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Así iba equipado un arcabucero de los Tercios españoles


ABC.es

Ni llevaban botas, ni usaban casco. Por el contrario, solían portar un equipo ligero para poder «saquear» al enemigo y se costeaban sus propios proyectiles

1.- El arcabucero y su función

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Archivo ABC | Los arcabuceros fueron una pieza esencial de los Tercios

Si por algo son recordados los míticos Tercios españoles (herederos para muchos de las disciplinadas legiones romanas) es por haber luchado hasta la extenuación pica y espada ropera en mano. Sin embargo, y a pesar de que tradicionalmente la valentía se suele medir atendiendo a los mandobles que se reparten, también contaban en sus filas con una parte considerable de soldados que se dedicaban a hacer que cayera sobre el enemigo un torrente de plomo. Estos combatientes podían ser arcabuceros o mosqueteros (dependiendo del arma que portasen) y, a pesar de que en la época no llevaban ningún uniforme, contaban con una serie de equipo común que les convertía en inconfundibles mientras repartían plomo entre los enemigos de la Cruz de Borgoña.

Para entender la importancia de los resueltos arcabuceros y mosqueteros que formaban una parte esencial de los Tercios, es necesario retroceder en el tiempo hasta el S.XVI. Fue en esta época cuando Carlos I (V para los alemanes, más prolíficos según parece en reyes con este nombre) creó tres unidades militares para proteger las comarcas de Nápoles, Sicilia y Milán de sus enemigos. No era para menos, pues los franceses andaban por entonces enfrascados hasta el corvejón en la santa y puñetera misión de quitarnos esas regiones o, al menos, darnos algún que otro susto espada en mano.

«En mi opinión, Carlos V creó los tercios para resolver el problema administrativo de gestionar su instrumento militar: El número siempre creciente de compañías sueltas que necesitaba para defender a sus vasallos, primero de los franceses y luego contra los turcos. El cuándo es la pregunta del millón. Al parecer existe una especie de instrucción del Tesoro de 1537 que explica cómo se ha de pagar a cada hombre de los Tercios. También se dice que una disposición imperial de 1534 redistribuyó las fuerzas españolas destacadas desde antiguo en Italia en tres tercios»», explica en declaraciones a ABC el general de Infantería e historiador José María Sánchez de Toca y Catalá, coautor de «Tercios de España. La infantería legendaria.

El combate y la función del arcabucero

Los famosos Tercios luchaban en grupos considerables. En su mayoría, las unidades estaban formadas por piqueros -combatientes ataviados con una extensa lanza de entre cuatro y seis metros- apoyados por tropas de disparo. Su forma de darse de mamporros contra el enemigo era sencilla. En primer lugar, los mosqueteros arrojaban a una distancia de entre 50 y 60 metros su munición contra el enemigo.

Posteriormente, y según se acercaban los contrarios, los arcabuceros (equipados con un arma considerablemente menos potente) salían de entre las filas y les disparaban varias andanadas a unos 20 metros. Una vez realizadas todas las bajas posibles a distancia, era el momento de que compañeros demostraran su destreza en el cara a cara, acero mediante, eso sí.

La importancia de los arcabuceros dentro de los Tercios españoles era vital, pues se correspondían con uno de los elementos más ofensivos y que más bajas podían causar (a nivel de infante) dentro de la gigantesca maquinaria de combate. Tal era su efectividad que, aunque en principio su número era la tercera parte del total de las unidades, este terminó aumentado hasta el 80% en su última época.

Su importancia era vital, tanto para desmoralizar al enemigo mediante continuas descargas de pólvora, como para acabar con él. «Arcabuceros y mosqueteros señorearon los campos de batalla hasta que fueron sustituidos en el S.XVIII por los fusileros, que tenían un arma de menor calibre y más fácil de disparar», explican Fernando Martínez Laínez y Sánchez de Toca en su obra conjunta «Tercios de España. La infantería legendaria».

