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La Corona de Aragón en la Edad Media: Formación y Evolución


El rápido avance del ejército musulmán, comandado por Târiq ibn Ziyâd y el gobernador del Magreb, Mûsa ibn Nusayr, les llevó a Zaragoza en el 714. En 720, la conquista de la cuenca del Ebro era ya completa y Huesca cayó al poco, por pacto. Se produjo entonces la conversión al Islam de los fundadores de dinastías muladíes (Banû Qasî – Ejea -, Banû Sabrit y Banû ‘Amrûs -Huesca-), que mantuvieron su importancia. El territorio del valle del Ebro -junto con tierras navarras, riojanas y catalanas- se incluyó en la Marca Superior (-al-tagr al-a ‘la-), subdividida en siete distritos -Barbitâniya (Barbastro-Boltaña), Lérida, Huesca, Zaragoza, Calatayud, Tudela, Tortosa y Tarragona; el suroeste de Teruel quedó dentro de la Marca Media. La cuenca del Ebro fue ocupada por árabes yemeníes (del sur), mientras que los bereberes se establecieron en Albarracín y Teruel; los primeros chocaron desde el 742 con árabes qaysíes (del norte) y sirios llegados, al mando de Balj, para sofocar la rebelión bereber; gobernantes de una y otra procedencia se alternaron. Los árabes yemeníes fueron inicialmente partidarios de Abd al-Rahman rebeldes desde 767; Sulaymân al-A’râbî se levantó en Huesca y Zaragoza (774-780) y recurrió a Carlomagno quien atacó Zaragoza en 778. Hubo una segunda revuelta en Zaragoza, la de al-Husayn al-Ansârî, con la intervención del emir en 781, que se repitió en el 783, con nueva intervención emiral. Tras la muerte de ‘Abd al Rahmân I (788) estallaron nuevos enfrentamientos entre árabes del norte y del sur; Hisâm I se apoyó en una familia muladí cliente (los Banû Qasî) contra los yemeníes zaragozanos, que cambiaron de bando al ocupar el gobierno de la Marca una familia muladí rival, los Banû ‘Amrûs -como premio a la defensa de la ciudad contra Bahlûl ibn Marzûq, en el 800- y se aliaron con el vascón Iñigo Arista contra omeyas y carolingios.

Iniciaron así una sucesión de lealtad-rebeldía hacia los Omeyas, abiertamente con Mûsa ibn Mûsa en 842; el gobernador de Zaragoza le arrebató Huesca y Tudela, por lo que se retiró a Arnedo, donde se apoyó en los pamploneses y resistió a las expediciones de castigo emirales 842 a 850. Con Muhammad I, Mûsa fue nombrado gobernador de Tudela, aliado suyo contra los cristianos. Fue el periodo de máxima grandeza de la familia, que se autodenominaba “tercer rey de España”: dominio sobre las tierras de Tudela y Zaragoza, hasta Calamocha, y wâlî de la Marca; estableció a su hijo Lope en Toledo. Pero en 859 fue vencido en Clavijo por leoneses y pamploneses con la ayuda de Lope, y en 860 sufrió aceifa emiral contra Pamplona, tras lo que se estableció un nuevo gobernador. Los hijos de Mûsa ibn Mûsa aún se mantuvieron; Lope se alzó en Arnedo (872), secundado por sus hermanos y ayudados por García Íñiguez de Pamplona. adueñándose de toda la Marca Superior (excepto Barbitâniya); Muhammad reaccionó reforzando en Daroca y Calatayud a los Tugîbies (árabes) y recuperó Huesca gracias al apoyo de Amrus ibn ‘Umar ibn ‘Amrûs, nuevo gobernador de la ciudad (hasta mediados del s. X).

