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El Taoismo y las Enseñanzas de Lao Zi


El Taoismo es tanto una doctrina filosófica como religiosa basada en las enseñanzas del filósofo chino Laozi (ca. 500 a.C.), que promueve la humildad, la piedad religiosa y el culto a los espíritus de la naturaleza y de los antepasados.

El taoísmo es uno de los tres grandes pilares filosóficos sobre los que se asienta la cultura china. Tiene sus orígenes en la época de los magos o chamanes (3000-800 a.C.), pero es en el periodo clásico cuando se concreta y se desarrolla su pensamiento a través de los tres grandes maestros taoístas: Laozi, Zhuangzi y Lie-zi. Frente a los confucianos, los taoístas no buscan la acción colectiva, sino el retiro individual y el contacto con la naturaleza; por medio de una serie de ejercicios de meditación, de relajación y de técnicas corporales se puede llegar a la placidez y al control de la mente, del espíritu. Al promulgar el contacto con la naturaleza y el apartamiento de la vida social, fomenta la creatividad y la exploración individual, por lo que influirá especialmente en la literatura y en el arte, mientras que el confucianismo afectará sobre todo a la configuración política y social de China. Proporciona a los individuos una dimensión espiritual que sirve de complemento a la sequedad normativa confuciana.

La clasificación de los distintos tipos de taoísmo, divididos por etapas, que presentamos a continuación, responde a la establecida por E. Wong, pues consideramos que es una de las que mejor puede ayudarnos a comprender la esencia y la evolución de un sistema de pensamiento que se extiende casi a lo largo de treinta siglos.

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Taoísmo clásico o filosófico (VIII-III a.C.)

Corresponde al Periodo de Primavera y Otoño (770-476 a.C.) y al Periodo de los Estados en Guerra (475-221 a.C.). El Dao-De-Jing (o Libro de la Suprema Virtud) constituye el primer texto del taoísmo y es atribuido a Laozi, aunque en su elaboración intervino más de una persona. El mundo natural aparece regido por tres fuerzas: yang o energía positiva (polo masculino, y que incluye el día, la belleza, la salud, la vida…), yin o energía negativa (polo femenino, y que incluye la noche, la fealdad, la enfermedad, la muerte…) y tao (= dao) o Principio Superior que concilia y contiene los principios inferiores yin y yang. Éstos son las dos caras de una misma moneda: se complementan y están siempre ahí, aunque en el mundo fenoménico unas veces se manifieste uno y otras otro. El símbolo taoísta es un círculo formado por dos partes exactamente iguales, una negra y otra blanca que se acoplan entre sí; a ese círculo lo envuelve otro círculo exterior, que representa el tao. La parte negra contiene un punto blanco, y la parte blanca contiene un punto negro, lo que representa que ningún elemento del mundo es totalmente positivo ni negativo. El sabio es un individuo que ha comprendido el funcionamiento natural de las cosas (el tao) y vive en armonía con él. El tao es la fuente de vida, es invisible a la percepción, jamás puede agotarse y todas las cosas dependen de él para existir. El tao es una fuerza impersonal y anónima que rige el funcionamiento del universo, pero no es una divinidad o espíritu que pueda causar perjuicios o beneficios a los humanos. Aquí el wu wei o “no acción” no significa no hacer nada o no interferir (como en Zhuangzi), sino renunciar al uso de la fuerza (un país se gobierna con la tranquilidad, las armas se usan con parquedad, el mundo se conquista con la no-acción… cuantas más leyes y decretos se promulguen, más bandidos y ladrones habrá). El apego a los bienes materiales, los deseos y las emociones deben ser controlados (el que domina a los demás es fuerte, el que se domina a sí mismo poderoso); la mente o razón es asimismo dañina, pues al ser insaciable provoca angustia y desazón (es como querer acallar el eco gritando más que él o querer vencer a la propia sombra corriendo más que ella). La armonía del tao supone una experiencia personal profunda: ninguna explicación y argumentación puede hacer que los demás la comprendan a no ser que ellos mismos previamente la hayan tenido.