Por otro lado, su trabajo no acababa cuando empezaba el cruce de aceros. Y es que, una vez que las picas caían sobre el enemigo, los arcabuceros se aunaban en pequeños grupos (llamados «mangas») que defendían los flancos del cuadro de piqueros. Estos grupos se destacaban por su gran movilidad.

«Aunque el ejército español podía parecer muy monolítico, pues combatían en grupos de infantería, tenían una capacidad táctica considerable, pues las mangas podían disgregarse y actuar de forma independiente, más móvil», explica, en declaraciones a ABC José Miguel Alberte, presidente de la Asociación Española de Recreación Histórica «Imperial Service» (una de las más grandes de nuestro país y colaboradora activa en la exposición itinerante del Ejército de Tierra «El Camino Español. Una cremallera en la piel de Europa»).

Bondades y sufrimientos del arcabucero

A pesar de que estos soldados eran de los combatientes mejor considerados por su utilidad y versatilidad, su vida estaba llena de oscuros y claros. Bondades y sufrimientos con los que tenían que convivir en los páramos de Flandes. Entre las desventajas de ser un arcabucero se encontraba, en primer lugar, adquirir un arma, pues en el ejército de entonces cada soldado debía costearse sus propios pertrechos.

«Las armas eran propiedad del soldado y las compraba él, Eso era un problema para los arcabuceros, que tenían que gastarse un buen dinero. Con todo, hay que tener en cuenta que los rangos y los sueldos en los Tercios se conseguían dependiendo del equipo y de lo que se aportaba al ejército. Un pica seca (el rango más bajo) no cobraba lo mismo que un coselete (equipado con armadura). Éste, por su parte, era superado por el arcabucero y, en última instancia, estaba el mosquetero», añade Alberte.

Este hecho provocaba que los soldados le diesen un par de vueltas a la testa antes de abrir la bolsa y soltar una considerable cantidad de monedas a cambio de un arcabuz. Era una reacción lógica, pues, como bien señala el recreador histórico, los armeros de la época hacían todas las piezas de estas armas a mano y no solían desprenderse de ellas a cambio de poco dinero. De hecho, el precio rondaba la friolera de entre 30 y 80 ducados, una inmensa cantidad para la época si se considera lo que cobraban por combatir los soldados del escalafón más bajo. «El sueldo de un pica seca [armado únicamente con una pica y un casco] era de dos ducados, mientras que el del arcabucero era de ocho», añade Alberte.

Por otro lado, el Ejército español no se rascaba precisamente el bolsillo a la hora de equipar a los arcabuceros, lo que daba lugar a situaciones absurdas (y muy españolas) en el campo de batalla. «Los mandos de los Tercios no pagaban ni alojamiento, ni comida, ni mecha, ni balas. ¿Qué sucedía? Pues lo que sucede en la actualidad, que si en tu trabajo pagas la impresión de los informes, no utilizas la impresora. Muchas veces preferían no disparar. La falta de fuego costó muchos disgustos al Ejército Español, por lo que los oficiales usaron un sistema muy nuestro: premiar a aquellos arcabuceros que disparasen más con otros dos ducados. Sin embargo, como seguían sin hacer fuego, se estableció que se daría uno más a aquellos que los responsables considerasen que disparaban más que el resto. Esto ponía sus sueldos en 11 ducados», añade el recreador.

Por otro lado, los arcabuceros carecían de un equipo defensivo pesado como el de los piqueros más veteranos, los que hacía que tuviesen muchas más posibilidades de marcharse al otro barrio si entraban en combate cuerpo a cuerpo. No obstante, contaban con poco equipaje y una mayor libertad para desplazarse en las «mangas» a través del campo de batalla, lo que hacía que tuviesen también más capacidad de rebuscar entre los cadáveres enemigos y marcharse con un buen botín (ya fuera en dinero, o en botas y ropajes –todo muy codiciado en aquellos tiempos en los que las pagas llegaban con meses de retraso). Por el contrario, los piqueros no podían disgregarse, pues su fuerza radicaba en que el enemigo no superase la barrera de filos que le ponían frente a sus narices.

