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Imperio Otomano – El ocaso


A fines del siglo XVIII, el Imperio otomano se hallaba al borde del caos, mientras las potencias europeas se disputaban el futuro reparto de sus inmensas posesiones. El debilitamiento del sultanato y las continuas injerencias extranjeras dieron lugar a la llamada “Cuestión de Oriente”, uno de los problemas más acuciantes de la política europea del siglo XIX.

Desde hacía dos siglos, los sultanes habían perdido su control efectivo sobre el gobierno y el ejército. Separados del pueblo en sus suntuosos palacios, dejaban los asuntos de estado en manos de los grandes visires y de los generales, que mantuvieron un régimen de corrupción e inmovilismo político, controlado en su escalafón más alto por la casta hereditaria de los jenízaros, quienes, entretanto, habían perdido las cualidades guerreras que antaño les habían hecho temibles. Un profundo descontento reinaba en el ejército, desabastecido y desorganizado, mientras la ineficacia administrativa impedía un control eficaz sobre las provincias más alejadas, que, de hecho, subsisitían en un régimen de práctica independencia.

En este contexto de crisis generalizada subió al trono Selim III (1789-1807), quien inauguró una etapa de tímidas reformas administrativas. Admirador de la sociedad francesa, rodeado de consejeros franceses, el sultán trató de reorganizar el ejército según el modelo europeo, pero no se atrevió a eliminar el poder de los jenízaros, que se oponían a cualquier intento de reforma. Por otra parte, la situacion internacional era abrumadora: a la derrota ante Rusia en 1792 siguió la invasión napoleónica de Egipto (1798), mientras estallaban revueltas en Siria, Arabia, Serbia y las regiones danubianas. En 1807 la situación se vio agravada por el asesinato del sultán a manos de los jenízaros. Sin embargo, una parte del ejército apoyaba la política de reformas emprendida por Selim y, con Mustafá Bairakdar, pachá de Rustchuk, al frente, consiguió entronizar a Mahmud II (1808-39) y controlar el gobierno. El nuevo sultán eliminó de manera sangrienta a los jenízaros en 1826 a lo largo y ancho del Imperio, e introdujo algunas medidas de modernización: creó los ministerios de asuntos exteriores, interior e instrucción pública, abrió escuelas superiores, envió a estudiantes turcos a las universidades europeas para aprender las técnicas occidentales e, incluso, sustituyó el turbante tradicional por el fez, que se convirtió desde entonces en el sombrero nacional turco.

Disintegration of the Ottoman Empire 1798-1923

Pero estas reformas no lograron frenar el proceso de descomposición del Imperio. La sublevación serbia ofreció a Rusia un pretexto para intervenir en territorio otomano, lo que provocó el estallido de una nueva guerra ruso-turca (1806-1812), que concluyó con el tratado de Bucarest, por el que Rusia se anexionó Besarabia. En 1817, el sultanato tuvo que reconocer a Milos Obrenovitch como príncipe hereditario de Serbia y, en 1830, otorgó oficialmente la autonomía a dicha región. Entretanto, en Albania se declaró en 1820 una nueva sublevación, que se prolongaría durante dos años.

Pero, sin duda, la peor crisis que atravesó el Imperio en esta época fue la guerra de independencia griega, que provocó la primera intervención concertada de las potencias occidentales en los asuntos otomanos. No obstante, dichas potencias estaban profundamente divididas respecto a la Cuestión de Oriente: Rusia perseguía el desmantelamiento del Imperio a fin de instalarse en los estrechos, mientras Gran Bretaña trataba de impedir el acceso ruso al Mediterráneo. Por su parte, Francia y Austria-Hungría mantenían una política cambiante respecto a Turquía, movidas por sus intereses coyunturales -en Egipto y el Mediterráneo la primera y en los Balcanes la segunda.

