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La Provincia Romana Tarraconense


La Tarraconense fue una provincia de la Hispania romana, surgida de la división territorial realizada por Augusto. Su nombre oficial era el mismo que había tenido Hispania Citerior durante la etapa de la República, Tarraconense, que derivaba del conventus donde se situaba la capital de la provincia, Tarraco.

República

Durante la República los romanos dividieron Hispania en dos provincias, Citerior y Ulterior. El límite exterior de la primera se situaba más allá de la sierra de Alcaraz y, además, se añadía la isla de Ibiza; el límite interior de la provincia iba variando según iba cayendo el territorio bajo control de Roma. En el año 123 a.C. se incorporaron las Baleares y, a finales de la época republicana, el límite estaba marcado por la sierra de Almadén.

El estatuto de la provincia quedó fijada por las relaciones entre Roma y las diversas ciudades que componían el territorio. En los primeros años la capital se estableció en Cartago-Nova pero, desde las guerras celtibéricas, Tarraco (la actual Tarragona) comenzó a cobrar una gran importancia; según Estrabón en su época había una cocapitalidad entre ambas ciudades. El gobierno de la provincia estuvo en manos de pretores hasta el 153 a.C., año en que estallaron las guerras celtibéricas (153-133 a.C.) que supusieron un paréntesis durante el cual esta tarea pasó a ser desempeñada por los cónsules, y de nuevo volvió a los pretores debido a que estaban dotados de imperium que les confería poder sagrado. Tras la reforma de Sila, la Tarraconense se encontraba gobernada por un propretor. Desde el 54 a.C. el gobierno fue confiado a legados de diversos rangos. El gobernador era el representante del Estado romano, por lo que ejercía el mando sobre el ejército, la dirección de la administración fiscal, llevaba los asuntos religiosos y se encargaba de impartir justicia. El mandato solía durar un año, aunque se solía prolongar por necesidades del servicio. Una de las pocas menciones que existen de la actuación de los gobernadores de la República se refería a Craso, procónsul en el 96-95 a.C., quien prohibió a los habitantes de Bletisa (la actual Ledesma, en Salamanca) realizar sacrificios humanos. El gobernador tenía el mando permanente sobre una legión y sus tropas auxiliares. En tiempos de paz había una o dos legiones estacionadas en la provincia, número que aumentó a tres durante las guerras celtibéricas; Lépido tuvo bajo su mando a cuatro legiones en el transcurso de las guerras sertorianas.

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Proceso romanizador

Los romanos comenzaron a fundar ciudades con el fin de romanizar la región. Las primeras fueron Grachuris (Alfaro) en el 180 a.C. y Valentia en el 133 a.C., a las que siguieron Acci, Barcino y Celsa. Al término de las guerras sertorianas hubo una fuerte emigración de población de origen itálico. La nobleza indígena se fue identificando con el mundo romano, hecho que quedó reflejado en la desaparición de las instituciones autóctonas y en la adopción por parte de las elites de nombres romanos. Una de las herramientas que usaron los romanos para ganarse sus favores fue el reparto de tierras entre los más adeptos. Poco a poco se fue concediendo la ciudadanía romana a las familias más importantes de la Tarraconense. César fue el verdadero impulsor de la política de colonización de Hispania. A la fundación de ciudades como Pompaelo (Pamplona) se añadió la reorganización de ciudades indígenas como Complega, actuación que se completó con el asentamiento de veteranos de las guerras pompeyanas y de desplazados itálicos.

La economía era básicamente agropecuaria; muy importante era el cultivo de trigo, vid y olivo en los alrededores de las antiguas ciudades griegas y púnicas. Existía una floreciente industria exportadora de alimentos hacia Roma, entre los que destacaban los cereales y el aceite En el sudeste de la Tarraconense se encontraba un complejo minero del que se obtenía plata y plomo que, a partir de la segunda mitad del siglo II a.C., pasó a ser administrada por sociedades de publicanos que habían arrendado al Estado romano el producto de las minas.

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Alto Imperio

La reforma provincial de Augusto se produjo entre el 27 a.C. y el 15 a.C. Concedió a la Tarraconense el estatuto de Imperial, por el que quedaba bajo control directo del emperador. La Tarraconense comprendía los territorios de las actuales Mallorca, Menorca, Ibiza, Aragón, Navarra, País Vasco, Asturias, Galicia y los territorios de Portugal situadoa al norte del Duero. El límite con la Bética comenzaba entre Urci (al norte de Almería) y Murgi (Dalias), continuaba hacia el interior hasta llegar a Acci (Guadix), para seguir después el curso del Guadalbullón hasta su confluencia en el Guadalquivir, que actuaba de frontera hasta llegar a los alrededores de Cástulo (Linares). La línea atravesaba luego los montes oretanos hasta llegar al Guadiana, donde comenzaba la frontera con la Lusitania, cuya línea de demarcación atravesaba el Tajo en Toledo, para luego alcanzar al Duero en su confluencia con el Esla, que actuaba de frontera hasta el Atlántico.

