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* Despotismo Ilustrado


El Despotismo Ilustrado fue el sistema de gobierno de una parte importante de los países europeos del s. XVIII. Se caracterizó por un cierto reformismo promovido por los distintos monarcas y sus ministros, quienes, ayudados de la razón, querían actuar en favor del bien común reservándose toda capacidad de decisión (esto se sintetiza en la frase “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”). En realidad, se trató de la asunción de las ideas ilustradas por las monarquías absolutas aparecidas en el siglo anterior, una expresión equivalente sería, por tanto, “absolutismo ilustrado”.

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Las raíces ideológicas del despotismo ilustrado

Durante el s. XVII había culminado el secular proceso de fortalecimiento del poder real, totalmente concentrados ya, con limitaciones materiales, los mecanismos de gobierno del estado (centralizado) en la persona de los llamados “monarcas absolutos”. Absolutos, porque estaban “absueltos” (absolutus) o no sometidos a las leyes (solutus a legibus) que ellos mismos promulgaban, aunque sí a la ley moral y a los pactos con el reino como prevención de la tiranía y la arbitrariedad. Las instituciones, los recursos, la teoría política, habían convergido en este sentido.

En tal contexto político nació, fruto de nuevas corrientes filosóficas, el racionalismo de René Descartes y de Wilhelm Leibniz o el empirismo de John Locke; y algunos descubrimientos científicos de gran importancia, la ley de la gravedad de Isaac Newton, una actitud vital nueva en gran parte de la aristocracia y burguesía. El uso de la razón, luz que hace retroceder a las sombras (de ahí “ilustración” o “iluminación”), posibilitaría el desarrollo (progreso) continuado de la humanidad, moral, cultural, social y económicamente, y por tanto el logro de su felicidad plena.

Las nuevas ideas también encontraron eco en los monarcas, que asumieron para sí la responsabilidad de guiar el lento proceso de educación de sus súbditos y de aplicar las reformas que fuesen necesarias: creación de academias culturales y científicas, escuelas técnicas y sociedades económicas; mejora de la agricultura, ganadería y minería con la aplicación de nuevas técnicas; nuevas vías de comunicación; protección del comercio; limitación de los privilegios e influencia de eclesiásticos (secularización) y nobles, etc. De hecho, la puesta en práctica de esta serie de medidas fue más sencilla en aquellos países que contaban con monarquías fuertes, con recursos para hacer cumplir sus objetivos.

Las monarquías del despotismo ilustrado

Cada país, dentro de la corriente general ilustrada, presenta sus matices, según fuera más o menos aceptada por sus gobernantes. Todos los grandes países europeos, excepto Inglaterra y Holanda, tuvieron sus reyes “déspotas ilustrados”.

Un claro ejemplo de tales fueron, en Francia, Luis XV y Luis XVI, herederos del fuerte estado absoluto del Rey Sol, Luis XIV. Luis XV (1715-1774), aunque su carácter no le permitió gozar del poder de su abuelo, disolvió los parlamentos por su frecuente resistencia a aprobar los decretos reales. Ayudado de sus ministros Étienne François Choiseul y René Louis, marqués de Voyer d’Argenson, promovió la reforma de la hacienda, por más que quedase incompleta, y ayudó inicialmente a la publicación de la Encyclopédie française de Denis Diderot y Jean-Baptiste Le Rond d’Alembert, en la que también colaboraban François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, y Jean Jacques Rousseau (que junto con Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, fueron tres de las principales figuras de la Ilustración francesa). Luis XVI (1774-1793), con Christian Guillerme de Lamoignon Malesherbes, Maurepas y Robert Jacques Turgot, trató de mejorar la difícil situación económica y reabrió los parlamentos, pero fue sobrepasado por la exigencia de profundas reformas políticas que desembocaron en la revolución de 1789, el fin del despotismo ilustrado, no sólo en Francia, sino también en Europa.