Zhuangzi, en su obra Zhuang-zi, y Lie-zi, en el Libro de la perfecta vacuidad, condenan abiertamente las normas sociales y culturales, todas ellas auténticas barreras para la libertad de expresión individual. El orden establecido es corrupto y, por ello, lo mejor es vivir al margen de la sociedad, cuidando el cuerpo y dedicándose a la contemplación y a la meditación. El Zhuang-zi ha influido profundamente en la sensibilidad artística china; aunque es un libro filosófico y no tiene directamente nada que ver con el arte y la literatura, ha inspirado a poetas como Li Bai (Li Bo), artistas y letrados con sus ideas sobre el “autoolvido”, la contemplación serena de la naturaleza y la unión intuitiva con el Tao. Solamente cuando se funde con esta “unidad universal”, el hombre puede alcanzar una paz interior imperturbable. Y para ello es imprescindible relativizar los afectos y los sentimientos, situándolos dentro de la totalidad de la naturaleza; así vencerá al dolor, al miedo, será invulnerable y cabalgará sobre las nubes.

Hay que intentar ser como el gran Todo: silencio, quietud y perfecta indiferencia. Los que actúan en busca de la fortuna y de la gloria, quieren salvar el mundo y se entregan al servicio del estado no son más que tontos ingenuos que desperdician su energía vital. Asimismo, hay que descartar todo pensamiento discursivo, porque el lenguaje, institución social, es uno de los mayores obstáculos en la comunicación con el Uno o el Todo. Todas las distinciones son arbitrarias. Vida y muerte son sólo dos fases alternas de la misma realidad. Toda enseñanza transmitida por medio de la palabra es vanidosa e ilusoria, los escritos de los antiguos son sólo sus heces: es de forma directa, por medio de su influencia insensible y sin pronunciar palabra como el sabio instruye a sus discípulos. La única realidad verdadera es el poder de transformación indefinido, el principio inmanente de la espontaneidad cósmica que es el Tao (Dao); el resto de las “verdades” son fugitivas, relativas y perecederas.

Este taoísmo filosófico ha imbuido profundamente las manifestaciones culturales típicamente chinas: es el latir de fondo de su poesía y de su pintura. Poetas como Li Bai (Li Bo), Du Fu, Wang Wei, Su Dong-Po (Su Shi), Han Yu… todos ellos representantes del mayor momento de esplendor de la poesía china y que, a su vez, ejercerán una decisiva influencia en las generaciones posteriores, manejan constantemente conceptos y estados de ánimo propios de los taoístas. Wang Wei, poeta y pintor paisajista, tiene poemas que pueden ser considerados auténticas pinturas en palabras: Desde hace poco conozco una profunda quietud./ Mi espíritu no se inquieta por nada del mundo./ La brisa que viene del bosque de pinos/ hace volar mi bufanda./ La luna de la montaña brilla sobre el arpa./ ¿Me preguntáis la razón del éxito o del fracaso?/ La canción del pescador se hunde en el río.

Taoísmo religioso (20-600 d.C.)

El taoísmo primitivo o filosófico, considerado por muchos estudiosos como el “auténtico”, fue transformándose entre los siglos I y VII de nuestra era. Se mantienen los principios esenciales, pero ahora combinados con una mezcla de magia y devoción. Zhang Dao-Ling, un guía espiritual carismático, y sus discípulos convierten la filosofía taoísta en una religión organizada, con ritos, ceremonias, liturgias, templos, sacerdotes, sagradas escrituras… Adquieren una especial relevancia los fang-shi, maestros expertos en artes mágicas y adivinatorias, a través de las cuales se puede conseguir la curación de enfermedades, la longevidad y la inmortalidad.

