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Lectura adicional del Madrid del siglo XIX


madridmesonero

Mesonero, gran madrileñista, se ocupó de la mejora y desarrollo de la capital de España

Fragmento de Memorias de un setentón

Toda esta serie de desgracias públicas y privadas, el consiguiente desconsuelo que me inspiraban éstas, y el temor del giro que pudieran tomar los sucesos, no hicieron más que remachar más y más mi ingénita aversión a la política, y el firme propósito de conservarme en el retraimiento más absoluto, aunque sin renunciar a mis opiniones de siempre; refugiándome en mis cariñosas afecciones hacia las letras, y también hacia las nobles ideas del verdadero progreso social. A este fin, y venciendo con energía y fuerza de voluntad mi abatimiento físico y moral, me ocupé, aun antes de arreglar mis intereses propios, en dar la última mano a mis observaciones de viaje, dignas, a mi entender, de ser sometidas a la opinión de mis convecinos, y las di a la estampa en una extensa memoria, a la que puse el título de Rápida ojeada de la capital, y de los medios de mejorarla, y con el fin de darla más pronta circulación, la publiqué como Apéndice a la última edición del Manual de Madrid.

Dicha memoria estaba dividida en cuatro secciones, con los epígrafes de Salubridad, Comodidad, Ornato. Seguridad, Vigilancia, Beneficencia. Trabajo e Industria. Instrucción y Recreo. En ellas iba recorriendo uno por uno todos los ramos del servicio municipal, y comparando su estado actual (que era por demás deplorable) con los adelantos respectivos que había observado en las capitales extranjeras, proponía, sin exageración y sin acrimonia, aquellas mejoras que a mi juicio eran aceptables en nuestro pueblo, para acercarle en lo posible al estado de adelanto en que se hallaban los extranjeros.

Contrayéndome en la primera sección a la parte material de la villa de Madrid, encarecía la necesidad de su amplificación por los lados del Norte y Levante, y la adopción de alguno de los planes propuestos para el abastecimiento de aguas, bastantes al consumo de la población y al riego de sus campiñas, con los datos curiosos que pude allegar sobre este asunto. Pasaba después a ocuparme en el abastecimiento de los mercados, y a la construcción de algunos de éstos en los sitios que designaba, haciendo desaparecer los misrables cajones para la venta, que obstruían y afeaban las encrucijadas y calles, algunas tan importantes como la de la Montera (red de San Luis) y la de Atocha (Antón Martín). Trataba luego de la necesidad de romper, nivelar y ensanchar varias calles y plazas, adornando éstas con el plantío de arbustos y flores, a imitación de los squares de Londres; la reforma del empedrado, que era entonces pésimo y formado con guijarros de pedernal desiguales y con el arroyo en el centro de la calle, sustituyéndole por la forma convexa, con vertientes a los lados, y la colocación de aceras algún tanto elevadas, según lo había observado en París, Londres y otras capitales, y hasta en la misma Barcelona. La sustitución de los mezquinos farolillos del alumbrado público por un buen sistema de reverberos (el gas no era todavía accesible por su gran coste, y de él sólo se habían hecho ligeros ensayos en las fiestas del nacimiento y de la jura de la princesa). Insistí también en la reforma completa de la meración de las casas, que ya había propuesto en el Manual, adoptando el sistema de los números pares a la derecha e impares a la izquierda, para evitar la absurda confusión del establecido de 1750, dando vueltas a las manzanas de las casas. La fijación de nuevas lápidas claras y consistentes con el nombre de cada calle a la entrada y salida de ella, y la variación de muchos nombres duplicados y aun triplicados, ridículos y hasta obscenos, sustituyéndolos con los de hechos históricos y personajes notables del país. La limpieza diaria -que entonces era semanal- de dichas calles, y la supresión de los basureros de los portales; la de los canalones exteriores y la de las buhardillas en las nuevas construcciones de casas particulares, y la recomendación de ciertas condiciones en éstas, para la debida seguridad, salubridad y ornato de la población. Hablé también de la conveniencia de erigir en las plazas algunos monumentos para conmemorar hechos gloriosos y hombres célebres, y con este motivo, y haciendo la descripción de los cementerios de París y de la célebre abadía de Westminster en Londres, me detenía en denunciar la mezquindaz, insalubridad y repugnante aspecto de nuestros dos únicos cementerios generales, proponiendo en este punto las radicales reformas que juzgué necesarias.

