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Aislamiento y prosperidad



La mayoría de los estadounidenses no lamentaron el fracaso del tratado, ya que se habían desilusionado de los resultados de la guerra. Después de 1920, Estados Unidos volvió la mirada hacia adentro y se retiró de los asuntos europeos.

Al mismo tiempo, los estadounidenses desconfiaban cada día más de los extranjeros que encontraban en su entorno, y se mostraban hostiles hacia ellos. En 1919, una serie de bombardeos terroristas produjo lo que llegó a conocerse como el ”susto rojo”. Bajo la autoridad de A. Mitchell Palmer, procurador general, se llevaron a cabo incursiones en reuniones políticas, se hicieron arrestos y se deportaron varios cientos de radicales políticos nacidos en el extranjero anarquistas, socialistas y comunistas aunque la mayoría era inocente de cualquier delito. En 1921, dos anarquistas italianos, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, fueron hallados culpables de asesinato con base en pruebas muy dudosas. Los intelectuales protestaron alegando que Sacco y Vanzetti habían sido condenados por sus creencias políticas, pero se les negó un nuevo juicio. Después de agotar todos los procedimientos legales de apelación, los dos italianos fueron electrocutados en 1927.

En 1921 el Congreso había decretado restricciones a la inmigración, que se hicieron más estrictas en 1924 y de nuevo en 1929. Estas restricciones eran favorables a los inmigrantes ingleses, irlandeses, escandinavos y alemanes: gente de raza “anglosajona” y “nórdica”. Se reservaron pequeñas cuotas para los europeos orientales y meridionales, y se prohibió la entrada a los asiáticos. En 1920, los dirigentes del Partido Republicano arreglaron la nominación de Warren G. Harding para presidente. Político de poca escolaridad, Harding prometió a los votantes un regreso a la “normalidad”, y obtuvo un triunfo aplastante. Después de años de reformas, impuestos altos, guerras y enredos internacionales, la mayoría de los estadounidenses votó por un candidato que parecía encarnar los valores tradicionales estadounidenses.

Pero los años 20 fueron todo salvo normales. Fue una década extraordinaria y contradictoria, en la cual el hedonismo y la bohemia coexistieron con el conservadurismo puritano. Fueron los años de la Prohibición: en 1920 una enmienda constitucional proscribió las bebidas alcohólicas. Pero los bebedores evadieron alegremente la ley en miles de tabernas clandestinas, y los mafiosos (“gangsters”) hicieron fortunas vendiendo licor ilegal. El Ku Klux Klan, resucitado en 1915, atrajo a millones de seguidores y aterrorizó a negros, católicos, judíos e inmigrantes. Al mismo tiempo, hubo un florecimiento de la literatura negra el “Renacimiento de Harlem” y el jazz cautivó la imaginación de muchos estadounidenses blancos, incluido el compositor George Gershwin. Asimismo, en 1928 el demócrata Alfred E. Smith pasó a ser el primer católico en aspirar a la presidencia del país. Había mucha corrupción en las administraciones del Presidente Harding y de James J. Walker, el “alcalde galante” de la ciudad de New York. Pero en 1927 Charles Lindbergh llenó de entusiasmo a la nación cuando realizó su primer vuelo sin escalas de New York a Paris. En una era de materialismo y desencanto, este modesto y joven aviador reafirmó ante sus compatriotas la importancia del heroísmo.

Las controversias de la década se resumieron en el celebre “juicio del simio”, de 1925, en el cual John T. Scopes fue enjuiciado por enseñar la teoría de Darwin acerca de la evolución en las escuelas públicas de Tennessee. En su última gran cruzada, William Jennings Bryan prestó su ayuda al fiscal, afirmando la verdad literal del relato bíblico de la creación. Scopes fue defendido por Clarence Darrow, famoso agnóstico y abogado procesal que expuso al ridículo público el fundamentalismo de Bryan. El juicio fue objeto de atención nacional pues sintetizó el gran cisma cultural de los años veinte: el choque entre ias ideas modernas y los valores tradicionales.

A final de cuentas, el Presidente Warren Harding, defensor de la normalidad, hizo algo positivo al ayudar a detener la represión de los radicales políticos. Su Secretario de Estado, Charles Evans Hughes, organizó la Conferencia de Washington de 1921, en donde las principales potencias del mundo elaboraron un plan de desarme naval y convinieron en respetar la independencia de China.

El sucesor de Harding, Calvin Coolidge, tenía fama de ser hombre de pocas palabras. Su aire taciturno ocultaba una mente sagaz: sabía que el silencio era un medio excelente para intimidar a las personas que solicitaban favores políticos. Frugal, puritano y honrado a carta cabal, Coolidge fue un presidente inmensamente popular. Creía que “el principal negocio del pueblo estadounidense son los negocios”, y que el gobierno no debía inmiscuirse en la empresa privada. “No hizo nada”, dijo en tono burlón el comediante Will Rogers, “pero eso era lo que la gente quería que hiciera”.

Para los negocios, los años 20 fueron años de dorada prosperidad. Estados Unidos era ahora una sociedad de consumo, con un mercado en expansión para radios, electrodomésticos, textiles sintéticos, y plásticos. El hombre de negocios pasó a ser un héroe popular; la creación de riqueza, una vocación noble. Uno de los hombres más admirados de la década fue Henry Ford, quien había introducido la producción en serie en la fabricación de automóviles. Ford pudo pagar salarios altos y aun así obtener enormes utilidades al fabricar el Modelo T, un auto sencillo y sin pretensiones que estaba al alcance de millones de compradores. Por el momento parecía que Estados Unidos había resuelto el eterno problema de producir y distribuir la riqueza.

No obstante, hubo fallas fatales en la prosperidad de los años 20. La sobreproducción de cosechas deprimió los precios de los alimentos, y los agricultores sufrieron. Los trabajadores industriales ganaban mejores salarios, pero aún no tenían el poder adquisitivo suficiente para comprar la abundancia de productos que salían de sus fábricas. Con ganancias elevadas y tasas de interés bajas, había mucho dinero disponible para invertir, pero gran parte de ese capital se destinó a la especulación imprudente. Miles de millones de dólares fueron a dar al mercado de valores, y la frenética puja que se suscitó elevó los precios de las acciones mucho más allá de su valor real. Muchos inversionistas compraron acciones con fondos de margen, pidiendo dinero prestado a sus corredores para cubrir hasta el 90% del precio de compra. Mientras el mercado prosperara, los especuladores podían hacer fortunas de la noche a la mañana, pero se arriesgaban a quedar arruinados con la misma rapidez si los precios de las acciones caían. La burbuja de esta frágil prosperidad estalló en 1929 dando paso a una depresión mundial, y para 1932 los estadounidenses se enfrentaban a la peor crisis económica de los tiempos modernos. Ese derrumbe, a su vez, condujo a la revolución más profunda en la historia del pensamiento social y en la política económica estadounidenses.

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