2.-Uniformidad, vestimenta y equipo

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M.P. Villatoro | (Izquierda) Un arcabucero (miembro de «Imperial Service») totalmente equipado

A pesar de que los soldados de los Tercios españoles luchaban como un conjunto, carecían de cualquier tipo de uniforme. «En la primera mitad del S.XVII ningún ejército en Europa tenía una indumentaria determinada. Sólo había una excepción, el ejército sueco que, bajo los auspicios de Gustavo Adolfo, intentó unificar con colores determinados regimientos de su ejército. Así nacieron el regimiento azul, el amarillo (que era la Guardia Real), el negro etc. A Gustavo Adolfo este sistema le permitía una identificación rápida de sus unidades en el campo de batalla y abarataba determinados costes», explica Alberte en declaraciones a ABC.

No sucedía lo mismo con los soldados de los Tercios españoles. En cambio, estos disponían de un curioso método para poder reconocerse en combate; debían portar de manera obligatoria (bajo pena de muerte) alguna prenda de color rojo. Así lo afirma el presidente de «Imperial Service» quien señala además que lo más habitual era que llevasen una banda al brazo o una faja. «Se seleccionó el rojo porque era parte de la Cruz de Borgoña. Con el resto de ejércitos europeos sucedía lo mismo. Nuestros archienemigos de la época, los holandeses, utilizaban el naranja; el ejército francés, el blanco porque era el color de la casa borbónica; los suecos el azul etc.», completa Alberte.

Sin embargo, y debido a que bajo el Imperio español se aglutinaban combatientes de multitud de nacionalidades (entre ellos, portugueses, ingleses, irlandeses, italianos, borgoñones, valones, alemanes, croatas y flamencos), cada nacionalidad portaba un color diferente como una forma de distinción. «Las unidades italianas bajo bandera española, por ejemplo, utilizaban el rosa para diferenciarse. Aún así había muchas dificultades y confusiones, pues sólo entre el 5% y el 10% de los soldados de los Tercios habían nacido en España. Había por lo tanto más de un 90% de soldados extranjeros, y eso trajo problemas de idioma», añade el recreador histórico.

Vestimenta

La vestimenta era otro de los elementos que no estaba reglado en los Tercios españoles. Tampocoera sufragada por el Imperio. Por ello, cada soldado portaba sobre sí aquello con lo que buenamente podía hacerse de forma legal (comprándolo) o ilegal (sisándolo de cadáveres enemigos o amigos, que solían hacer su último viaje hacia la cripta totalmente desnudos). A pesar de todo, los combatientes, ya fuesen arcabuceros, piqueros o su santísima progenitora, solían portar una serie de prendas comunes para la época:

1-Zapatos. «Curiosamente, no llevaban esas botas de caballería que estamos hartos de ver en las películas. Eso es algo totalmente falso. Más que nada por qué no eran útiles. Hay que tener en cuenta que los soldados andaban miles de kilómetros a través del camino español, y esas botas no eran cómodas ya que estaban pensadas para montar a caballo. Lo normal eran los zapatos», explica Alberte.

2-Medias y pantalones de todo tipo de tejidos y colores.

3-Prendas de torso y abrigo. «Llevaban una camisa de algodón o lino, un jubón o guerrera de un tejido grueso y una especie de casaca pesada acuchillada para meter las mangas del jubón por debajo. Todo ello se completaba con capas y mantas (con agujeros para ponérselas como si fueran ponchos)», añade el presidente de «Imperial Service».

4-Prendas de cabeza. Había tantas como soldados hubiese, aunque destacaba sobre el resto el típico chambergo español, un sombrero típicamente usado por las tropas del Imperio y que contaba con diferentes colores, una o dos alas y copa baja.

Equipo

El equipo que llevaban los arcabuceros solía ser común para todos y era llamado «recado» (lo que podría definirse como los diferentes pertrechos básicos para combatir y sobrevivir).

1-Una bolsa de pan donde metían sus efectos personales y la ración de comida del día.