En el siglo II d.C. el país de los vetones que, hasta entonces, había pertenecido a la Tarraconense, pasó a pertenecer a la Lusitania, mientras que la Baeturia se desgajó de la Bética para ser incluida en la Tarraconense y la capital de la provincia se estableció definitivamente en Tarraco. El gobierno era ejercido por un legado (cuyo título era legatus Augusti propraetore) que, generalmente, había ocupado con anterioridad el cargo de cónsul. Bajo su mando se encontraban los legati iuridici, los legati de las legiones, los praefecti y tribuni de las cohortes auxiliares y los procuratores ecuestres encargados de la administración financiera. La provincia estaba dividida en seis conventus: Asturum, con la capital en Asturica Augusta (Astorga); Bracaraugustanum, con sede en Bracara Augusta (Braga); Carthaginensis, cuyo centro principal era Carthago-Nova (Cartagena); Lucensis, cuya capital estaba en Lucus Augusta (Lugo), Cluniensis en Clunia (Peñalba de Castro, Burgos) y Tarraconensis con Tarraco (Tarragona) como capital.

Bajo el gobierno de Augusto había en la Tarraconense doce colonias, trece municipios romanos, dieciocho municipios latinos, una ciudad federada y ciento treinta y cinco estipendiarias. Vespasiano concedió a todas las ciudades estipendiarias y federadas el derecho latino, mientras que el derecho romano se seguía reservando para algunos miembros de la elite. El siglo II d.C. vio extenderse la costumbre de conceder a algunas ciudades y personajes la exención en el pago de los impuestos. Caracalla efectuó una reforma provincial, que no sobrevivió a su muerte, por la cual se segregaron de la Tarraconense los territorios de Asturum y la Galaecia que se constituyeron en la nueva provincia imperial de la Nova Hispania Citerioris.

Ejército

Tras la victoria de Agripa se estableció una legión, la IV Macedónica, en las cercanías de Reinosa, mientras que en la región de Asturias se establecieron las legiones VI Victrix y la X Gemina. Durante el Imperio fue disminuyendo el número de soldados estacionados en la provincia, al extremo de que durante el reinado de Nerón, sólo quedaba una legión en la provincia. Galba reclutó en el territorio una segunda legión, la VII Galbiana que posteriormente pasó a denominarse VII Gemina. Vespasiano estableció que esta fuera la única legión estable en la Tarraconense, cuyo campamento dio origen a la ciudad de León. La provincia se convirtió en un gran centro de reclutamiento de tropas auxiliares, como demostraba el hecho de las numerosas cohortes y alas de caballería que llevaban el nombre de sus tribus de origen: ausetanos, cántabros, astures, galaicos, arévacos, etc. La seguridad interior era asegurada por tropas de policía y milicias locales.

Religión

El culto más extendido era el que se rendía al emperador. Cada ciudad elegía un flamen y seis seviros, que se encargaban del culto a escala local. Los flamines de todas las ciudades se reunían en el consilium, responsable de elegir al flamen provincial y del control del culto en toda la provincia. El cargo de flamen estaba reservado a la burguesía urbana, y suponía el primer peldaño en la carrera administrativa local. En el norte de la Tarraconense se conservaron los cultos locales que, poco a poco, se fueron sincretizando con las divinidades romanas. Las primeras sedes episcopales se establecieron a mediados del siglo III d.C., coincidiendo con la existencia de los que fueron los primeros mártires cristianos de la provincia, Fructuoso, Augurio y Eulogio.

Economía

Aunque la base de la economía era la agricultura, se desarrolló también un floreciente comercio que dio salida hacia todo el Imperio a los productos de la Citerior, como los vinos catalanes y baleares cuyas excelencias menciona Plinio en sus escritos. Con el tiempo, la mayor parte de los cultivos desaparecieron en favor del monocultivo del trigo, lo cual trajo consigo que las pequeñas propiedades cedieran su lugar a las tierras de los grandes propietarios. Las ciudades vivían de lo que producía el campo y las minas, que eran propiedad de las elites y del emperador. La industria minera del noroeste era explotada directamente por éste a través de los libertos imperiales, mientras que las del sudeste estaban arrendadas por sociedades privadas.

Bajo Imperio

Diocleciano realizó una reforma provincial que dividía la Tarraconense en cuatro provincias, Gallaecia, Cartaginense, Tarraconense y Baleares, cuyos límites exactos se desconocen pues no constan en ninguno de los documentos conservados. La Tarraconense propiamente dicha debía ocupar el territorio de los antiguos conventus Cesaraugustano y Tarraconense, el gobierno del cual fue puesto en las manos de agentes vicepraesides con rango ecuestre. El ejército quedó reducido a la presencia de una sola cohorte, que tenía su sede en las cercanías de Vitoria. En el siglo IV d.C. los visigodos ocuparon Barcino (Barcelona); un siglo después se extendió por el valle del Ebro el fenómeno revolucionario de las bagaudas. Cuando la invasión bárbara se hizo definitiva, tan solo la Tarraconense consiguió conservar su independencia.

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