Se estableció una jerarquía de espíritus, ofrendas y santuarios para honrarles y conseguir así su protección. Laozi es convertido en una divinidad, en tai-shang lao-zhun (“El Gran Señor en lo Alto”). Según Chang Tao-Ling fue precisamente Laozi quien le transmitió no sólo sus enseñanzas sino también su poder para curar a los enfermos y alejar a los malos espíritus. Todo ello se completó con la publicación de dos textos sagrados o revelados. El primero de ellos, Tai-ping Jing ( o Libro de la paz y el equilibrio), estaba escrito -decían- no por mortales, sino por las deidades llamadas “Guardianes del Tao”. En él aparece una explicación sobre la creación del universo y se insiste en la importancia de los ritos y de las ceremonias religiosas para conseguir una vida sana y larga. El segundo libro sagrado fue Tai-shang ling-bao wu-fu qing (o Suprema revelación de los cinco talismanes del Espíritu Sagrado). Entre los sacerdotes taoístas resaltan Kou Qian-Qi, experto en el arte ceremonial, y Lu Xiu-Jing, experto en la magia de los talismanes.

Este taoísmo religioso, impulsado por los emperadores de la dinastía Han Oriental (25-219 d.C.), llega a su máximo desarrollo durante las dinastías Wei, Jin y Meridional y Septentrional ( 220-589 d.C.).

Taoísmo místico (300-600 d.C.)

Este tipo de taoísmo ejerce una especial influencia en la clase media y en la nobleza. Debido a una serie de circunstancias sociales y políticas, en el sureste de China había una serie de clanes familiares con tierras, dinero y empresas comerciales, pero sin poder político. Muchos de sus miembros volvieron entonces sus ojos a las artes esotéricas y se aficionaron a las prácticas espirituales.

El taoísmo shang-qing lo fundó Wei Hua-Cun, hija de un sacerdote de alto rango del taoísmo de los Maestros Celestiales; sus enseñanzas aparecen en el libro Shang-qing huang-ting nei jing yu-jing (El Jade de la Corte Amarilla en el Reino de la Pureza). Otros libros que recogen y completan su pensamiento son Tai-shang bao-wen (o El Escrito Sagrado del Altísimo), Da-dong zhen-jing (o La Verdadera Escritura de la Gran Caverna) y Ba-su yin-shu (o El Libro Oculto de las Ocho Simplicidades).

Detrás de todas las cosas existe una unidad subyacente (el “Uno” o el “Tao”), la verdadera realidad y que está presente en el interior del ser humano. La meta de la vida es tomar conciencia de ese Uno y, luego, fundirnos con él. Se trata de una experiencia mística que nos eleva y nos hace sentir gozo, felicidad, éxtasis, excitación sexual y embriaguez.

El cuerpo humano se considera como un universo lleno de divinidades, espíritus y monstruos. Los espíritus y deidades cuidan el cuerpo y lo protegen de la enfermedad; cuando estos guardianes abandonan el cuerpo, éste se debilita y muere. Por ello es importante desarrollar una serie de técnicas que nos ayuden a mantenerlos en nuestro interior, sobre todo a través de un proceso de visualización (tanto de imágenes como de colores) en la meditación. En el cuerpo también habitan monstruos que se aprovechan de nuestros deseos y de los alimentos que ingerimos; para eliminarlos debemos acudir al ayuno, a la abstinencia, al control de la mente y a la eliminación de los deseos.

Al igual que en el cuerpo o universo interno, en el universo externo también residen una serie de espíritus y divinidades. El sol contiene la esencia de la energía positiva (yang) y la luna es la vasija de la energía negativa (yin). Mediante complicados rituales (de madrugada y en lugares apartados, con los talismanes de protección adecuados, invocación a deidades, encantamientos, inhalación y exhalación del aliento de una manera determinada, etc.) se puede llegar a absorber la esencia del sol, de la luna, de las estrellas y de los vapores (neblina, nubes y rocío). Así se supera la división del tao interno y del tao externo, y el practicante puede fundirse con el principio subyacente de todas las cosas, obtener alimento de la misma fuente de la vida y alcanzar la larga vida, la inmortalidad.