En la segunda sección, de Seguridad, Vigilancia y Beneficencia, propuse la nueva división civil y eclesiástica de Madrid, que eran por demás absurdas (y esta última continúa siéndolo aún); la formación por la Municipalidad de un censo exacto del vecindario; el levantamiento de un plano topográfico de la villa en grande escala y detallado, para servir a su reforma y alineaciones sucesivas, con arreglo a un sistema general; la adopción de una Ordenanza municipal para el mejor orden y buen gobierno de la villa. Hablaba también de la reducción de muchos albergues y hospitales especiales, que yacían en desuso, y su reunión a los generales, la mayor extensión de la hospitalidad domiciliaria y la reforma de los hospicios, albergues, Inclusa y demás establecimientos benéficos. Propuse igualmente la supresión de ambas cárceles de Corte y de Villa, situadas en las casas de la Audiencia y del Ayuntamiento, y la apremiante necesidad de construir otra u otras con mejores condiciones. Tratando luego de nuestro benéfico Monte de Piedad (que era gratuito entonces, y por lo tanto, insuficiente para atender a las públicas necesidades), propuse que fuese autorizado para exigir en los préstamos un módico interés. De aquí pasé a proponer la creación de una Caja de Ahorros, tal como las que había visto en los países extranjeros, cabiéndome la satisfacción de ser el primero que llamó la atención del público y del Gobierno hacia tan benéfica institución, a cuya creación tuve también la suerte de concurrir cuatro años más tarde.

En la sección de Industria y Comercio excitaba el interés individual y el espíritu de asociación hacia la creación de compañías de seguros de vida, de muebles y de transportes de comestibles, y discurriendo sobre nuestra proverbial indolencia y la necesidad del aprovechamiento del tiempo, me atreví a indicar la disminución de los días festivos, la supresión de las fiestas de toros en los días laborables (los lunes), y hasta la mejor distribución del día, comiendo más tarde, ampliando las horas de trabajo en las oficinas, en los tribunales y hasta en las Cortes, que entonces terminaban sus sesiones a las dos o las tres de la tarde (que era la hora de comer), y la necesidad, en fin, de estimular al trabajo y aprovechar el tiempo, de que éramos entonces pródigos derrochadores. Dirigiéndome al interés privado, proponía el acometimiento de empresas mercantiles; la apertura de establecimientos decorosos de comercio, entonces por extremo desaliñados y primitivos; la formación de pasajes y bazares, de los cuales sólo existían en Madrid las covachuelas de San Felipe o la plaza del Rastro; el establecimiento de buenas fondas y hoteles, de que sólo eran representantes posadas o paradores como los del Peine, en la calle de Postas; de la Gallega, en la de la Montera; de los Huevos, en la de la Concepción Jerónima, y de los Segovianos, en la del Carmen, además de los anacronímicos que aún existen en las de Toledo y Cava Baja. Propuse igualmente el establecimiento de los coches de placa o de punto fijo, absolutamente ignorado en Madrid, y otras muchas reformas en el servicio público, que recomendaba al celo de las autoridades municipales y al cálculo del interés particular.

Por último, en la sección que titulé de Instrucción y Recreo abogaba -no sé si indiscretamente- por la traslación a Madrid de la Universidad de Alcalá de Henares; la formación de sociedades científicas y literarias, especialmente del primitivo Ateneo; estimulaba a los industriales para la apertura de gabinetes de lectura, y la publicación de periódicos ilustrados y baratos, tales como el Penny Magazzine, de Londres, o el Magasin Pittoresque, de París; la apertura de teatrillos y espectáculos populares, jardines públicos y otros establecimientos propios para la distracción y honesto recreo de las clases más modestas, que emplean sus ahorros en la disipación o en la holganza.

Por la enumeración que antecede de las mejoras que me decidí a proponer en mi citada memoria, puede colegirse el estado material y administrativo de la capital de España en el año de gracia 1835. Quizás hoy, y después del transcurso de casi medio siglo, y de realizadas todas aquellas mejoras y otras muchas que han ido sugiriendo las nuevas necesidades de la sociedad, puedan ser calificadas de incompletas, mezquinas o baladíes aquellas indicaciones; pero hay que tener en cuenta que a la fecha en que hube de hacerlas no lo eran tal; antes bien suponían esfuerzos gigantescos para su realización, y no escaso mérito en quien, apartándose de la indolencia general, tenía la audacia -que tal pudo parecer entonces- de proponerlas y propagarlas. Diez años más tarde tuve ocasión de proseguirlas en mayor escala desde el seno de la Corporación municipal, a que fui llamado.

Fuente: Mesonero Romanos, Ramón de. Memorias de un setentón. 2vols.

Madrid: Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881.

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