Al-Mundir envió numerosas razzias contra los Banû Qasî entre 874 y 884, que no obstante tomaron Barbitâniya. Pero en 884 se tomó finalmente Zaragoza, lo que partió los dominios de los Banû Qasî (Lérida-Monzón por un lado -contra los Banû ‘Amrûs por Huesca-, y las riberas navarra y riojana por otro, con Zaragoza gobernada por los Omeyas, y Daroca y Calatayud por los Tugîbíes. Por segunda vez, Lope recuperó terreno, aprovechando la rebelión en Málaga de ‘Umar ibn Hafsûn; venció al gobernador de Huesca Muhammad al-Tawîl en el 887, Toledo en 897, realizó una incursión a Aura (Barcelona), e incluso marchó a Jaén para tratar con ‘Umar ibn Hafsûn. En 889, fue sustituido por los Tugîbies en Zaragoza, fieles a Córdoba; a las pérdidas se unieron nuevos enemigos: Alfonso III de León por el valle de Borja, el conde de Pallars por el nordeste, el conde de Barcelona por el este, Sancho Garcés de Pamplona por la Rioja Alta; todavía reincorporó Toledo (903-906) antes de morir (907). Sumisos, sin apoyo ante los ataques vecinos, sólo conservaron parte de la Rioja y de la ribera de Navarra, Tarazona y Borja, hasta que en el 924 fueron finalmente destituidos como gobernadores de Tudela, al frente de la cual se colocó al de Zaragoza, Muhammad ibn ‘Abd al-Rahmân al-Tugîbí.

En las dos décadas de gobierno de Abd al-Rahman III (años 20 y 30), se mantuvo la fidelidad de Muhammad al-Anqar, de los Tuyibíes de Zaragoza; ante la presencia de Sancho Garcés de Pamplona y Ordoño II de León, el emir lanzó en 920 la primera de sus cinco campañas hacia los confines de la Marca Superior (en esta ocasión, por Guadalajara, Medinaceli, Osma, Castro Muros y Clunia Suplicia; Tudela, Calahorra, Dî Sâra, Muez y vuelta a Córdoba por Atienza); en la segunda en 924, se llevó con el a los Banû Qasî (debilitados y emparentados con Fruela II de León), cuyos territorios pasaron a ser gobernados por los Tuyîbíes. Se fijó la frontera con los cristianos para el s. X (sobre el Aragón y el Ebro, con la Rioja Alta y una zona inestable intermedia con puntos -Calahorra- que pasaron de mano en mano (musulmana de 968 a 1045). El control más estrecho de las provincias por ‘Abdarrahmân III, al ser proclamado califa en 929, hizo reaccionar a los tuyîbíes, que envió una tercera campaña contra ellos (934) instalando generales y gobernadores en Tarazona, Tudela y Huesca. La paz pronto fue rota por el gobernador de Zaragoza, Muhammad b. Hâsim, apoyado por tuyîbíes de otras plazas de la Marca, otra vez atacado por el califa en 935; asedió Zaragoza, que mantuvo el sitio ayudada por el rey leonés y el señor de Barcelona. La quinta aceifa, en 937 tomó Zaragoza, con la promesa de mantener en el gobierno a Muhammad b.Hasim, que se mantuvo todo el s. X. Muhammad b.Abî ‘Amir al-Mansûr, durante los veinticinco años en que regió la política de Al-Andalus como valido (en el último cuarto del s.X), realizó un número enorme de campañas (cincuenta y seis) con las que impuso la supremacía cordobesa en la Península. De ellas, unas diez (entre 978 y 1002) afectaron a la Marca Superior, la mayor parte dirigidas hacia Pamplona. Detuvo y alteró así el avance cristiano, hasta el contraataque de Sancho el Mayor de Pamplona (1004-1035). El hijo de Almanzor, ‘Abdalmalik (muerto en 1002) continuó las aceifas de su padre contra los territorios cristianos (1003, 1004 y 1006). El objetivo era capturar prisioneros e imponer tributos a los territorios cristianos, con efectos duraderos hasta la reacción de Sancho el Mayor. Aragón no fue atacado por ‘Abdalmalik por su sumisión a las condiciones impuestas por Almanzor en 999.