Mediante el “vuelo” o “ascensión”, el taoísta también puede lograr la unión con el Tao, pues abandona la esfera mortal y se convierte en inmortal en la Esfera de lo Supremamente Puro. No hay que confundirlo con el “viaje celeste” o “viaje astral” del practicante: éste supone sólo un abandono temporal del mundo y comprende dos fases. En la primera se produce una elevación hasta el cielo, y en la segunda se viaja de una constelación a otra, siguiendo la pauta que le marcan las estrellas. Cada proceso requiere diferentes tipos de talismanes, encantamientos, visualizaciones, peticiones… Este tema sigue apareciendo todavía hoy en día en numerosas películas chinas, especialmente de Hong-Kong y Taiwan.

La Escuela de Maoshan es la primera que declara que las “drogas que confieren la inmortalidad deben ser buscadas en el corazón”. Este movimiento, que surge en el noroeste de China a finales del siglo IV, era una secta espiritualista, la primera de una especie que todavía perdura. Algunas revelaciones describen cómo Yang Xi, principal medium de la secta, culmina su unión y boda con una joven hada o diosa. Es más que un suceso espiritualista, pues marca el acceso de Yang Xi al rango de inmortal divino, así como su salvación. Esta historia es sólo una más en medio de miles de historias similares y, a lo largo de los siguientes siglos, fueron surgiendo innumerables leyendas sobre el tema, todas ellas unidas por el eje de la boda y el banquete divinos. Esta clase de cuentos de hadas, diosas o inmortales inspiró todo un género literario de novelas de caballería, cuyo tema principal era siempre el encuentro entre un joven mortal y una o varias diosas. Alcanzó gran popularidad en la dinastía Tang y dio lugar a numerosas obras de carácter erótico. La influencia de Maoshan queda también patente en el teatro y en la poesía (recordemos, por ejemplo, la famosa historia del emperador Ming Huang y su favorita Yang Gui-Fei, que en un principio era una sacerdotisa taoísta).

Actualmente, las creencias y prácticas del taoísmo Shang-qing se pueden rastrear en las sectas taoístas de la alquimia interior y en el qi-gong, ejercicios respiratorios y gimnásticos que favorecen la adecuada circulación sanguínea y el desarrollo de las fuerzas musculares.

El feng-shui (literalmente, “viento-agua”), una forma de adivinación basada en las formas del terreno y su flujo de energía, se convirtió ya en “ciencia” en la dinastía Tang. En nuestros días muchos chinos siguen acudiendo a especialistas que les orientan sobre el lugar y manera en que hay que construir las casas, así como el sitio y dirección en que se han de colocar los muebles e, incluso, las tumbas, para que la energía absorbida sea beneficiosa y potencie la salud, la longevidad, la armonía, la riqueza y el éxito. Los colores también han de tenerse en cuenta: el rojo es el color de la felicidad, el amarillo de la jovialidad, el verde de la serenidad… Los acuarios, espejos y estatuas de caballos rojos y de tortugas de madera atraen la energía positiva y ahuyentan así a los malos espíritus.

alquimia_interior_taoistaSe desarrolla paralelamente al taoísmo místico. Su interés se centra en el cuidado de la salud, de la longevidad y de la inmortalidad. Se distinguen dos clases de alquimia fisiológica: la externa y la interna.