En Austria, estado multinacional cuyo monarca de la dinastía Habsburgo era también emperador de Alemania, las primeras aunque reducidas reformas las aplicó María Teresa (1740-1780), teniendo a su lado al ministro Wenzel von Kaunitz. Reorganizó la administración y concedió cierta autonomía a Hungría. Pero fue su hijo y sucesor José II (1780-1790), plenamente ilustrado, quien realizó grandes cambios. Trabajador, lector de los grandes pensadores del momento, consciente de su autoridad, eliminó los últimos restos de feudalismo que había en sus estados, convirtiendo a los nobles terratenientes en propietarios más que señores. Quiso uniformar las leyes para todos sus territorios, no sin causar ciertos resentimientos y teniendo que devolver libertades a, por ejemplo, los flamencos. También aumentó la dependencia de la Iglesia austriaca hacia la corona hasta casi provocar un cisma (josefismo), y se mostró tolerante con protestantes y judíos. Con el cambio de siglo se entraría en una nueva época.

En el ámbito del Imperio alemán (exceptuando Austria), fragmentado en numerosos estados pero con cierta unidad cultural, cada príncipe siguió su particular línea de acción, en algunos casos ilustrada y en otras no. Prusia comenzaba entonces a extender su influencia en Alemania a costa de Austria y a hacerse un hueco entre las potencias europeas. Su rey Federico II (1740-1786), muy pendiente de los asuntos de Estado, empleó los recursos y el ejército que le había legado su padre en fortalecer aún más al país, en realidad, el verdadero objetivo de sus medidas ilustradas, como la liberación de los siervos, el fomento de la industria y la educación y la protección de filósofos como Voltaire y otros; no hay que olvidar que durante el reinado de Federico II Immanuel Kant publicó su obra fundamental, Crítica de la razón pura (1781). Sin embargo, en Alemania, la Ilustración cedió paso antes que en otros sitios a los precursores del romanticismo, al extenderse en los años 70 el movimiento del Sturm und Drang (‘Tormenta y Empuje’). Los principios políticos en que se inspiraba el despotismo ilustrado no se modificarían profundamente hasta las invasiones napoleónicas.

Italia se encontraba en una situación parecida a la alemana, con ausencia de unidad política pero gran afinidad cultural. Los estados más importantes eran el reino de Nápoles-Sicilia, los Estados Pontificios, el gran ducado de Toscana, el reino de Piamonte-Cerdeña y las repúblicas de Génova y Venecia (Milán era posesión austriaca). Cada soberano actuaba según su criterio. El de Piamonte, Víctor Amadeo II de Saboya (1720-1730), fue un característico déspota ilustrado que reformó la fiscalidad, abolió la servidumbre, promocionó la educación y rebajó la autonomía de la Iglesia. También es el caso de Leopoldo de Habsburgo, gran duque de Toscana (1767-1790, luego emperador), que devolvió a su estado algo de su esplendoroso pasado medieval y, en cierto modo, el papa Benedicto XIV (1740-1758), culto y tolerante. Por último, el futuro Carlos III de España, antes de ocupar este trono, fue rey ilustrado de Nápoles (1734-1759), que embelleció la capital (e inició las excavaciones de Pompeya), limitó los privilegios de nobles y eclesiásticos y promulgó un nuevo código legal.

En otros países el peso de la Ilustración fue menor, y en la mayoría de los casos sus reyes continuaron siendo simplemente monarcas absolutos. Pero hubo intentos reformadores. En Portugal, los de José I de Braganza (1750-1777) con su estrecho colaborador Sebastião José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal, que acometieron la reconstrucción de Lisboa tras el terremoto de 1755, la recuperación económica del país, la renovación de los planes de estudio universitarios o el sometimiento de la Iglesia (los jesuitas portugueses fueron los primeros en ser expulsados, en 1759). En Dinamarca, una serie de cuatro reyes mejoraron enormemente la economía: Federico IV (1699-1730), Cristian VI (1730-1746), Federico V (1746-1766) y Cristian VII (1766-1808). En Suecia, las medidas adoptadas por Federico I (1720-1751) fueron deshechas por su sucesor Gustavo III (1771-1792).