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Reinos taifas y resistencia aragonesa

A la muerte de Abdarrahman Sanchuelo (1009), otro hijo de Almanzor, el califato se disgregó en taifas: Zaragoza y Lérida fueron centro de dos de ellas: la autonomía de la Marca Superior se convirtió en independencia en el s. XI. Los tuyibíes gobernaron desde 1018 a 1039, y los Banû Hûd en el periodo 1039-1110. Desde 1018, Mundir I ibn Yahya al-Tuyîbí, gobernador de Zaragoza, actuó como un verdadero soberano (con los títulos de al-Hâyib y al-Mansûr); trató de unificar el territorio de la Marca Superior: formó un gobierno y mandó gobernadores a las ciudades de su estado. El tercer tuyîbí (Mundir II) fue asesinado por un familiar suyo (‘Abd Allâh) que fue incapaz de gobernar y huyó, dejando el reino de Zaragoza en manos de Sulaymân ibn Hud (1039). Los Banû Hûd retrasaron el avance del reino vecino de Aragón: Huesca no fue conquistada hasta 1096. Ahmad al-Muqtadir (1046-1082) y otros monarcas hudíes tributaron a los cristianos a cambio de ejércitos de mercenarios. Al-Muqtadir siguió una política de expansión territorial y centralización; aunque su posición respecto a los reinos cristianos era la más crítica -tenía fronteras con todos ellos (Castilla, Pamplona, Aragón, Ribagorza, Pallars, Urgel y Barcelona-, se extendió hacia Levante: se apoderó de Tortosa (1060) y Denia (1076) e incorporó Valencia como estado vasallo. Hacia el norte, incluyó Lérida, Balaguer y Tamarite, las plazas fuertes de la región de Graus, el norte de Huesca hasta Calahorra, y hacia el sur, por Soria hasta Gormaz. Por el sur limitaba con el reino de Toledo y el principado de Banû Razîn (Albarracín). Fue un reinado rico; en el alcanzó su máxima potencia y brillo cultural (numerosos sabios, poetas y escritores; construcción de la Aljafería -palacio-). Con al-Musta’in (1085-1110), el reino de Aragón progresó hacia el sur: Monzón (1089), y Huesca (1096) -una de las ciudades más importantes de los hûdíes-. Su hijo ‘Abd al-Malik ‘Imâd al-Dawla no pudo mantener la independencia entre sus potentes vecinos y hacerse respetar por sus súbditos, por lo que le destronaron y llamaron al almorávide Muhammad ibn al-Hâyy, gobernador de Valencia (1110); los almorávides también habían anexionado los Principados de Alpuente y Albarracin -zona de castillos gobernada por jefes militares de la familia de los Banû Razîn-: Abu Muhammad Hudail ibn Jalaf fue el primer señor razînî; declaró su independencia hacia 1012 y fue respetado por los Banû dil-nûn de Toledo y los Banû Hûd de Zaragoza. Pero el Cid (Jalón-Jiloca, Teruel) y Alfonso VI, tras la caída de Toledo (1085) sometieron a los Banû Razîn, aunque se mantuvieron hasta que el gobernador almorávide de Valencia, Ibn Fâtima depuso al último razînî Yahya ibn ‘Abd al-Malik (1104). La ayuda almorávide fue solicitada por al-Mu’tamid ibn ‘Abbâd de Sevilla., pues la toma de Toledo supuso la separación de Zaragoza del resto de al-Andalus; tras la batalla de al-Zallâqa (1086), los almorávides consiguieron unir nuevamente al-Andalus bajo su mando. Al-Musta’în fue obligado a mantener su neutralidad, y su independencia fue respetada por los almorávides hasta la muerte de al-Musta’în (1110).

