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Julio Verne


Julio Verne fue un narrador y dramaturgo francés nacido en Nantes (en el departamento del Loira Atlántico) el 8 de febrero de 1828 y fallecido en Amiens (en el departamento del Somme) el 24 de marzo de 1905. Autor de una extensa producción narrativa que, dominada siempre por la temática del viaje y la aventura y el interés por los descubrimientos geográficos y los inventos científicos, anticipó algunas de las innovaciones técnicas más relevantes del siglo XX (como el submarino o la nave espacial), pasó a la historia de la Literatura universal como el creador de la “novela científica” y el más célebre pionero de la ciencia ficción. A los setenta años de su muerte estaba considerado por la UNESCO como el autor más traducido en todo el mundo después de Karl Marx, con versiones de sus obras en ciento doce idiomas diferentes.

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Vida

Nacido en el seno de una familia acomodada perteneciente a la burguesía provinciana francesa, era hijo de un abogado que se empecinó, desde el mismo instante de su llegada al mundo, en que su vástago siguiera sus pasos profesionales (es fama que anunció a la familia el alumbramiento de Jules diciendo que había nacido un abogado). Ante esta imposición paterna, no es de extrañar que su temprana inclinación hacia las Letras -avivada por una despierta imaginación- le ocasionara desde su infancia bruscos choques con su progenitor, quien consideraba ridícula la pasión de su hijo por la literatura y despreciaba sus anhelos de conocer mundo y explorar territorios remotos. Así las cosas, cuando apenas contaba once años de edad el temerario Jules se escapó de casa para enrolarse como grumete en una embarcación, de la que pronto fue rescatado por su padre, quien le condujo de nuevo al hogar familiar en medio de la humillación del futuro escritor. Al parecer fue entonces cuando, en un rapto de vergüenza por el fracaso de su fugaz aventura, se juró a sí mismo no volver a emprender ningún otro viaje que no discurriera por los fecundos cauces de su imaginación.

Logró, pues, el severo abogado de Nantes retener en casa a su impulsivo hijo, mas no consiguió nunca apartarlo de su innata vocación literaria. La rebeldía adolescente de Jules se alimentó de fructíferas lecturas que, en cierto modo, atenuaban las heridas abiertas por el enfrentamiento constante con su padre y, desde su pubertad, por los continuos desdenes de su prima Caroline, que le sumieron en hondas crisis de tristeza y melancolía. Con el deseo de escapar de esta atmósfera asfixiante, el joven Jules aceptó la propuesta de su progenitor y se trasladó a París para cursar estudios superiores de Leyes, más atraído por la idea de la huida que por una disciplina humanística que nunca le había seducido. En la capital gala, pronto entró en contacto con algunas de las figuras cimeras de las Letras francesas contemporáneas, como Victor Hugo, Eugène Sué y, sobre todo, los dos Dumas -padre e hijo-, que le honraron con su amistad y le ofrecieron apoyo y protección en los primeros compases de su incipiente carrera literaria.

Ocurría, en efecto, que, más que al estudio de las Leyes, Jules Verne se dedicó en París al cultivo de la creación literaria, fuertemente atraído en aquellos años por el género teatral, al que pronto aportó unos dramas románticos de escasa calidad artística, pero muy ajustados a la estética de su tiempo, como los titulados Alejandro VI (1847), La conspiración (1847), Abdallah (1849), Un drama bajo Luis XIV (1849), La Guimard (1850) y Las mil y dos noches (1850). Auxiliado por su extraordinaria capacidad intelectual, completó al mismo tiempo sus estudios de Derecho con el fin de seguir recibiendo la ayuda económica que, bajo dicha condición, le enviaba desde Nantes su padre; pero en 1850, una vez alcanzado el título de Licenciado en Leyes, su progenitor le instó a regresar a su ciudad natal para que se afincara allí en calidad de abogado. El escritor se negó en rotundo a obedecer el mandato paterno, y decidió permanecer en París y consagrarse al cultivo de la escritura.