2-La mecha para su arcabuz.

3-Los doce apóstoles. 12 compartimentos con la cantidad justa de pólvora para hacer fuego. Al cargarlos antes de la batalla, los arcabuceros ahorraban tiempo y podían hacer los disparos más rápidamente.

Equipo de un arcabucero (los Doce Apóstols, en el centro) Archivo ABC

Equipo de un arcabucero (los Doce Apóstols, en el centro)
Archivo ABC

4-Dos polvoreras. «La primera era usada para cargar la cazoleta con una pólvora de grano más fino y de mejor calidad (lo que hacía que disparo fuese más rápido y recto). También portaban una segunda más grande para recargar los 12 apóstoles una vez que se hicieran los disparos», señala Alberte.

5-Morral: Era un bolsillo a la altura del pecho en el que se depositaba la munición. «Era muy útil porque permitía al soldado ir directo a la bolsita y no buscar en sus múltiples bolsillos», completa el recreador histórico.

3.- Armas de fuego, el arcabuz contra el mosquete

 Wikimedia | Mosquetero, piquero y arcabucero


Wikimedia | Mosquetero, piquero y arcabucero

En los Tercios españoles las armas de fuego tenían una importancia vital, pues eran uno de los principales elementos ofensivos mediante los que mandar al enemigo al otro barrio desde la lejanía. En las unidades había dos tipos: el arcabuz y el mosquete. El primero, más ligero, solía dispararse cuando el contrario se ubicaba a una distancia de unos 20 metros mientras que, por su parte, el mosquete –que era más pesado y más incómodo de manejar- podía alcanzar (según diversas fuentes) entre 50 y 60 metros.

Aunque fueron un elemento clave durante la existencia de estas unidades, lo cierto es que las armas de fuego contaban con un gran lastre a sus espaldas. «En esta época todas las armas de fuego adolecían de un problema: la falta de puntería. Al no haber una producción industrial, sino artesanal, todos los cañones eran imperfectos. Eso provocaba que no hubiese puntería», determina Alberte en declaraciones a ABC. Con todo, también eran utilizados para desmoralizar al enemigo debido a su sonido y el humo que generaban.

Otro tanto pasaba con los mosquetes, cuya evolución siguió en los años posteriores sin mucha eficacia en lo que se refiere a precisión. Así lo afirma la historiadora Lorraine White en su dossier «Los Tercios en España: el combate»: «En lo referente a la eficacia de las armas de fuego, en el siglo XVIII [los Tercios fueron disueltos en 1704] se ha estimado que, en condiciones de combate, alcanzaban su blanco entre el 0,2 y 0,5 por ciento de las balas disparadas por mosquetes. Se comprende así que los contemporáneos afirmaran que para matar a un hombre, “…era necesario dispararle siete veces su peso en plomo”».

Arcabuz

El arcabuz fue el arma por excelencia de fuego individual portada por los soldados de los Tercios. Fue un artilugio que les otorgó la victoria en no pocas ocasiones (entre ellas, la batalla de Pavía). Su estructura consistía en un tubo metálico que se apoyaba en un soporte de madera. «Era un arma de fuego relativamente larga, de 90 a 130 centímetros, cuyo calibre (diámetro del tubo) era también grande […] Disparaban balas de 19 a 30 mm de diámetro. El soporte de madera del tubo se llamaba caja y era relativamente corto y poco inclinado, la caja servía de soporte al sencillo mecanismo de disparo que había nacido a mediados del S.XV», explican Laínez y Sánchez de Toca en su obra.

Su peso era relativamente ligero para la época (entre tres y cuatro kilos), dispara bolas metálicas alisadas y tenía un alcance (presuntamente) de unos 50 metros. Sin embargo, la realidad era bien distinta. «El Duque de Alba, y posteriormente los soldados españoles, decía que disparar a más de 15-20 metros de distancia (el doble de la distancia de una pica) era tirar pólvora y balas. Por eso disparaban prácticamente a bocajarro, porque en caso contrario no se solía dar en el blanco», explica el presidente de «Imperial Service».

