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El Imperio Romano en el Siglo III


En el Imperio Romano de principios del siglo III se acumulaban graves problemas que estallaron simultáneamente a la muerte de Alejandro Severo (235) y que hasta la llegada al trono de Diocleciano (284) sumieron a Roma en una grave crisis que conmocionó la estabilidad y la propia integridad del Imperio.

Por un lado, las fronteras se vieron amenazadas simultáneamente por los persas en el Éufrates y por los germanos en el Danubio; por otro, la ausencia de un poder central fuerte convirtió al ejército en dueño de la situación, poniendo y quitando emperadores al gusto de los soldados. De esta manera, una veintena de emperadores legítimos y más de medio centenar de usurpadores ocuparon este medio siglo trágico. La situación empezó a cambiar cuando subió al trono un enérgico soldado de origen dálmata, Claudio II (268-270), que dedicó sus esfuerzos a contener con éxito la presión sobre el Danubio.

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Aureliano

Le sucedió en el trono Aureliano (270-275), que logró reunificar de nuevo el Imperio, suprimiendo a los usurpadores y secesionistas y comenzando las reformas políticas, administrativas e ideológicas que devolvieron a Roma y sus provincias la cohesión interna que se reafirmó con Diocleciano y la Tetrarquía. Aunque no pudo controlar todos los problemas que acuciaban al Imperio, lo fortaleció, superando en gran medida la crisis sufrida a lo largo del siglo III. Para ello practicó una política unitaria, de control absoluto, que empezaba por buscar una unidad moral y religiosa, frente al politeísmo tradicional de un lado y frente al cristianismo, al que persiguió, de otro; actuó con rigor en la administración de la Hacienda, con devaluaciones y reajustes monetarios y nuevos ingresos procedentes de la destrucción de Palmira y restauración del poder en Oriente, controló las fronteras del Imperio frente a los avances de pueblos germánicos, y los diferentes intentos de sublevación en provincias tanto de Oriente como de Occidente.

Tácito y Probo

Sin embargo, una vez más se produjo el asesinato del emperador y se nombró otro nuevo, Tácito (275-276), aunque esta vez fue el Senado quien lo eligió, frente al ejército como venía siendo costumbre. Éste hubo de controlar a los godos en Cilicia, pero fue asesinado, al igual que su sucesor Floriano (276), aclamado nuevamente por el ejército en Asia Menor, mientras que Probo (276-282) lo era por el de Egipto y Siria. En el enfrentamiento vencieron estos últimos y Floriano murió a manos de sus propias tropas. Probo, un antiguo general de Aureliano, que tras controlar los nuevos avances de los bárbaros en Occidente afianzando las fronteras del Danubio y el Rin, sofocar sublevaciones de la Galia y otras insurrecciones en Oriente, intentó una política de paz, distinta completamente de la tónica general del siglo. Anhelaba un mundo sin armas o ejércitos e intentó que sus soldados se dedicaran al cultivo de la tierra, pero esto no parecía interesar a las tropas y, de hecho, cayó asesinado en el 282.

Caro, Numeriano y Carino

La violencia y la confusión continuaron en la sucesión de los siguientes emperadores: Caro (282-283), vencedor de los persas en Mesopotamia y Armenia, fue asesinado a su vez, por sus propios hijos Numeriano (283-284) y Carino (283-285), que le sucederían. En el 284 la situación cambia completamente y un nuevo emperador estabilizó el Imperio, retomando y superando los logros de Aureliano.

Diocleciano y la Tetrarquía

Con Diocleciano (284-305) el Imperio se restablece en su unidad política y se recupera del clima de caos que ha sufrido durante las décadas anteriores, salvo breves paréntesis. Pero, a la vez, se transforma sustancialmente, modificando la estructura del Estado con profundas reorganizaciones políticas, administrativas y económicas. El vasto Imperio, amenazado continuamente en las fronteras por pueblos diversos como los francos, alamanes o sajones y en el interior por sublevaciones y saqueos como los de los bagaudas en la Galia, necesitaba de un control sistemático que difícilmente podía llevar a cabo un solo hombre.

La diarquía

Por eso Diocleciano asoció al poder a Maximiano (285-ca. 310), oficial del ejército de Panonia, le proclamó César y le encargó el control de Occidente, mientras que él era Augusto y dominaba en Oriente. Una estrecha justificación ideológico-religiosa sustentaba esta fórmula de poder. Diocleciano asumía el título de Jovius y Maximiano el de Herculeus, en un intento de emulación de las divinidades de Júpiter y Hércules. Esta situación no significaba una repartición del Imperio, sino de funciones y de control de las zonas en conflicto y de las complejas tareas de gobierno. Tras la victoria de Maximiano en las Galias sobre los bagaudas, fue nombrado también Augusto y continuó con su mando en Occidente, donde hubo de controlar a los germanos y la sublevación de Caurasio, proclamado Augusto en el 286 por sus soldados en Britania.

La tetrarquía

Diocleciano, amplió la diarquía creada cuando asoció al poder en el 293, en calidad de Césares, a Galerio (293-311) consigo mismo y a Constancio Cloro (293-306) con Maximiano: quedaba así establecido un sistema de gobierno conocido como Tetrarquía, con dos Augustos y dos Césares.

A pesar de este aparente reparto de poder, el prestigio y carisma personal de Diocleciano se mantenía por encima, por eso precisamente la Tetrarquía, eficaz en el plano político, ya que permitía el control militar del Imperio y su fortalecimiento y aseguraba a su vez la unidad y la sucesión entre los miembros de dicho gobierno, era un sistema destinado a desaparecer cuando se produjera el relevo del poder, dado el difícil equilibrio que suponía mantenerlo alejado de avatares políticos y ambiciones personales.

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