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La reorganización cristiana plenomedieval

Zaragoza permaneció poco tiempo en su poder, hasta la ocupación de Alfonso I el Batallador de gran parte del valle del Ebro (desde 1110). La Montaña aragonesa nunca había sido islamizada, aunque sí sometida, tras la conquista árabe de la Península; esta situación se mantuvo todo el siglo VIII hasta que la intervención carolingia en el s. IX: hacia el 800, el conde Aureolo, funcionario carolingio, se estableció en Sobrarbe -que pasó a su muerte a manos del walí de Huesca-, mientras que en el 806 el conde Guillermo de Tolosa incorporó Ribagorza y Pallars a su condado. Sobrarbe fue recuperada por el conde Aznar Galíndez I -también funcionario carolingio-, en 814, que se alió con el conde autóctono García I, hasta que fue enviado a cuidar la Marca Hispánica. Su hijo Galindo Aznárez I le sucedió y después recibió el encargo de ocupar el valle de Echo, donde, tras desintegrarse el imperio carolingio, dio origen al condado independiente de Aragón. En el 872, el conde Ramón I hizo independiente a Ribagorza y Pallars (donde se creó el nuevo obispado de Roda en 888); en 908-909 perdió el valle de Isábena y el castillo de Roda a manos de Muhammad al-Tawil, gobernador de Huesca, pero fue pronto recuperado por el conde Bernardo Unifredo (915). A Occidente, la expansión de Galindo Aznarez II -aliado momentáneamente a al-Tawil- fue frenada por Sancho Garcés I de Pamplona, que ocupó en 911 el sector oeste del valle del Aragón y en 920 el resto, junto con el distrito rural del Gállego, musulmán; se erigió el nuevo obispado de Aragón (922), con sede en Sasau, mientras que el distrito del Gállego fue colonizado por mozárabes de los alrededores de Huesca (hacia el 942). En 962, el límite oriental del reino de Pamplona llegaba hasta el río Ara. A finales de siglo, Almanzor asoló el condado aragonés, mientras que su hijo ‘Abdalmalik ocupó en 1006 Sobrarbe y Ribagorza (incluida Roda).

En 1016-1018, Sancho Garcés III el Mayor arrebató a los musulmanes Aragón y Sobrarbe (con Boltaña y el valle del Cinca), y en 1025 incorporó Ribagorza, por renuncia de su condesa en la reina Mayor, su esposa; el monarca pamplonés restauró el monacato con ayuda del abad Paterno, que fundó una congregación benedictina, mientras que administrativamente delegó en “seniores” algunos castillos de Aragón y Sobrarbe, mientras fortificaba su frontera sur. Al morir (1035), dividió su extenso reino en cuatro partes: entregó Aragón a Ramiro I, y Sobrarbe-Ribagorza a Gonzalo; Ramiro amplió considerablemente sus territorios: el nacimiento del río Arba de manos navarras (1043) y el reino de Sobrarbe-Ribagorza por muerte de Gonzalo (1044); de nuevo del reino de Pamplona, los valles de Escá, Aragón y Onsella (1054). Se dirigió entonces contra el sur musulmán, aprovechando antiguas fortalezas musulmanas y otras nuevas para controlar los ríos (Aragón, Arba, Gállego, Cinca y Esera), vías de paso hacia los valles pirenaicos; en 1062 conquistó los territorios al sur de Ribagorza (Benabarre, Litera) e incorporó aquellos lugares conquistados por los condes de Urgell y Barcelona que se reconocieron como pertenecientes al condado de Ribagorza, al sur de Benabarre, pero, aliado con el conde Ermengol III de Urgell, fracasó en el intento de tomar Barbastro en 1064. Su sucesor, Sancho Ramírez consolidó el reino: estableció contactos diplomáticos con la Santa Sede: introdujo las corrientes europeas con la adopción de la liturgia romana, el establecimiento de monasterios benedictinos (San Juan de la Peña, San Victorián de Sobrarbe) y de la reforma gregoriana (abadías de Loarre, Alquézar y Montearagón).