Su uso se popularizó, entre otras cosas, debido a que era sencillo de utilizar, aunque eso no significaba que cualquiera pudiera hacer blanco con él. Y si no, que se lo dijeran a un comentarista de la época citado por J.L Arcón Domínguez en su obra «De la pica al mosquete: la nueva naturaleza del combate». En ella, explica desesperado la ridícula forma forma en la que disparan los soldados novatos por el miedo que les generaba ese arma.

«Para tirar los arcabuces atiéstanlos hasta las bocas de pólvora; tómanlo por medio del cañón con la mano izquierda, y sacan el brazo al lado cuanto pueden, porque no les toque el fuego (que le temen mucho); y al tiempo del pegar la mecha con la otra mano, vuelven el rostro a la otra parte, como los flacos que aguardan la lancetada del sangrador; y aún al disparar del tiro cierran los ojos y pierden el color, y tiemblan como casas viejas», explica el documento.

Mosquete

El mosquete era un arma más pesada que el arcabuz que, por contrapartida, disparaba munición más gruesa a una distancia considerablemente mayor. «La diferencia entre ambos era el calibre, que marcaba la distancia a la que se podía disparar, y el peso. Se tiende a pensar que el arcabuz era el arma pesada y el mosquete la ligera, pero era al revés. Un arcabuz pensaba entre 3 y 4 kilos, el mosque 10. Un arcabuz podía liquidar a un soldado enemigo, como ya se ha dicgo, a 15 – 20 metros, un mosquete con cierto grado de puntería, a 50 – 60 metros. Era una gran distancia para los siglos que rondamos», determina Alberte.

Con todo, adolecía de algunas carencias. La primera era que su carga requería de un mayor tiempo por parte del soldado, lo que podía crear problemas llegado el momento de la carga contraria. Por otro lado, era tan pesado que era necesario portar una horquilla para poder apuntar (una extensa pieza de madera sobre la que se colocaba el mosquete a la hora de apuntar para no perder el blanco. Era por eso que, según afirman Laínez y Sánchez de Toca en su libro, los militares encargados de porta el arma solían ir acompañados de un «chicuelo» para que les ayudara a cargar sus pertrechos.

«El tubo del mosquete era más resistente que el del arcabuz y soportaba cargas de pólvora mayores. Se probó a fabricarlo a base de estirar y enrollar una lámina de hierro, pero finalmente se optó por fabricarlo con listones de hierro soldados por forja. El extremo del tubo solía ser octogonal. Como el arcabuz, el mecanismo de fuego era una llave de serpentín con muelle», completan los autores españoles.

Por otro lado, el mosquete era considerablemente más caro que el arcabuz (lo mismo que su munición) lo que hacía que no todos los combatientes pudiesen hacerse con uno. Eso sí, sus beneficios eran bien conocidos. «Los proyectiles eran una pelota de hierro de seis ochavos para el arcabuz y de una onza para el mosquete. Para el lanzamiento se empleaban tres onzas de pólvora. El arcabuz costaba en 1.561, 25 reales y 14 maravedies, y el mosquete estaba valorado en 46 reales y 5 maravedies», explica el Coronel de Artillería Enrique de la Vega Viguera en su dossier «Juicio sobre la infantería española en la batalla de Rocroi».

4.- Armas de combate cuerpo a cuerpo

 M.P. Villatoro Arcabucero (miembro de «Imperial Service») equipado con una espada


M.P. Villatoro
Arcabucero (miembro de «Imperial Service») equipado con una espada

A pesar de que su tarea principal no era enfrentarse al enemigo a cara de perro, los arcabuceros de los Tercios españoles contaban con un amplio abanico de espadas y dagas para hacer las veces de última defensa ante el enemigo si este se acercaba a ellos lo suficiente.

Espada

La espada era el arma blanca por excelencia usada por los Tercios (al menos, en lo que a defensa personal se refiere). Casi todos los combatientes portaban una al cinto, y los arcabuceros no eran una excepción. En este sentido, y tal y como explican los historiadores Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca en «Tercios de España. La infantería legendaria», dicha arma servía al soldado en el combate individual y requería de vista, destreza y agilidad para manejarse de forma óptima.