La declaración unilateral de independencia de los griegos en 1822 puso en primer término de la política europea estas rivalidades, provocando una grave crisis internacional. El canciller austríaco Metternich, que desempeñaba un papel esencial en el mantenimiento del equilibrio europeo pactado en el Congreso de Viena (1815) y desconfiaba de los movimientos independentistas balcánicos, abogó repetidamente por la neutralidad. Esta fue, en principio, la actitud de las potencias europeas, que no deseaban poner en peligro el statu quo. Sin embargo, la intervención del ejército egipcio en favor del sultanato cambió la situación. Las tropas de Ibrahim, hijo del pachá rebelde de Egipto Mehmet Alí, entraron en Grecia a sangre y fuego, perpetrando horribles matanzas entre la población. El horror de la opinión pública de toda Europa ante estos acontecimientos forzó a intervenir a los gobiernos de Londres, París y San Petersburgo. En octubre de 1827, una flota aliada franco-ruso-británica destruyó la armada turco-egipcia en Navarino. Aprovechando la derrota turca, Rusia declaró unilateralmente la guerra en abril del año siguiente, invadiendo Armenia y las regiones danubianas, mientras las tropas francesas expulsaban a los turcos de Morea. El tratado de Londres (1828-29) fijó las nuevas fronteras del Imperio, reconociendo la independencia griega sin el acuerdo de Turquía. Entretanto, la armada rusa había conquistado Adrianópolis (1829), dejando expedito el camino del Danubio. Acosada desde todos los frentes, Turquía tuvo que pedir la paz. Por el tratado de Adrianópolis (1829), reconoció la independencia de Grecia y confirmó la autonomía de Serbia y de los principados danubianos, además de permitir el acceso de Rusia a la bocas del Dabunio y su derecho a la libre navegación por el mar Negro.

La descomposición del Imperio y los intentos de reforma (1829-1878)

Apenas concluida la guerra en Grecia, el sultanato tuvo que afrontar una nueva rebelión del pachá de Egipto, Mehmet Alí. Las tropas egipcias conquistaron Palestina y Siria, y seguidamente marcharon sobre Constantinopla. El sultán se vio obligado a pedir la ayuda de Rusia, que aprovechó la ocasión para instalarse militarmente en el Bósforo. Ello provocó una gran inquietud en Londres y París, cuyos gobiernos intervinieron para acabar con la guerra turco-egipcia mediante el tratado de Kutayeh (1833), que entregó a Mehmet Alí el dominio sobre Siria y Cilicia. Mayor trascendencia tendría, no obstante, el tratado de Unkiar Skelessi, firmado ese mismo año entre Rusia y Turquía: a cambio de la retirada de la armada rusa de los estrechos, el zar obtuvo un compromiso secreto por el que Turquía cerraría los Dardanelos a cualquier navío de guerra, excepto a los rusos.

A partir de ese momento, Inglaterra, decidida a impedir que Turquía se convirtiera en una especie de protectorado ruso, intervino para atajar el creciente debilitamiento otomano. En 1839 estalló una nueva guerra turco-egipcia. Gran Bretaña apoyó militarmente a Turquía, pero Francia intervino en Egipto a favor de Mehmet Alí. La consiguiente crisis internacional estuvo a punto de provocar una guerra franco-británica. Francia no se unió al tratado de Londres (1840), por el que Rusia, Inglaterra, Austria y Prusia lanzaron un ultimátum al pachá de Egipto. Después de que Inglaterra enviara una expedición naval a Egipto en otoño de ese año, Mehmet Alí tuvo que ceder. Renunció a Siria, pero obtuvo su reconocimiento como virrey hereditario de Egipto (1841). La convención de Londres de 1841 solucionó el problema de los estrechos, despojando a Rusia de las ventajas obtenidas en el acuerdo de Unkiar Skelessi y cerrando el paso de los Dardanelos a todo barco de guerra.

Durante la década siguiente, la Cuestión de Oriente permaneció en estado de latencia. Este breve periodo de paz hizo posible el inicio de un nuevo proceso de reformas, inaugurado por Abdulmecid I (1839-1861). El programa de reformas o Tanzimat pareció anunciar una completa modernización del régimen otomano. Se proclamó la igualdad de todos los súbditos ante la ley, se sustituyó la ley islámica por un código de derecho civil y se extendió el sistema educativo, fundándose una universidad en Constantinopla. Sin embargo, la mayoría de estas reformas quedaron en papel mojado, dada la resistencia de las clases dominantes a cualquier cambio en la administración del Imperio.

En 1854, una querella entre Francia y Rusia por la posesión de los Santos Lugares, que se disputaban monjes latinos y griegos, reabrió la Cuestión de Oriente y llevó a la guerra de Crimea (1854-56), en la que Turquía recibió el apoyo franco-británico contra los rusos. Por el tratado de París (1856), Rusia reconoció la integridad territorial del Imperio otomano y aceptó la neutralización del mar Negro y la apertura del Dabunio. Asimismo, perdió su tutela sobre los principados danubianos, que entre 1859 y 1862 pasarían a constituir el estado independiente de Rumanía. Mediante el tratado de París, el Imperio otomano, temporalmente salvado del desastre por la intervención occidental, entró de nuevo en el concierto europeo, si bien bajo la estrecha tutela de Inglaterra y Francia.

