en tuya, concha y oro. Proveniente de la antigua propiedad del pintor Isabey.

6. El cetro de Carlos V a la efigie de Carlomagno

Atributo real esencial, dos cetros indican que el monarca es asimilado a los reyes de Judea. El cetro, bastón de mando, signo de autoridad soberana, era empleado por los Francos, “pueblo predilecto” de Dios, ese mismo que Él escogió para expresar sus altos designios en la tierra.

El cetro más largo representa al bastón de Moisés, es decir, transcrito a la tradición cristiana, el del buen Pastor que guía a su pueblo, testigo de que la tierra, por la vía del rey, está unida al cielo.

Dos de los “Honores” de Carlomagno, recuperados durante la consagración del 2 de diciembre de 1804 figuran entrelazados en las armas imperiales. El cetro aquí presentado es el de Carlomagno, que soporta en su cima una estatuilla sedente del primer emperador de Occidente sobre una flor de lis abierta que corona a un globo engarzado y ornamentado con motivos alegóricos.


7. El Águila Imperial

Ave de Zeus, luego de Júpiter, emblema de la Roma imperial, el águila es adoptada por decreto del 10 de julio de 1804, estipulando que las armas del Emperador son: “de azur con águila a la antigua de oro, de pie sobre un rayo del mismo (de oro)”. Esta águila sin embargo, muy diferente de los motivos de la heráldica tradicional, se inspira igualmente del águila carolingia, en tanto símbolo de la tradición franca y evangélica.

Por otro lado, este emblema evoca la extensión del poder real a través de la presencia de Napoleón, consagrado emperador.


8. La Legión de Honor

La Orden de la Legión de Honor fue creada por el texto del 9 pradial año X, firmado por el Primer Cónsul Bonaparte, quien proclamó ley de la República el decreto entregado por el Cuerpo legislativo el 29 floreal año X (19 de mayo de 1802).

Bajo el reinado Napoleónico, el Consulado y posteriormente el Gran Imperio fueron cimentados sobre la base de una estructura meritocrática simbolizada y encarnada por la Legión de Honor, distinción de un prestigio sin paralelo que bajo la elocuente divisa « Honor y Patria » estaba dedicada a recompensar las hazañas y sacrificios hechos en beneficio de la Patria en los ámbitos civil y militar, substanciando a la vez el espíritu de la futura nobleza de Imperio: « No reconozco otra aristocracia que la otorgada por el valor, el esfuerzo, el trabajo y el buen corazón », afirmaba el Emperador.

En esta foto vemos el Gran Cordón de la Legión de Honor, en el ejemplar personal del Emperador Napoleón (Colección Pierre-Jean Chalençon).

Figura 9,10,11 y 12

9. El sello de los títulos

Después de ser eliminados por la Revolución, los títulos, reintroducidos progresivamente a partir del año XII, fueron codificados por los estatutos del 1° de marzo de 1808, apuntalando la creación de la nobleza de Imperio que estaba fundamentada en la premisa siguiente: « no reconozco otra aristocracia que la otorgada por el valor, el esfuerzo, el trabajo y el buen corazón », como lo señalaba el Emperador. Dichos títulos eran transmisibles de varón en varón, por orden de primogenitura, sobre constitución de mayorazgo – conjunto de bienes territoriales o de rentas inmovilizadas inalienables y que producían un ingreso fijo en función del título al cual estaba asignado. Estos mayorazgos podían estar dotados por el Emperador por completo o en parte. Napoleón instituyó también, especialmente en favor de sus soldados, dotaciones no atadas a un título que eran rentas hereditarias sobre el Dominio extraordinario. El decreto del 17 de mayo de 1809 restableció los escudos de armas en favor de las villas y ciudades. El Consejo del sello de los títulos (Conseil du sceau des titres), creado en 1808, estaba encargado de instruir todos los asuntos relativos a los títulos y a los mayorazgos y de sellar y expedir las letras patentes necesarias. Los años siguientes, el Consejo del sello de los títulos vería su competencia extendida a la expedición de otras actas.

10. El Código Napoleón (Código Civil)

Es indiscutiblemente una obra mayor, y como la bandera francesa, ha dado la vuelta al planeta, instalándose y rigiendo los destinos de la mayoría de los países del mundo libre que, adoptándolo o copiándolo, lo acomodaron a las costumbres del lugar donde tenía que ser aplicado.