En la época en la que los Tercios andaban a golpes por media Europa (aproximadamente los S.XVI y X.VII) la espada más utilizada era la «ropera», cuya definición trae de cabeza a los expertos. Y es que, por un lado, se la define como un arma de hoja larga, estrecha, sin filo en sus laterales y apta únicamente para la esgrima de punta (esto es, que solo valía para dar una punzada mortal al enemigo). Sin embargo, también se asocia el término a que era portada como parte del atuendo de los «gentileshombres» de la época, que la llevaban más por estética que –en ocasiones- por propia defensa.

«Si se piensa que la evolución de la esgrima no suprime durante bastante tiempo del S.XVI la función de corte de la espada, está claro que no deben excluirse de la acepción ropera a las espadas de hoja ancha y de corte […] Por tanto, y sin deseos de fijar campos muy estrictos, la significación que damos a la espada ropera se corresponde con la de una espada que el militar o el civil puede llevar con el atuendo civil. En parte con fines defensivos y en parte como complemento ornamental», explica el profesor José María Peláez Valle en su dossier «La espada ropera española en los S.XVI y X.VII» (publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas).

En la práctica, y aunque todas eran «roperas», los tipos de espadas se contaban por decenas y –en muchos casos- su forma y extensión dependían del estilo de esgrima predilecto por el soldado. «Las más populares eran las de taza, de lazo, de concha, y alguna británica muy característica… tantas como te puedas imaginar. Con todo, se fueron popularizando aquellos modelos con una hoja corta, ancha e ideada para cortar de arriba abajo, pues eran más resistentes que las extensas y finas (las cuales se rompían al chocar contra las armaduras enemigas).», explica Alberte a ABC.

Y es que, a pesar de que las «roperas» eran ideales en duelos, la situación cambiaba cuando había que darse de estocadas en medio de un campo de batalla, y no en un callejón estrecho de Madrid. «Espadas como las de taza –que medían una barbaridad, aproximadamente un metro con diez- no estaban pensadas para la guerra. Estaban ideadas para ser usadas por “matasietes”, hombres que se ganaban la vida en las ciudades como matones. Estas espadas eran muy útiles en callejones para evitar que el enemigo se acercase y atacarle desde la lejanía, pero no servían en el campo de batalla», añade el presidente de «Imperial Service».

Daga

Una de las armas de los Tercios que cuenta con más misticismo a día de hoy es la daga. Sinónimo de peligro y de un combate algo traicionero (una reputación que hay que agradecer a los bandidos de la época) lo cierto es que era, como bien señala el profesor Valle, un elemento indispensable unido irremediablemente a la espada. A nivel práctico, era un arma blanca corta de (usualmente) dos filos que medía aproximadamente una tercera parte de la extensión de su hermana mayor.

En la época tenía dos usos. El primero era servir de «quitapenas», un término muy romántico pero que no era, ni más ni menos, que acabar con la vida de aquellos enemigos que estuviesen moribundos. También era utilizada para terminar con la existencia de los caballeros de armadura completa cuando estos eran derribados de sus monturas (y es que, como portaban sobre sí una ingente cantidad de peso en metal para cubrir su cuerpo, cuando se caían del caballo no podían levantarse). Sin duda, el tener bajo su hoja la muerte poco heroica de estos combatientes derrotados no ayudó a que la daga fuese bien considerada.

Por otro lado, la daga era utilizada como el perfecto complemento de la espada por los combatientes (entre ellos los arcabuceros) que, al verse inmersos en el baile de aceros, la portaban en su mano izquierda para asestar con ella un golpe letal e inesperado al enemigo. Era de tanta utilidad llegado el momento de los sablazos, que fue considerada un elemento básico en el equipo los Tercios españoles.