En la alquimia externa se utilizan ciertos minerales (plomo, mercurio, cinc, níquel, sulfato de sodio, sal mineral, sulfuro de mercurio, plata, cinabrio, malaquita y óxidos arsénicos) y algunas hierbas para elaborar una píldora o elixir que, una vez ingeridos, convierten a la persona en inmortal. El horno, el fuelle y la caldera eran los tres instrumentos básicos. Tanto éstos como los ingredientes debían ser utilizados de la manera adecuada, para hacer posible la cópula del yin (materializado en el agua) y el yang (materializado en el fuego); de esta manera se eliminan las impurezas del cuerpo, se cultiva la energía y se renueva la vida. Artísticamente, esta idea se manifiesta con un ave fénix y un dragón copulando; de su unión surge el “elixir dorado”. Este tipo de alquimia gozó de un gran apoyo durante las dinastías Han y Tang, incluso por parte de los emperadores y de la nobleza. Sin embargo, a partir de los últimos años de la dinastía Tang, ante la evidencia de los numerosos envenenamientos y de los fracasos en la investigación, inicia su declive.

En la alquimia interna, por el contrario, todos los ingredientes de la inmortalidad se hallan en el interior del organismo. Estas sustancias han de ser refinadas y transformadas mediante ejercicios de movimiento y de meditación, cultivando la energía vital en el propio cuerpo, sin ayuda de sustancias externas. Su mayor grado de refinamiento se alcanza en la dinastía Song (960-1279). Entre sus representantes cabe mencionar a Lu Dong-Bin -considerado como el fundador-, a Zhen Xi-Yi -quien adquirió una especial fama por sus técnicas de qi-gong-, a Wang Chong-Yang -que posteriormente fundaría la Escuela de la Realidad Completa-, a Zhang Bo-Duan -autor de Wu-ren pian o Comprender la Realidad- y a Zhan San-Feng -creador del tai-ji quan o taichi-. Además, hemos de mencionar a Wei Bo-Yang, autor de Zan-dong-ji o La Triple Unidad, el tratado más antiguo sobre la alquimia, tanto interna como externa.

Actualmente sigue practicándose lo que se denomina “alquimia interna”, pero sirviéndose de sustancias provenientes tanto del interior como del exterior: los ejercicios de qi-gong, de respiración y de meditación se complementan con la ingestión de ciertas hierbas y alimentos (no metales), que ayudan a purificar y a la vez dar energía al organismo. Se trata, en definitiva, de buscar mecanismos que transformen tanto la mente como el cuerpo, con el objetivo de lograr una buena salud y una larga vida.

El llamado El Arte de la Alcoba es el libro “heterodoxo” de los taoístas. Recoge toda una serie de reglas y técnicas para mantener una buena salud a través del sexo. Hay que intentar nutrir el yang (energía positiva) en detrimento del yin (energía negativa) para aumentar la vitalidad. Esto el hombre lo consigue evitando la eyaculación, con el fin de que la “energía generativa” no se desprenda del cuerpo y se pierda. Además, es de suma importancia que esa energía se dosifique pues, si se recoge en cantidades excesivas y con demasiada frecuencia, la energía resultará viciada o puede, incluso, volverse tóxica en el cuerpo. En el acto sexual no hay placer, ni amor ni deseo; de hecho, se alerta a los practicantes de las consecuencias de implicarse emocionalmente en el acto sexual. La pareja es sólo una fuente útil de energía. En todas las épocas, estas prácticas han sido consideradas no ortodoxas por la mayoría de los taoístas; han sido continuamente denunciadas en los escritos de los grandes patriarcas bajo el título de “desviaciones, perversiones y doctrinas aberrantes”. Este punto de vista se aparta también completamente del defendido por algunos taoístas contemporáneos partidarios del yoga sexual que presentan la “Vereda Emparejada” como una vía para fortalecer el vínculo amoroso entre dos personas.