Promulgado el 30 Ventoso Año XII (21 de marzo de 1804) bajo el nombre de « Código Napoleón », es ejemplar por su estilo trascendental, preciso y escueto; trata todos los problemas de la sociedad: la familia, el matrimonio, los bienes, los contratos, las sucesiones, etc., caracterizándose su lectura y su comprensión por estar casi al alcance de todos.

Pero Napoleón no se contentó con el Código Civil tan sólo; realizó también el Código de Comercio, de Instrucción Criminal (hoy bautizado Código de Procedimiento Penal), de Procedimiento Civil, nunca abrogados. Esta inmensa legislación conllevó la puesta en su lugar de una organización judicial – « masas de granito » sembradas por el Emperador – que hasta el día de hoy permanece sin cambios en lo esencial de su estructura. En efecto, prácticamente todas las instituciones bajo las cuales vive la Francia de 2011, fueron deseadas, concebidas, y realizadas por Napoleón I, lo cual le permitiría decir: « Sembré la libertad por doquier a plenas manos donde planté mi Código Civil ».


11. La abeja

Símbolo de inmortalidad, de resurrección y de linaje desde el antiguo Egipto, las abejas fueron escogidas al nacer el Imperio con el fin de vincular a la dinastía naciente con los orígenes mismos de la monarquía francesa, pues son consideradas como el emblema más antiguo de los soberanos de Francia, proveniente de la imaginería de los legendarios reyes merovingios.
En el plano espiritual, según la tradición judeo-cristiana, la abeja es considerada como el emblema de Jesucristo, destacando por un lado su dulzura y su misericordia, y por el otro, el ejercicio de su justicia como Cristo-juez.
En el ámibito terrenal y social, la abeja simboliza al maestro del orden y de la prosperidad, es decir al soberano real, guía líder y padre ungido, y se aparenta igualmente a los héroes civilizadores, que establecen la armonía por medio de la sabiduría y la espada.

En esta imagen apreciamos un ejemplar utilizado en la decoración de la catedral de Nuestra Señora de París durante la Consaración del Emperador Napoleón, el 2 de diciembre de 1804.


12. La Medalla de Santa Helena

En los últimos días de su deportación en Santa Helena, el 15 de abril de 1821, Napoleón I dicta su testamento, en el cual expresa todo su agradecimiento por quienes de 1792 a 1815 combatieron por la gloria y la independencia de Francia durante las guerras de coalición. En él, y para dicho fin, lega la mitad de su patrimonio privado, que estima en unos 200 millones de francos. Por desgracia, en virtud del tratado de Fontainebleau del 11 de abril de 1814, todos los bienes que poseía el Emperador en el momento de su abdicación han sido confiscados por la Corona en provecho del Tesoro real.

Una vez en el trono, Napoléon III, sobrino del Emperador, decide entonces honrar la palabra de su tío y crea la medalla de Santa Helena por decreto imperial del 12 de agosto de 1857. Esta presea recompensa a los 405 000 soldados todavía vivos en 1857 que combatieron al lado de Napoleón I durante las guerras de 1792-1815. Su divisa reza: « A sus compañeros de Gloria – Su último pensamiento – Santa Helena – 5 de mayo de 1821».


Figura 13, 14, 15 y 16

 13. La espada de Carlomagno

Considerada como la espada de Carlomagno, espada de la consagración de los reyes de Francia que, según indica la leyenda, llevaba empotrado en su pomo un clavo de la Santa Cruz y cuya hoja proyectaba un resplandor tal que cegaba a sus enemigos, esta pieza es de hecho heterogénea, compuesta de diversas piezas añadidas por el orfebre Biennais durante el proceso de su restauración.

14. Orden de la Corona de Hierro

La Orden de la Corona de hierro fue establecida el 5 de Junio de 1805 por el Emperador Napoleón I com el objetivo volver más sólidas las lealtades de aquellos a quienes había confiado el gobierno de su estado real italiano.
Esta orden consistía originalmente en tres clases de recipiendarios, 500 Caballeros, 100 Comendadores y 20 Grandes-Cruces siendo su Gran Maestre el proprio Napoleón, « Re d’Italia ». No obstante, deseoso de reconocer las contribuciones de algunos de sus fieles no italianos, Napoleón creó una provisión especial que permitía la condecoración de 200 Caballeros, 50 Comendadores y 5 Grandes-Cruces de nacionalidad francesa.

Los miembros de esta nueva orden prestigiosa se habían jurado, entre otras cosas, consagrarse a « La Defensa del Rey, de la Corona y a la integridad del Reino de Italia, y a la gloria de su Fundador ».
En la imagen, medalla del 2º tipo, insignia de Comendador, en oro esmaltado, con bolillas, modelo italiano.