Las dificultades que habría de acarrearle esta valiente decisión no se hicieron esperar: interrumpido bruscamente el subsidio económico familiar, y dispuesto a vivir únicamente del producto de su pluma, el joven Jules Verne se vio forzado a escribir numerosas obras teatrales de escasa calidad, destinadas únicamente a satisfacer sus necesidades básicas. Triunfó en los escenarios parisinos con la comedia titulada Pailles rompues (Las pajas rotas, 1850), y gracias a este temprano éxito en su carrera de dramaturgo pudo escribir -y, en muchos casos, estrenar- a lo largo de la década de los cincuenta otras piezas menores como los dramas Los sabios (1851), Quiridine (1851), La Torre de Montlhery (1852) y Los felices del día (1856). Pero los beneficios obtenidos por estas piezas teatrales no bastaban para cubrir los gastos de un joven escritor instalado en la capital cultural del mundo, por lo que, durante largos períodos de tiempo, hubo de subsistir -según declaraciones posteriores del propio autor de Nantes- a base de pan y leche, únicos alimentos que podía adquirir con sus exiguos ingresos.

Andaba, por aquel entonces, fascinado por los logros alcanzados por la ciencia y la técnica contemporáneas, y dedicaba gran parte de su tiempo a estudiar por su cuenta dichos adelantos, ya con el firme propósito de convertirlos pronto en el material básico de su creación literaria. Pero, entretanto, acuciado por la necesidad, seguía produciendo obras meramente “alimenticias”, algunas de ellas insertas en la modalidad lírica del género dramático, como la ópera Colin Maillard (1853) y las operetas Les compagnons de la Marjolaine (1855), El albergue de las Ardenas (1860) y Señor chimpancé (1860), y otras encauzadas ya por el sendero de la prosa de ficción, como Martin Paz (1852), Maestro Zacarías (1854), A orillas del Adur (1855), Guerra a los tiranos (1855) y Un invierno en los hielos (1855). Se la atribuye también la redacción, por aquellos años en los que era capaz de escribir cualquier cosa por la que se le pagara algo, del anónimo erótico-burlesco Lamentación de un pelo de culo de mujer (1854).

Sus penurias monetarias se agravaron aún más a finales de los años cincuenta, después de que, en 1857, hubiera contraído nupcias con Honorine de Vyane, a la que había conocido en París un año antes. Acuciado por la imperiosa necesidad de sostener económicamente su matrimonio, Jules Verne decidió buscar ingresos en otros ámbitos ajenos al mundillo literario, por lo que aceptó un empleo como agente de bolsa y, durante algún tiempo, ejerció un oficio que, además de satisfacerle muy poco, le robaba muchas horas a su labor literaria y a sus aficiones científicas. Continuaba deslumbrado por los progresos técnicos de la humanidad, y fascinado por el empeño del hombre en dominar y transformar la naturaleza y ampliar sin cesar los límites de su control sobre el universo. Fue entonces cuando, tras el estreno de otra comedia “alimenticia” -Once días de asedio (1861)-, decidió retornar con renovados bríos a la creación literaria, ya definitivamente enfocada a la exaltación de dichos logros y conquistas de la humanidad. Escribió así un vívido relato descriptivo de una expedición por el continente africano, basado en las noticias que le llegaban de los exploradores coetáneos; y, tras dárselo a leer al editor P. J. Hetzel, aceptó el consejo de éste y amplió la obra hasta lograr una espléndida novela de aventuras que vio la luz bajo el título de Cinq semaines en ballon (Cinco semanas en globo, 1863).