Síntesis de taoísmo, budismo y confucianismo (desde el año 1000 hasta nuestros días)

En el siglo XI el taoísmo había ido degradándose y había desembocado en una serie de pácticas esotéricas y abusivas. Algunos sabios que habían empezado a formarse en escuelas alquimistas pronto se dieron cuenta de que para el correcto desarrollo espiritual era imprescindible un equilibrio entre la salud física y la claridad mental, es decir, había que cultivar a la vez el cuerpo y la mente. Del confucianismo recogen la idea de la naturaleza original bondadosa del hombre y valores como la virtud, la benevolencia y el honor como base de la educación espiritual. Del budismo zen provienen una serie de técnicas para vaciar la mente de todo pensamiento y eliminar el deseo. De esta manera, la chispa del tao (dao) que todo ser humano lleva en su interior puede surgir de nuevo. La esencia taoísta se sigue manteniendo, pues se sigue considerando que esa transformación paralela del cuerpo y de la mente es alquímica.

Este taoísmo de síntesis es el que caracteriza a las dos grandes escuelas taoístas actuales: Quan-zhen o Escuela de la Realidad Completa y Xian-Tian Dao o Vía del Cielo Primigenio. Entre los grandes maestros taoístas cabe mencionar a Wang Chong-Yang (Wang Che), a Zhang Bo-Duan y a Qu Chang-Qun.

La literatura de la dinastía Ming refleja claramente la fusión de esos tres sistemas de pensamiento. Es el caso de Siete Maestros Taoístas, Investidura de los Dioses, Viaje al Oeste y de una colección de relatos donde se alternan reencarnaciones budistas, inmortales taoístas y los valores confucianos de la virtud y de la piedad filial.

Esta síntesis fue tan profunda que en la dinastía Qing la religión popular china contaba con divinidades provenientes de inmortales taoístas, bodisatvas budistas y sabios confucianos. Con el tiempo, los inmortales taoístas recibieron nombres budistas, y los boditsavas se convirtieron en encarnaciones de inmortales taoístas.

Muchos intelectuales de la dinastía Qing sospechaban de lo no racional, por lo que atacaron el aspecto mágico, hechicero y religioso del taoísmo de la dinastía Ming, a los que consideraban incluso responsables de la caída de esa dinastía y de la humillación de haber sido invadidos por los “diablos extranjeros”. Surgieron entonces dos nuevas sectas taoístas: la contemplativa e intelectual de Liu Yi-Ming, y la secta de Wu-Liu (una nueva mezcla de budismo y de alquimia interior).

A partir de entonces los acontecimientos históricos se suceden a un ritmo vertiginoso: en la Revolución de 1911, Sun Yat-Sen se levanta con el partido nacionalista y proclama la República de China (la primera en toda Asia y que pone fin a la dinastía Qing); de 1931 a 1945, China sufre la ocupación japonesa; en 1949 se proclama la República Popular de China, y de 1966 a 1972 el país sufre los efectos devastadores de la Revolución Cultural. En 1978 comienza de nuevo una apertura al exterior. Es evidente que todo esto repercute en la sociedad, en las corrientes de pensamiento y en el arte en general. A lo largo de ese tiempo desaparecen algunas sectas taoístas antiguas, pero muchas otras sobreviven y hacen acto de presencia en nuestros días. Es curioso observar cómo diversas manifestaciones del taoísmo filosófico, mágico, adivinatorio, alquimista y de síntesis se han mantenido a lo largo de los siglos y se conservan en nuestros días. Incluso la secta Fa-Lun Gong, tan perseguida actualmente por el gobierno comunista chino (la prensa y la televisión occidentales, así como Internet, se han hecho eco de ello durante este año 1999), no es más que una variante de los ejercicios tradicionales de qi-gong; como ya sucedía hace siglos, sus adeptos buscan la salvación en el despertar espiritual y en el bienestar físico, a través de determinados ejercicios y de la meditación. Todas estas muestras vienen a confirmar una vez más la “continuidad” que caracteriza a la cultura china, y que va más allá de las versiones light del feng-shui, del “taichi”, del yoga y de las artes marciales que se extienden por Occidente. Quizás sea la Ley del Tao que al desplazarse constantemente y alejarse sin cesar, regresa así al punto de partida (Laozi).

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