A pesar de sus esfuerzos de reforma, el reinado de Abdulmecid I concluyó en un baño de sangre, provocado por los conflictos abiertos tras la proclamación de la igualdad religiosa. En 1860, los drusos masacraron a los cristianos del Líbano, lo que provocó una nueva intervención de Francia, que forzó al sultanato a reconocer autonomía del Líbano (1864). El reinado de Abdulaziz (1861-76) estuvo marcado por la decadencia otomana en el contexto internacional. Turquía, el “hombre enfermo de Europa” -en expresión del zar Nicolás I-, era un gigante con pies de barro. La deuda externa -con Francia e Inglaterra como principales acreedoras- alcanzó tal proporción que, en 1875, el sultanato se declaró en bancarrota. Ese mismo año estalló una nueva sublevación nacionalista en Bosnia-Herzegovina, que al año siguiente se propagó a Bulgaria. Para reprimir las insurrecciones, el gobierno turco envió a los bachibuzuks, las tropas regulares musulmanas, que cometieron espantosas matanzas, con el consiguiente escándalo de la opinión pública occidental.

Gran Bretaña se mantuvo apartada de este nuevo conflicto, pero Rusia, tras asegurarse la neutralidad favorable de Austria-Hungría, declaró la guerra a Turquía, invocando su deber de proteger a los cristianos ortodoxos bajo dominio otomano. Rusia apoyó militarmente a serbios y montenegrinos, que se habían sublevado en 1876. A pesar de la tenaz resistencia turca, los rusos tomaron Adrianópolis en 1878 y seguidamente marcharon sobre Constantinopla. El sultanato pidió el armisticio, que se firmó en San Stefano en marzo de 1878. Rusia impuso durísimas condiciones de paz, entre las que se incluían la creación de la Gran Bulgaria y el reconocimiento de la independencia de Serbia y Montenegro, cuyas fronteras se ampliaron. El tratado de San Stefano significó, de hecho, el fin del dominio otomano sobre los Balcanes.

Pero ni Inglaterra ni Austria-Hungría estaban dispuestas a consentir el engrandecimiento del poder ruso a costa del Imperio otomano. Sólo la mediación del canciller alemán Bismarck evitó el estallido de una guerra ruso-británica tras la firma del tratado de San Stefano. En junio-julio de 1878, el Congreso de Berlín obligó al zar a renunciar a muchas de las ventajas obtenidas poco antes. Pero Turquía perdió definitivamente Serbia, Montenegro y Rumanía, que fueron declaradas independientes, así como Bulgaria, convertida en un principado bajo protectorado turco, y Rumelia Oriental, que se transformó en provincia autónoma. Grecia extendió sus fronteras por Tesalia y el Pireo, mientras Austria se anexionaba Bosnia-Herzegovina y Rusia obtenía la Besarabia europea y los territorios asiáticos de Karsi y Batun.

El fin del Imperio (1878-1923)

El sultán Abdul Hamid II (1876-1909), establecido en el trono por una revolución cortesana dirigida por el partido reformador, pareció en principio dispuesto a continuar la política de cambios iniciada por su predecesor. En 1876 fue promulgada la primera Constitución del Imperio, que estableció una monarquía parlamentaria sin tocar las bases autocráticas del régimen y garantizó la libertad individual y religiosa. Pero, dos meses después de su puesta en vigor, el sultán derogó las garantías constitucionales y ordenó la represión del partido reformador.

Ello precipitó la ruina del Imperio, cuya única salida era el fin del inmovilismo político. La situación financiera obligó a crear una administración de la deuda pública, confiada a delegados franceses y británicos, que desde 1878 controlaron los recursos de la hacienda turca para asegurar el pago de la deuda externa. Ello significó una conculcación flagrante de la soberanía otomana, que despertó las iras de quienes reclamaban una profunda reforma de la estructura política y administrativa del Imperio. El sultán, por su parte, trató de conseguir la unidad de los musulmanes del Imperio frente a la penetración occidental, lo que provocó una creciente violencia religiosa hacia las minorías no musulmanas. La culminación de esta violencia fue la masacre de los armenios en 1894-96, que desacreditó aún más al Imperio ante las potencias occidentales. En Europa central, el gobierno turco no consiguió refrenar los envites del nacionalismo y en 1885 tuvo que acceder a la unión de Rumelia oriental y Bulgaria. En 1866-68 estalló una primera rebelión en Creta, seguida de una segunda en 1890. Esta situación llevó a una guerra greco-turca en 1897, tras la cual la isla pasó a control internacional. Poco después, Creta fue transferida a Grecia.