El éxito cosechado entre los lectores fue tan fulminante que Hetzel ofreció a Jules Verne un contrato en el que le aseguraba un pago de veinte mil francos anuales durante los próximos veinte años, a cambio de publicar en su editorial dos novelas “de estilo nuevo” anuales. Por novelas “de estilo nuevo” entendía el editor -y, a partir de entonces, amigo íntimo del escritor de Nantes- todas aquellas narraciones en las que Jules Verne fuera capaz de mostrar, como había logrado con Cinco semanas en globo, el alcance de los progresos técnicos y los descubrimientos científicos y geográficos del ser humano; Hetzel concibió, además, una serie titulada “Les voyages extraordinaires” (“Los viajes extraordinarios a través de los mundos conocidos y desconocidos”) que iría apareciendo, por entregas mensuales, en su célebre revista Magasin d’education et de recreation, proyecto que, recibido con entusiasmo por Verne, le aseguró de por vida su subsistencia y le permitió consagrarse de lleno a la redacción de las narraciones que estaba deseando crear, basadas en sus constantes estudios de científico-técnicos y en su poderosa imaginación.

Así, durante más de cuarenta años (el contrato firmado por Hetzel fue renovado, a su muerte, por su propio hijo, que heredó su negocio editorial), Jules Verne fue perfeccionando una ágil, amena y eficaz prosa narrativa que, tan dotada para la ciencia ficción como para la mera relación de aventuras, hizo las delicias de millones de lectores en todo el mundo. Fue especialmente seguido por el público juvenil, deslumbrado por la claridad de su escritura límpida y sencilla, por las fascinantes peripecias de sus osados personajes y por la fantasía que desbordaban las situaciones ideadas por el autor de Nantes, plagadas -sobre todo al comienzo de su obra- de esperanzadas muestras de optimismo en el progreso de la civilización. La serie “Les voyages extraordinaires” se fue enriqueciendo con otros títulos tan notables como Voyage au centre de la Terre (Viaje al centro de la Tierra, 1864), De la Terre à la Lune (De la Tierra a la Luna, 1865), Les enfants du capitaine Grant (Los hijos del capitán Grant, 1867-1868), Vingt mille lieus sus les mers (Veinte mil leguas de viaje submarino, 1869-1870), L’ile mysterieuse (La isla misteriosa, 1874), Le tour du monde en quatre-vingts jours (La vuelta al mundo en ochenta días, 1873), Michel Strogoff (Miguel Strogoff, 1876) y, entre otros muchos, Un capitaine de quinze ans (Un capitán de quince años, 1878); obras que convirtieron a Jules Verne en uno de los autores franceses más leídos de todos los tiempos, y, sin lugar a dudas, en uno de los escritores más célebres y mejor pagados de su época.

Pero la fama y el dinero no mejoraron mucho su calidad de vida, puesto que, si bien era cierto que dejó de sufrir privaciones por motivos económicos, no lo era menos que el intenso ritmo de trabajo impuesto por el contrato de Hetzel fue minando poco a poco su salud. Plenamente integrado, además, en los foros y cenáculos culturales y artísticos del París de la segunda mitad del siglo XIX -donde gozó de amistades tan señaladas como las de los Dumas y la del gran fotógrafo parisino Félix Nadar-, Jules Verne se veía obligado a alternar su activa vida social con su forzosa dedicación a la escritura, con el consiguiente desgaste de fuerzas; para colmo, se sintió vivamente interesado por la política de su tiempo y entró en contacto con grupos socialistas y anarquistas cuyo ideario quedó bien reflejado en el carácter libertario de algunas de sus obras -como, por ejemplo, la novela Matías Sandorff (1885), en la que relató las peripecias de un rebelde que se levantó contra la tiranía austrohúngara-. Así las cosas, en 1872, en plena represión desatada contra los malogrados inspiradores de la Comuna de París (1871), abandonó la capital francesa y se estableció en Amiens, desde donde emprendió numerosos recorridos por las costas de Escandinavia, Gran Bretaña y Estados Unidos de América, a bordo del lujoso yate que había adquirido con el producto de sus exitosas novelas.