En 1076 fundó Jaca, capital del reino y nueva sede episcopal de Aragón (trasladada desde Sasau); incorporó la parte oriental del reino de Pamplona (incluida la capital) -y el título de rey de Pamplona-, tras la muerte de Sancho Garcés IV. En 1069 tomó Alquézar y continuó la expansión desde 1078, con la conquista de Graus (1083), el valle de Ayerbe, y -en Navarra- Arguedas; trató de conquistar Huesca, Barbastro, Zaragoza y Lérida (1087-1094), ocupó la comarca de Cinco Villas, de manera que cercaba Huesca y amenazaba Zaragoza, desde la avanzada de El Castellar; completó el sistema defensivo erigiendo nuevas fortalezas y torres en la tierra llana y frente a los principales núcleos enemigos (Huesca, Barbastro, Zaragoza, Tudela, Lérida); en la parte oriental, más poblada, se establecieron también pequeñas guarniciones y villas que se entregaron como tenencia -para su administración y defensa, sin propiedad sobre ella- a nobles por los servicios prestados (honores). El futuro Pedro I incorporó la ribera oriental del Cinca (incluida Monzón en 1089); una vez coronado rey tomó Huesca (1096) y Barbastro (1100) y sus áreas de influencia; se acercó a Lérida, por los territorios al oeste del río Noguera; se detuvo ante las Bárdenas, Vialada, Monegros y Bajo Cinca.

El gran avance territorial por el valle del Ebro llevado a cabo en el s. XII lo motivó el ideal de Cruzada al que Alfonso I el Batallador se adhirió: las metas inmediatas eran ocupar Zaragoza y Lérida como puntos de partida hacia Tortosa y Valencia, los puertos de donde podría embarcarse con su ejército hacia Jerusalén.

A estas dos ciudades se dirigió desde 1104: al oeste, conquistó Ejea (1105) y amenazó Zaragoza desde Juslibol, mientras que al este logró entrar en Tamarite y San Esteban de Litera (1107). Tras una interrupción de diez años -ocupado en el Sur de Francia y la sucesión castellana-, inició la ocupación de Zaragoza con ayuda de franceses, navarros y vascos; su ocupación (1118) otorgó el dominio de numerosas plazas circundantes en los afluentes del Ebro, completado con la toma de las pertenecientes a los almorávides, al oeste: Tudela, Fitero, Tarazona y Borja y, al poco, Soria (1119). La segunda línea de penetración, por el Jalón-Jiloca, incorporó Cutanda -donde se derrotó a los almorávides- y Calatayud (1120), y continuó hasta Medinaceli y Sigüenza (1122). Emprendió, en segundo lugar, la captura de Lérida, desde las bases de Gardeny y Achón (1123), frente a aquella ciudad y a Fraga; la reacción almorávide le impidió lograr su propósito. La segunda etapa de su expansión la comenzó con la toma de Molina de Aragón (1128) como enclave para delimitar futuras incorporaciones territoriales ante Castilla; se pactó el reparto con Alfonso VII: las tierras de Soria serían aragonesas, mientras que las de Guadalajara pasarían a Castilla. Tras la actividad conquistadora, atendió a la repoblación de las nuevas tierras, a través de la concesión de un asentamiento ventajoso (fueros de Belchite -1119-, Daroca -1129-, y Calatayud -1130-), y la fundación de cofradías militares en lugares amenazados (Belchite, poco poblado -1122- y Moreal del Campo -1124-). La tercera etapa se dedicó a la consolidación de la frontera oriental: los planes de tomar Valencia fueron frustrados por el conde de Barcelona, así que puso la atención nuevamente en Lérida; tomó Mequinenza y los territorios entre el Matarraña y el Ebro (1133), pero el gran fracaso ante Fraga supuso, a la muerte de Alfonso I (1134), dejar abierta la frontera por este punto. El matrimonio de Petronila (hija de Ramiro II el Monje -con un breve reinado de tres años, ya sin Navarra-) con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona (1137) supuso el origen de la Corona de Aragón, al unirse los dos reinos en la persona del hijo de ambos, Alfonso II el Casto, rey de Aragón (que dio nombre a la nueva unidad política, al tener preeminencia protocolaria) y conde de Barcelona (desde 1162); cada uno mantuvo su propio sistema de gobierno.