15. La espada de Austerlitz (1805)


Espada que llevaba el Emperador durante la batalla legendaria y a la que llamaba « mon épée » – « mi espada », por lo que la llevaba consigo regularmente.

Obra del orfebre Biennais, fue colocada junto a Napoleón en su lecho de muerte en mayo de 1821, pero, temiendo que el gobernador Hudson Lowe la confiscase, el Gran Mariscal Bertrand la substituyó por la propia, llevando de regreso a Europa la espada mítica oculta en un baúl de un sirviente.
Destinado al Rey de Roma, el estoque no pudo serle transmitido pues Metternich había prohibido que Bertrand visitara al infante imperial, para entonces Duque de Reichstadt.

Así, el arma fue enseguida entregada al Rey Luis Felipe junto con el voto del Rey José, hermano de Napoleón: « Esta espada pertenece a Francia. Deseo que un día sea entregada al primer general que obtenga una victoria contra los enmigos de mi país ». Es así como, el 5 de mayo de 1921, con motivo del centenario luctuoso del Emperador Napoleón, el director del Museo del Ejército en Los Inválidos hizo entrega de ella solemnemente al Mariscal Foch, quien la llevó consigo durante la ceremonia conmemorativa bajo el Domo áureo.


16. Las palmas académicas

A través de su decreto del 17 de marzo de 1808, que define la organización de la Universidad Imperial, el Emperador Napoleón crea uno más de los grandes símbolos que componen el rico fresco de las instituciones y condecoraciones civiles francesas, las Palmas Académicas.

Inicialmente no son una condecoración o una orden nobiliaria, sino una insignia de función, siendo su finalidad honrar a los miembros eminentes de la Universidad con el objetivo de « distinguir las funciones eminentes y recompensar los servicios prestados a la enseñanza ».

Físicamente, la distinción consistía en una doble palma conformada por una palma y un ramo de olivo, bordada en la parte izquierda de la toga profesoral y portada sobre el pecho del docente. Es de seda azul y blanca para los oficiales de la Academia, de plata para los oficiales de universidad y de oro para los Titulares, es decir los Grandes Dignatarios.

Posteriormente, durante el reinado de Napoleón III, las Palmas Académicas, que adoptarán finalmente su característico listón tornasolado violeta que les valdrá la apelación familiar de « Legión violeta ».

En nuestra imagen, medalla en su grado de Caballero.


Figura 17 y 18

17. Napoleón

18. El « Napoleón », los francos oro y el franco germinal

Se le llamaba « Napoleones » a las monedas francesas de 20 francos oro que fueron acuñadas a partir de la ley del 17 germinal del año XI (28 de marzo de 1803), fecha en que se crea el “franco germinal”. La ley de germinal confirma la definición del franco en plata sin por ello omitir el oro, con lo cual se establece de facto un sistema bimetalista. En efecto, la moneda contenía 4,5 gramos de plata pura y nueve décimas de oro fino. Se acuñan pieza de ¼ de franco, medio franco, ¾ de franco, un franco, dos francos y cinco francos), y en oro 20 francos y 40 francos.

Cuando Napoleón Primer Cónsul toma el poder, Francia está en un estado de desplome y de caos, minada por la corrupción, la criminalidad, el desempleo y la amenaza constante y simultánea de la guerra civil y la invasión extranjera. Al mismo tiempo, exangüe, el Tesoro francés está compuesto por pagarés y asignados, papel viejo y sin valor alguno; no tiene dinero sólido, contante y sonante, ni siquiera lo suficiente – dice un cronista – ¡para costear un pollo! En realidad quedaban en total 60 000 libras.

No obstante, aunque sujeta a este marco desolador, la administración consular es tan superior que en tan sólo dieciocho meses hermosos napoleones de oro ya estarán en circulación en todo el país, y a partir de ese momento la moneda francesa quedará estabilizada por más de un siglo. ¡El kilogramo de pan, que costaba 120 francos antes del inicio del mandato del Primer Cónsul, ha bajado a 0,5 francos! Dotada de una moneda sólida que genera una economía activa y próspera, la nación se cubre de canteras y trabajos, las ruinas se levantan, y Francia experimenta un inusitado y vigoroso florecimiento. El franco germinal quedará vigente hasta 1914.

En la imagen, vemos una pieza de 1809 en cuyo anverso se lee: « Napoleón Emperador », en su reverso « Imperio Francés », y en el canto: « Dios protege a Francia ».

Pieza grabada por Pierre Joseph Tiolier (1763-1819).

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