La política siguió tentándole durante su voluntario retiro provinciano, por lo que en 1888 se presentó a las elecciones municipales de Amiens dentro de las listas del partido radical, y resultó elegido edil, cargo que renovó en otros tres comicios consecutivos (1892, 1896 y 1900). A pesar de sus riquezas y de la apacible vida que intentó llevar en Amiens -cada vez menos viajero, más aislado del mundillo literario y más dedicado a su obra-, su postrer tramo de existencia no se vio libre de penalidades: durante buena parte de su vida, su frágil salud, minada por su intensa dedicación a la escritura, se vio afectada por graves ataques de parálisis que recrudecieron su virulencia con los achaques de la edad provecta; era, además, diabético, y en sus últimos meses de existencia llegó a perder la vista y el oído. Para colmo de males, su vida familiar fue un auténtico calvario jalonado por desavenencias conyugales -al parecer, sostuvo durante muchos años una relación paralela con una misteriosa dama que murió antes que él- y fuertes encontronazos con su hijo Michael -quien reprodujo los mismos enfrentamientos que el joven Jules Verne había tenido con su padre-; y uno de sus sobrinos, en el transcurso de una acalorada discusión, descerrajó sobre una de sus piernas un disparo a quemarropa que le ocasionó una cojera permanente. A pesar de tantas desgracias, continuó escribiendo y publicando hasta que, ya prácticamente ciego, perdió la vida a comienzos de la primavera de 1905 en la ciudad de Amiens, donde, al cabo de cuatro años, se erigió un monumento en memoria de tan ilustre convecino. Sus restos mortales recibieron sepultura en el cementerio de La Madelaine, el más bello camposanto de dicha urbe, capital de la Picardía.

En el momento de su muerte, Jules Verne poseía algunos de los honores y distinciones más relevantes en el panorama cultural de la Francia de la época, como la condición de miembro de la Academia Francesa y de la Legión de Honor. Sus obras se vertían ya a numerosos idiomas, y se difundían por todos los rincones del mundo en ediciones que se agotaban velozmente. Unos años después, la aparición del Séptimo Arte elevó aún más las cotas de celebridad alcanzadas por el escritor de Nantes, con versiones cinematográficas tan aplaudidas como las tituladas Viaje al fondo de la Tierra -rodada en 1908 por el pionero del cine español Segundo de Chomón-; Miguel Strogoff -filmada en 1910 por J. Searle Dawley-; Veinte mil leguas de viaje submarino -dirigida en 1954 por el estadounidense Richard Fleischer-; La vuelta al mundo en ochenta días -filmada en 1956 por el director británico Michael Anderson-; Cinco semanas en globo -rodada en 1962 por el cineasta norteamericano Irwin Allen-; y, entre otras muchas versiones, Las tribulaciones de un chino en China -realizada en 1965 por el francés Philippe de Broca-. La relación de la obra de Verne con la Gran Pantalla parecía predestinada desde la aparición del cine de aventuras: ya en 1902, todavía en vida de Jules Verne, el ilusionista francés Georges Méliès -considerado el primer cineasta de ciencia ficción de la historia- había rodado la película Viaje a la luna, basada en una interpretación libre de la obra original del escritor de Nantes.

Obra

Hay una nítida evolución desde el optimismo positivista de las primeras obras del vigoroso Jules Verne hasta el pesimismo escéptico de sus escritos postreros, una línea quebrada que corona enérgicamente las cúspides más elevadas de la fe en el progreso y el desarrollo humano -posibilitados por los adelantos técnicos y los descubrimientos científicos y geográficos-, para acabar descendiendo progresivamente hacia la desconfianza en el ser humano y la puesta en duda de su capacidad para obtener provecho de estos avances. Se diría que, en su etapa de madurez, el escritor descubrió con amargura las barreras levantadas entre la realidad y la fantasía, y que, si bien siguió apelando a esta última como rasgo estilístico y temático característico de su producción, comenzó a dudar acerca de su posible validez para transformar la realidad circundante. Sin embargo, más que por esta interesante evolución -o involución, según se prefiera- de su pensamiento, en la actualidad se le recuerda por su estilo ágil y ameno, sus diálogos vivos y chispeantes, su exuberante imaginación, su constante apelación a las virtudes intrínsecas del ser humano y, sobre todo, por su poderosa capacidad inventiva, que anticipó admirablemente algunos relevantes inventos y descubrimientos posteriores.