Ramón Berenguer IV, que actuó como príncipe de Aragón, continuó la expansión territorial del Reino (y del condado de Barcelona): en 1141 recuperó la comarca de Sariñena y la del Bajo Cinca; en 1142 también Monzón, y se otorgó fuero a Daroca, poco poblada; Ontiñena cayó en 1147, base de las operaciones hacia el Segre, para acudir después al sitio de Almería como vasallo de Alfonso VII el Emperador, rey de Castilla y León. La importante plaza de Tortosa se obtuvo en 1148, que concedió el dominio del Bajo Ebro y aisló la taifa de Lérida, caída al mismo tiempo que Fraga (1149). Quedó abierta la conquista del Bajo Aragón, facilitada por la debilidad almorávide ante cristianos y almohades -musulmanes-; él mismo todavía ocupó Alcañiz, en 1157 (poblada a fuero de Zaragoza), mientras que los pactos con Ibn Mardanis de Valencia y Alfonso VII de Castilla garantizaron la intervención en Levante. Alfonso II completó la ocupación de las tierras de Teruel, desde 1163, por los ríos Martín, Guadalope y Matarraña; con la ocupación de núcleos como Caspe, Fabara, Valderrobles, Calanda y Castellote, entre 1166 y 1169, se reunió, casi completamente, los territorios del actual Aragón -Teruel cayó en 1171-.

corona3De la expansión del siglo XIII al turbulento siglo XV

La vinculación de la dinastía barcelonesa con los señoríos del sur de Francia (señorío de Provenza, fidelidad de Occitania, pacto con el conde de Tolosa) exigió la intervención de Pedro II el Católico -casado en 1204 con María de Montpellier, que aportaba su señorío como dote- ante el deseo anexionista de la Francia del norte, aprovechando la ocasión que les brindaba la cruzada antialbigense convocada por el papa Inocencio III (1208); la dura actuación de los cruzados movió al conde de Foix y al vizconde de Carcasona-Razés a solicitar la ayuda del rey, que se entrevistó sin éxito (1210) con Simón de Monfort, jefe de la cruzada, para lograr una solución pacífica, y envió una embajada a Roma (1212), que no pudo cambiar la decisión del Pontífice de, no sólo eliminar la herejía cátara, sino entregar Occitania a los Capeto franceses; el propio rey acudió a tierras tolosanas tras participar en las Navas de Tolosa, dispuesto a defender a sus vasallos, pero murió en Muret (1213) ante los cruzados. Su sucesor, Jaime I, todavía fue señor de Montpellier, pero se ocupó preferentemente de la continuación de la guerra contra los musulmanes, en Mallorca (rendida en 1229) y Valencia, en esta con la ayuda del aragonés Blasco de Alagón; desde Teruel (y Barcelona) se enviaron las expediciones que tomaron la capital (1238) y desde donde se consolidó la región montañosa lindante con Castilla (Utiel y Requena).

Otro aragonés, Artal de Alagón, sometió Villena y Sax (1239), lo que movió a Fernando III de Castilla a entrar en Murcia y Alicante. La aportación aragonesa a la conquista de Valencia fue grande: en sus orígenes se trató de una empresa de la nobleza de Aragón, especialmente en el norte, pero luego participaron también los concejos aragoneses (y catalanes) en el sur. La unión con Cataluña supuso en parte subordinarse a su política de expansión territorial y comercial por el Mediterráneo, a partir de la segunda mitad del siglo XIII. Pedro III conquistó Sicilia ante la penetración de los angevinos en el mercado tunecino, pero tuvo que hacer frente a Carlos de Valois, a quien el Papa Martín V designó como gobernante de la Corona aragonesa, que atacó por los Pirineos con ayuda de Felipe III de Francia; la ocasión fue aprovechada por la nobleza aragonesa para defender sus privilegios en la Unión aragonesa ante el monarca. Tras la política de castigo de Alfonso III, Jaime II y Alfonso IV lograron reconducir la situación en el Mediterráneo, con el tratado de Anagni (1295), por el que se renunciaba teóricamente a Sicilia y Mallorca, pero se convertían en aliados comerciales. Esto permitió la intervención en la guerra civil castellana (1295-1312) con la esperanza de obtener el reino de Murcia, que no se logró, aunque sí Alicante (1304); se logró en 1323-24 la conquista de Cerdeña. Alfonso IV el Benigno continuó la política territorial en esta isla -clave en el comercio mediterráneo, y minas de plata de Iglesias y salinas de Callari- (con sublevaciones internas continuas y presiones genovesas), apoyado por los mercaderes y la nobleza catalana, y también los nobles aragoneses. Las relaciones con Castilla fueron buenas gracias a su matrimonio con Leonor de Castilla. La expansión por el mediterráneo movió a Pedro IV a unificar la política de todos los estados regidos por catalanes: Mallorca (anexionó la isla entre 1343 y 1349). La sublevación de la nobleza aragonesa y valenciana, encabezada por los infantes Jaime de Urgel y Fernando, al ser nombra Constanza -hija de Pedro IV- como heredera, fue finalmente vencida en 1349, y abolidos sus privilegios. La Peste Negra de 1348-50 afectó a los territorios de la Corona de Aragón; Cerdeña quedó desguarnecida y las salinas de Callari abandonadas; ante el peligro que corría el comercio catalán y los ingresos de la monarquía, se enviaron nuevos contingentes a la isla. Fue atacada por los genoveses (apoyados por los castellanos) y tuvo que ser defendida con ayuda de los venecianos. Tras la muerte de Martín I sin hijos (1410), se impuso como heredero el infante Fernando de Antequera, regente de Castilla, elegido por representantes de los tres reinos de la Corona en Caspe (1412).