Al otro lado del mar Báltico, en Polonia, la debilidad de la monarquía electiva y la fuerza de la aristocracia hizo inviable el absolutismo ilustrado y facilitó los tres repartos de la segunda mitad de siglo, que le arrebataron su independencia. En Rusia, en cambio, la fuerza de la zarina Catalina II (1762-1796). De educación francesa, conocía a fondo los principios ilustrados (se escribía cartas con Voltaire), que quiso aplicar cuando se hizo con el poder, creando incluso una comisión para reformar el derecho, estudiando planes de reforma educativa y aprobando la secularización de parte de los bienes de la Iglesia ortodoxa. Sin embargo, al tener que hacer concesiones a los nobles para consolidar su corona, permitió el endurecimiento de la servidumbre. Asimismo, la gran revuelta del cosaco Emelian Pugachev en 1773 frenó su reformismo y en adelante aumentó su autoritarismo, que tuvo poco de ilustrado y favoreció a la aristocracia.

Las grandes excepciones fueron Inglaterra y Holanda. Inglaterra, en donde curiosamente habían nacido parte importante de las ideas ilustradas, porque las revoluciones del s. XVII habían impuesto una monarquía parlamentaria, que si por un lado era bastante popular, por otra carecía de la autoridad necesaria para aplicar grandes reformas. Además, en el s. XVIII subió al trono inglés la dinastía alemana de los Hannover, que por su origen extranjero tardó en asentarse. No obstante, no fue necesaria la dirección real para el progreso del país, que precisamente avanzaba a la cabeza de Europa en innovaciones políticas (separación de poderes), sociales (amplia burguesía y aristocracia activa), técnicas (por ejemplo, la invención de la máquina de vapor) y económicas en general (Revolución industrial). Hubo, no despotismo ilustrado, pero sí Ilustración, que atravesó sin grandes traumas la oleada revolucionaria del cambio de siglo. Holanda, por su parte, no tenía reyes, sino estatúder, cargo convertido en hereditario por la casa de Orange, pero sin el poder suficiente para encabezar reformas tras el largo interregno de la primera mitad del XVIII.

El despotismo ilustrado español

En España, gobernada por la misma casa de Borbón que en Francia, es sobresaliente Carlos III, aunque ya su padre Felipe V y su hermano Fernando VI introdujeron cambios de consideración que acentuaron el centralismo del Estado como paso previo para la introducción de medidas sociales, culturales y económicas. Felipe V (1700-1746) unificó administrativamente las coronas de Castilla y Aragón suprimiendo las peculiaridades aragonesas. Fernando VI (1746-1759), que evitó las guerras, eligió buenos consejeros como Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada.

Esta fue una de las claves del éxito de Carlos III (1759-1788), un equipo de ministros capacitados y eficientes. Pedro Rodríguez de Campomanes; José Moñino, conde de Floridablanca; Pablo Olavide, etc. Por el empuje de esta minoría ilustrada española se llevaron a cabo obras públicas (reurbanización de Madrid y otras ciudades, canales de riego y navegación), se liberalizó el comercio y potenció el trabajo manual (y por ello creció la burguesía comercial e industrial), se crearon nuevas instituciones científicas y de enseñanza (reales academias, sociedades económicas) con nuevas materias (física y química, matemáticas, ingenierías…), se suavizó la influencia de la Iglesia (sin atacar la religión). De carácter más moderado, menos partidario de rupturas rápidas con el pasado, la Ilustración española fue frenada en tiempos de Carlos IV por el temor a la extensión en el país de la tormenta revolucionaria francesa.

Fuente: Espasa

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