Veinte mil leguas de viaje submarino (1869-1870)

Esta espléndida novela de Jules Verne -segunda entrega de la trilogía iniciada con Los hijos del capitán Grant (1868) y completada con La isla misteriosa (1874)- presenta como mayor virtud la creación de un personaje, el misterioso capitán Nemo, que, junto al protagonista de La vuelta al mundo en ochenta días (1873) -el meticuloso ciudadano británico Phileas Fogg-, constituye el ejemplo más acabado de la maestría del escritor de Nantes a la hora de construir unos entes ficticios tan singulares como atractivos. La obra relata la singladura de la fragata americana “Abraham Lincoln”, a bordo de la cual viajan el profesor Arronnax, su criado Conseil y el valeroso arponero Ned Land, enrolados en una expedición naturalista que persigue la captura de un monstruo marino. Engullidos los tres por el mar a causa de una ola gigantesca, son rescatados en las profundidades por el mismo “monstruo” al que persiguen, que resulta ser en realidad una nave submarina bautizada con el nombre de Nautilus por el capitán Nemo, inventor de tan novedoso artefacto de navegación. La enigmática personalidad de Nemo conduce a los tres expedicionarios a las más apasionantes aventuras: en el seno del Nautilus, visitan la Atlántida y viven emocionantes lances de lucha y caza submarinas (como el que enfrenta a la nave con gigantescos moluscos); pero también asisten horrorizados al hundimiento de un buque atacado por el Nautilus, y acaban sabiendo que el capitán Nemo es realmente un príncipe indio que, destronado por los ingleses, alimenta contra ellos un odio feroz que le ha llevado a construir su nave subacuática para hundir cuantas embarcaciones británicas se cruzan en su navegación. Finalmente, el terrorífico remolino de Maelström se traga al Nautilus y los tres expedicionarios, salvados del naufragio, logran tocar tierra firme.

La vuelta al mundo en ochenta días (1873)

Phileas Fogg, un meticuloso y extravagante ciudadano inglés, apuesta contra la incredulidad de otros miembros de su selecto club londinense que, con los adelantos en los medios de transporte, es posible dar la vuelta al planeta en ochenta días. Con el fin de demostrar su aserto -y de no perder la elevada suma que ha cruzado en la apuesta-, emprende dicho viaje en compañía de su fiel criado Jean, apodado “Passepartout”. A las dificultades intrínsecas de la aventura viene a sumarse la persecución de ambos por parte de la policía londinense, que piensa que Phileas Fogg ha urdido su plan para evadirse de Inglaterra después de haber desvalijado un banco. En medio de emocionantes peripecias, Fogg y “Passepartout” llegan a la India -una de las escalas previstas en el minucioso itinerario del apostante- y rescatan a la hermosa Auda, condenada a morir en la hoguera tras la muerte de su esposo el marajá, como manda la antigua tradición local. Ella acompaña a los viajeros durante el resto de su fascinante recorrido, plagado de otros muchos avatares. Una vez arribados a América, Phileas Fogg fleta una embarcación para llegar a las costas inglesas dentro del plazo previsto, misión en la que sale airoso. Pero en el momento de su desembarco es detenido por la policía y conducido a los calabozos, por lo que no puede presentarse a tiempo en el club donde, antes de ochenta días, tenía que haber concluido su aventura. Aunque logra demostrar su inocencia y quedar en libertad, el retraso originado por esta errónea detención le ha hecho perder un día entero, período de tiempo justo para dar al traste con su propósito. Abatido, se resigna al ridículo y a la ruina cuando, de pronto, descubre que ha regresado a Londres dentro del plazo fijado en la apuesta, pues al haber viajado continuamente en dirección Este ha ganado un día sobre sus cálculos iniciales. Su prestigio y su fortuna quedan a salvo, y también sale bien parada su vida sentimental, pues Fogg acaba casándose con la bellísima Auda.