Fernado I apoyó el comerció catalán en el Mediterráneo, que amplió y mantuvo mediante tratados de paz con Génova y la pacificación de Sicilia y Cerdeña. Su hijo, Alfonso V, emprendió una política de grandeza que agravó los problemas de la Corona: intentó hacer efectivo el dominio sobre Córcega, con oposición genovesa; la posibilidad de ocupar el reino de Nápoles le hizo desistir definitivamente. Nápoles se convirtió en el eje de sus dominios, abandonando los reinos peninsulares, cuyo gobierno confió a su mujer, María de Castilla, y su hermano, Juan de Navarra, con dificultades para gobernar por el esquema autoritario que rebajaba el papel de la nobleza aragonesa y las Cortes catalanas. Juan II se encontró, en la segunda mitad del s. XV, con el descontento social de los campesinos y pequeños comerciantes catalanes ante la mala situación económica, y con el de la nobleza y grandes comerciantes por ser relegados políticamente. Tras el enfrentamiento entre los partidos de la Busca y la Biga en Barcelona, la Diputación de Cataluña prohibió la entrada del monarca en el Principado sin permiso, que aceptó hasta que encontró ayuda exterior en las tropas de Luis IX de Francia, que le retiró su apoyo cuando se nombró rey de Cataluña a Renato de Anjou. Juan II obtuvo entonces el apoyo de Castilla mediante el matrimonio de su hijo Fernando con la infanta Isabel de Castilla; la Diputación fue vencida en 1472, pero la Corona de Aragón quedaría subordinada a la de Castilla.

Edad Moderna

La unión entre las dos Coronas durante la Edad Moderna se realizó según el esquema aragonés: cada reino mantuvo sus propias instituciones. Hasta Carlos I no se crearon organismos comunes, sin suprimir los antiguos; el principal fue el Consejo de Aragón, del que se creó el Consejo de Italia en 1555. La pérdida de importancia política en el s. XVI fue acompañada por una gran agitación social, entre bandos nobiliarios y de sus vasallos contra ellos, además de los originados por el descontento hacia la preeminencia castellana. El caso de Antonio Pérez, secretario de Felipe II huido de la Corte y refugiado en Aragón, fue la culminación del proceso: la negativa del Justicia Mayor de Aragón, Juan Lanuza, a entregarlo al ejército real, le costó la vida y la supresión de algunas instituciones propias (1591), intensificándose el proceso de integración en la monarquía hispánica, aunque las Cortes de Tarazona (1592) mantuvieron los fueros aragoneses. La expulsión de los moriscos de 1610 afectó fundamentalmente a Aragón, por el vacío demográfico que originó (hasta un 16 % de la población) y el transtorno que supuso a la economía (a la agricultura. la artesanía y la construcción).

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