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Economía de Al Andalus


Como el resto del Islam, Al Andalus constituyó una sociedad fundamentalmente urbana. La mejora de los rendimientos de la agricultura mediante la extensión del regadío hizo posible una intensa actividad artesanal y mercantil.

La civilización islámica había nacido en un medio desértico; sin embargo, la obsesión por el agua y los jardines se convirtió en un rasgo de la cultura islámica y, por tanto, en un rasgo de la cultura andalusí.

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En este sentido, se produjo un continuo incremento de la agricultura de regadío y, como consecuencia, una paulatina introducción de cultivos que dependían del abastecimiento artificial de agua. Los sistemas de riego se basaban tanto en circuitos de acequias como en la extracción, mediante las norias, del agua de ríos y pozos. Los cultivos de regadíos, acompañados por un aumento del olivar y de la ganadería ovina, provocaron el retroceso del trigo y el mantenimiento de la vid.

Se produjo un importante aumento de la productividad. Algunas tierras de secano, que solo proporcionaban una cosecha al año, pasaron, tras ser regadas, a ofrecer cuatro cosechas. El trabajo era más intenso pero, en contrapartida, la producción crecía. Los campesinos tuvieron que aprender a respetar el equilibrio entre el caudal de los acuíferos y los beneficios. Así surgió un minucioso sistema de reparto de los caudales, que los tribunales de aguas, como el de Valencia, debían vigilar.

Las mejoras técnicas y la ampliación del espacio irrigado permitieron la introducción y la aclimatación de nuevos cultivos: entre otros la caña de azúcar, el algodón y el arroz. El olivo fue también una especie cultivada fundamental para las dietas andalusíes.

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El crecimiento de la producción agrícola generó los excedentes suficientes para alimentar a una población que, desde la llegada de los musulmanes en el año 711, se fue reuniendo en núcleos cada vez más grandes. Córdoba llegó a tener 100.000 habitantes; Sevilla, unos 50.000; Toledo, unos 35.000; y Zaragoza, en torno a 20.000 habitantes.

Otras ciudades nacieron por impulso de los emires y califas. Unas por razones estratégicas: Calatayud, que aseguraba la vía de comunicación entre los valles del Guadalquivir y el Ebro; Tudela, creada para contrarrestar la actividad de un jefe muladí independiente en el valle medio del Ebro; o Almería, nacida para fondeadero de la escuadra califal. Otros núcleos, como Lérida y Badajoz, en las vegas del Segre y el Guadiana, se sirvieron de su excelente emplazamiento para beneficiarse de la riqueza agrícola del entorno.

Las dimensiones y riqueza de las ciudades andalusíes contrastaban con la ausencia de organización municipal, a diferencia de la ciudad medieval cristiana, basada en fueros y privilegios concretos. Como resultado, el poder de emires y califas no se vio contrarrestado por ningún privilegio particular de las ciudades. Lo único que interesaba a la aristocracia urbana era conservar el orden público y garantizar las transacciones, por lo que solo existieron funcionarios especializados en esos cometidos.

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A falta de una administración municipal, eran habituales las usurpaciones individuales sobre espacios comunes, es decir, la gente vivía donde quería y podía, y de la misma forma construía su casa. Esto afectó al paisaje urbano, que se convirtió en un laberinto de casas apiñadas en calles tortuosas y angostas, interrumpidas por muros, pasadizos y puertas que facilitaban su cierre nocturno y, en definitiva, su aislamiento.

Fuente: Kalipedia

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