La isla misteriosa (1874)

Jules Verne relata aquí las peripecias de Gideon Spillet, Pencroff, el negro Nab, el ingeniero Cyrus Smith y el joven Habert, todos ellos prisioneros del ejército sudista en plena Guerra de Secesión americana. Evadidos de sus captores, logran alejarse en un globo aerostático que, arrastrado por una fuerte tormenta marina, va a caer en una isla desierta. Allí, sus condiciones de vida son extremas; pero, en medio de las dificultades, son ayudados misteriosamente por alguien a quien no consiguen identificar. Su sigiloso protector resulta ser el capitán Nemo, quien, una vez reparado su Nautilus, se dedica ahora a salvar náufragos y, en general, a poner su invento a disposición de quienes necesitan de su ayuda. Nemo, ya próximo a morir, acude a la isla misteriosa y pone a salvo a los norteamericanos.

Otras obras

Ante la imposibilidad de ofrecer una muestra más amplia de la vasta producción literaria de Jules Verne en una semblanza bio-bibliográfica de esta naturaleza, se muestra a continuación un exhaustivo repertorio de las obras salidas de su pluma desde la publicación de su primer gran éxito de ventas, Cinco semanas en globo (1863), es decir, desde su plena irrupción en la escritura profesional. Para facilitar la consulta de los lectores hispanoblantes, los títulos de esta relación, clasificados por orden cronológico, aparecen en su versión castellana: Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865), Geografía ilustrada de Francia y sus colonias (1866), Viajes y aventuras del capitán Hatteras (1866), Los hijos del capitán Grant (1868), Alrededor de la Luna (1870), El descubrimiento de la Tierra (1870), Veinte mil leguas de viaje submarino (1870), Una ciudad flotante (1871), Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral (1872), El país de las pieles (1873), La vuelta al mundo en ochenta días (1873), Un sobrino en América (1873), Amiens en el año 2000 (1874), La vuelta al mundo en ochenta días (1874), Un experimento del doctor Ox (1874), El chancellor (1875), La isla misteriosa (1875), Miguel Strogoff (1876), El doctor Ox (1877), Hector Servadac (1877), Las Indias negras (1877), Historia de los grandes viajes y los grandes viajeros (1878), Un capitán de quince años (1878), Las tribulaciones de un chino en China (1879), Los quinientos millones de la Begun (1879), La casa de vapor (1880), Los exploradores del siglo XIX (1880), Miguel Strogoff (versión teatral, 1880), Diez horas de caza (1881), La jangada (1881), El rayo verde (1882), Escuela de Robinsones (1882), Kebaran el testarudo (1883), El archipiélago en llamas (1884), La estrella del sur (1884), Los restos del Cynthia (1885) -obra escrita en colaboración con Pascal Grousset-, Matias Sandorff (1885), Robur el conquistador (1886), Un billete de lotería (1886), El camino de Francia (1887), Norte contra Sur (1887), Dos años de vacaciones (1888), El eje de la tierra (1889), Familia sin nombre (1889), Jornada de un periodista americano en el año 2889 (1889), César Cascabel (1890), La señora Branican (1891), Claudius Bombarnac (1892), El castillo de los Cárpatos (1892), Pequeño personaje (1893), Las magníficas aventuras del maestro Antifer (1894), La isla a hélice (1895), Clovis Dardentor (1896), Frente a la bandera (1896), La esfinge de los hielos (1897), El soberbio Orinoco (1898), El testamento de un excéntrico (1899), Segunda patria (1900), El pueblo aéreo (1901), Las historias de Jean Marie Cabidoulin (1901), Los hermanos Kip (1902), Becas de viaje (1903), Dueño del mundo (1904), Un drama en Livonia (1904), El faro del fin del mundo (1905) y La invasión del mar (1905).

Después de su muerte aparecieron otras obras inéditas del autor de Nantes, como El volcán de oro (1906), La agencia Thomson & Cía (1907), El piloto del Danubio (1908), La caza del meteoro (1908), Los náufragos del Jonathan (1909), Ayer y mañana (1910) -valiosa recopilación de sus relatos breves- (1910), El secreto de Wilhelm Storitz (1910), La asombrosa aventura de la misión Barsac (1917), De Glasgow a Charleston, El secreto de Maston y Los grandes navegantes del siglo XVIII.

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