El nacionalismo griego agitaba asimismo Macedonia. En dicha región, el cuerpo del ejército con sede en Tesalónica culpaba al sultanato de su precaria situación ante los ataques del terrorismo nacionalista. De este medio militar salió, hacia 1895, el movimiento de los Jóvenes Turcos, que reclamaba la liberalización del régimen y que pronto adquirió un marcado tono nacionalista. En julio de 1908, un levantamiento del ejército de Macedonia obligó al sultán a restablecer la Constitución de 1876.

Sin embargo, un nuevo asalto exterior se preparaba. Rusia no había renunciado a los estrechos, mientras Austria-Hungría buscaba extender su influencia en los Balcanes. En septiembre de 1908 ambas potencias sellaron el tratado de Buchlau, por el que acordaron un plan de partición de los dominios otomanos en Europa. En octubre, Austria-Hungría se anexionó Bosnia-Herzegovina, al tiempo que Bulgaria proclamaba su independencia del sultanato con el apoyo de Rusia.

Aprovechando la indignación que estos acontecimientos causaron en Turquía, el sultán trató de derogar nuevamente la Constitución en abril de 1909. Pero los Jóvenes Turcos enviaron desde Tesalónica un ejército que derrocó a Abdul Mecid pocos días después para poner en el trono a Mohamed V (1909-18). Asi se inició el período de reformas que se conoce como Revolución de los Jóvenes Turcos y que se extendería hasta la crisis final del Imperio en 1918.

Lejos de significar el inicio de una época de paz, el gobierno de los Jóvenes Turcos estuvo marcado por una serie ininterrumpida de guerras que impidieron una auténtica reestructuración del Imperio. En 1911 estalló la guerra turco-italiana, que concluyó al año siguiente con el tratado de Ouchy, por el que Italia se anexionó Tripolitania. En 1912-13 tuvieron lugar las guerras balcánicas, que enfrentaron al sultanato contra las fuerzas coaligadas de Serbia, Montenegro, Bulgaria y Grecia y que concluyeron con la total destrucción de las antiguas posesiones europeas del Imperio. Finalmente, en octubre de 1914, Turquía entró en la Primera Guerra Mundial, tras firmar una alianza secreta con Alemania. Aunque en principio los turcos consiguieron expulsar a los aliados de los Dardanelos (1915), fueron rechazados en el Cáucaso y Armenia por los rusos. Los británicos, por su parte, explotaron hábilmente las aspiraciones de independencia de las naciones árabes, que unieron sus fuerzas a las aliadas, rechazando a los turcos en el canal de Suez. Entre 1917 y 1918 los británicos se apoderaron de Irak y Siria. Finalmente, el 30 de octubre de 1918, el sultanato firmó el armisticio de Mudros, que selló el final de la guerra para Turquía. La derrota significó el fin del gobierno de los Jóvenes Turcos, cuyos líderes partieron al exilio.

La guerra fue seguida por una inmediata ocupación francobritánica de los estrechos y de Constantinopla, al tiempo que Grecia, que se había mantenido neutral, iniciaba una invasión en toda regla desde Esmirna (mayo, 1919). El sultán Mohamed VI (1918-22) nombró un nuevo gobierno, que colaboró estrechamente con los ocupantes aliados. En toda Turquía la indignación era inmensa y, de nuevo, la reacción partió del ejército. En junio de 1919, el general Mustafá Kemal inició una sublevación contra el sultanato, que pronto se extendió a toda Anatolia. Así se inició la guerra de independencia turca. El 13 de septiembre, el movimiento de liberación nacional hizo público un Pacto Nacional, en el que se proclamaba la independencia de Turquía, el derecho a la autodeterminación de los pueblos musulmanes y el fin de la tutela extranjera. Tras una sangrienta contienda, los nacionalistas turcos expulsaron de Anatolia a las fuerzas franco-británicas y a las griegas y, en 1923, proclamaron la República de Turquía. Con ello se puso fin al multisecular y plurinacional Imperio Otomano, que daría paso a la Turquía moderna, reducida al área de poblamiento turco de la península de Anatolia y marcada por un fuerte nacionalismo de corte regeneracionista. Con Mustafá Kemal Atatürk al frente, Turquía iniciaría un rápido proceso de modernización y occidentalización, que la separó de la dinámica histórica seguida durante el siglo XX por las naciones árabes en las que siguieron imperando las estructuras tradicionales del Islam.

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