«Aunque específicamente no se identifican como espadas las dagas españolas de mano izquierda, es inadecuado no considerarlas como piezas de acompañamiento de las espadas roperas, con las que frecuentemente se llevaban a juego, o en suite, para su empleo en el tipo de esgrima denominada de “armas dobles”, consistente en intentar [describir] círculos alrededor del adversario, presentando el frente del cuerpo, y esperando poder efectuar un lanzamiento a fondo simultáneamente con ambos brazos», determina, en su dossier, Valle.

A su vez, en el combate cara a cara la daga era muy útil para detener los golpes de los enemigos, lo que hacía que fuese el complemento perfecto de la espada. «Proporcionaban una seguridad adicional cuando se combatía con varios contendientes a la vez, o con un combatiente solo, usándola como medio para desviar estocadas y cortes», completa el experto.

Los españoles se hicieron expertos en el uso de la daga hasta tal punto que no era extraño que pequeños grupos de combatientes hicieran huir a un número superior de enemigos en base a su maestría con ella. Así lo afirman Laínez y Sánchez de Toca en su obra, donde recogen también el testimonio anónimo de uno de los enemigos de los Tercios: «[Los españoles] se baten espada en mano, no retroceden jamás, paran el golpe con el puñal que llevan siempre y cuando con él el gesto de tirar al cuerpo debéis desconfiar de la cuchillada, y cuando os amenazan con la cuchillada, debéis creer que quieren alcanzaros el cuerpo […] Son temibles con la espada en mano a causa de sus puñales […] he visto, varias veces, a tres o cuatro españoles hacer huir a varios extranjeros y echarlos por delante de ello como a un rebaño de corderos».

Al igual que con las espadas, había multitud de tipos de dagas, aunque las que más destacaban eran las de vela, llamadas así porque contaban con una pieza metálica en forma de «V» que cubría la mano del portador.

5.- Cascos y armaduras

arcabucero-armadura--644x362Contar con una pieza de metal que detuviera los golpes del enemigo y permitiera mantenerse con vida un día más para luchar por el Imperio español puede parecer una idea indiscutible a día de hoy, pero lo cierto es que no era la que primaba en la época. La razón era sencilla: portar pesadas armaduras limitaba la capacidad de movimientos. Además, entorpecían las continuas y obligadas marchas que se llevaban a cabo de forma habitual y no permitían a los combatientes moverse velozmente para saquear los cuerpos de los enemigos. Por ello, no eran muy apreciadas por los soldados de los Tercios y, más específicamente, por los arcabuceros, que preferían acudir a la batalla más livianos.

Con todo, estos combatientes solían llevar algunas piezas defensivas para tratar de protegerse de las estocadas de los contrarios. Entre ellas se destacaban las siguientes, aunque solo en determinados casos, pues costaban un dinero extra que no todos podían permitirse.

1-Morrión: «El morrión era un casco en forma de media almendra para hacer resbalar los golpes, tenía en su interior un capacete de tres o cuatro correas cruzadas, que apoyaban en la cabeza, daban ventilación al casco y amortiguaban los golpes verticales. Unas alas casi horizontales contribuían a que los golpes verticales no llegasen al cogote, las orejas o la cara», determinan Laínez y Sánchez de Toca en su obra. Tal y como señala Alberte, no era apenas utilizado por los mosqueteros -que preferían el chambergo típicamente español- y muy poco por los arcabuceros.

2-Gola: Era una prenda elaborada en malla metálica que se colocaba alrededor del cuello y protegía los hombros de su portador de los impactos. Al igual que el resto de elementos de la armadura, no era muy utilizada por los arcabuceros, que la consideraban demasiado pesada.

3-Coleto: «Era un chaleco que daba protección contra las cuchilladas del enemigo. Era utilizado por los piqueros debajo de las armaduras, y por los arcabuceros, que lo llevaban encima de las prendas de ropa. Era una pieza cara pero útil. Se la conocía como búfala porque las más caras se hacían con piel de búfalo por su resistencia y su durabilidad. Costaban entre 30 y 80 ducados», determina Alberte.

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