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El Viaje de Jasón y los Argonautas en su Búsqueda del Vellocino de Oro


Los Argonautas son el nombre que reciben en su conjunto los acompañantes de Jasón en su búsqueda del vellocino de oro. Deben su nombre al de la nave que los llevaba Argo (‘rápido’), que a la vez coincidía con el de su constructor, Argo.

Hay diversas listas que detallan los hombres y héroes que llevaron a cabo este viaje, en las que aparecen distintos personajes; las dos principales y más fidedignas son las de Apolodoro y Apolonio de Rodas. El número suele ir de cincuenta a cincuenta y cinco, ya que el barco estaba pensado para llevar a cincuenta remeros. Los principales personajes que participan en las aventuras y que aparecen en todas los catálogos que recogen a estos viajeros son:

  • Argo, el constructor de la nave.
  • Tifis, el piloto que había aceptado el cargo por orden de Atenea, quien le había instruido sobre el arte de la navegación, por aquel entonces desconocido.
  • Ergino, hijo de Poseidón que reemplaza a Tifis cuando éste muere en el país de los mariandinos.
  • Orfeo, músico tracio que marcaba el ritmo a los remeros. Una versión cuenta que los dioses le habían mandado que acompañara la expedición para que sus cantos eclipsaran a los de las Sirenas.
  • Idmón, Anfiarao y Mopso, adivinos.
  • Zetes y Calais, los dos hijos de Bóreas
  • Los Dioscuros, Cástor y Pólux.
  • Idas y Linceo, hijos de Afareo y primos de los anteriores.
  • Etálides, hijo de Hermes que hizo de heraldo de la expedición.
  • Heracles, que protagoniza el rapto de Hilas, aunque no aparece en todas las relaciones.

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Construcción de la nave

Argo construyó la nave en Págasas (Tesalia), con ayuda de Atenea. La madera que sirvió para su construcción era del Pelión, excepto la que componía la proa que era un trozo de roble sagrado de Donona, traído por la diosa. Ella misma se encargó de tallarla y le confirió el don de la palabra y la profecía.

El viaje

El barco partió tras hacer un sacrificio a Apolo. Los oráculos habían sido todos positivos, pues predecían la vuelta con vida de todos ellos, a excepción de Idmón.

La primera escala fue en la isla de Lemnos, que se encontraba en ese momento desprovista de hombres, pues las mujeres les habían dado muerte. De este modo, los argonautas se unieron a ellas y les dieron hijos. Después fueron a Samotracia, donde Orfeo les incitó a iniciarse en sus misterios. Más tarde, ya en el interior del Helesponto, llegaron a la isla de Cícico, país de los doliones, cuyo rey se llamaba Cícico igualmente. Allí fueron muy bien acogidos y permanecieron un día, al cabo del cual partieron de nuevo. Sin embargo, un viento adverso les devolvió a las mismas costas, sin ellos advertirlo. Por su parte, los doliones tampoco reconocieron a sus recientes huéspedes y, creyendo que eran piratas pelasgos que atacaban, tomaron las armas. Se inició una cruel batalla, en la que el propio Jasón mató con su lanza al rey. Al amanecer, se dieron cuenta de su error y se lamentaron de su infortunio. Jasón entonces decidió ofrecer grandes funerales por Cícico y, durante tres días, hubo lamentaciones rituales y juegos en honor del difunto, lo que no evitó que la esposa del rey, Clite, se ahorcara. Se cuenta que las ninfas lloraron de tal modo que sus lágrimas dieron origen a la fuente que se conoce por el nombre de la reina, Clite. Antes de partir, levantaron una estatua en el monte Díndimo en honor de Cibeles.

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Heracles, Polifemo e Hilas

La siguiente etapa los condujo más al Este, a la costa de Misia. Allí Heracles tuvo que ir a buscar un árbol apropiado para hacerse un remo, pues el suyo lo había desgastado. Mientras Hilas, joven que acompañaba a Heracles, fue a buscar agua para la comida. Las ninfas, prendidas de su belleza, lo atrajeron hasta el manantial y el pobre muchacho murió. Polifemo, que andaba cerca, oyó el grito del niño y se puso a buscarle sin éxito. Más tarde, se le uniría Heracles y, así, ambos se pasaron la noche en vela intentando hallarlo. El barco zarpó en la madrugada y, ni Polifemo, ni Heracles estaban a bordo.

Ámico

El siguiente punto de escala fue el país de los Bébrices, cuyo rey, Ámico, era un gigante hijo de Poseidón que se complacía en retar a sus visitantes y matarlos a puñetazos. Pólux aceptó el reto y le venció; sin embargo, le perdonó la vida a cambio de que no volviese a molestar a los extranjeros que llegaran a su reino. En algunas tradiciones, se establece una batalla entre argonautas y bébrices con grandes bajas entre estos últimos que hubieron de dispersarse.

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Fineo

Posteriormente, desembarcaron en la costa de Tracia y fueron a dar al país de Fineo, adivino ciego hijo de Poseidón. Este hombre había sido castigado por los dioses de manera que, cada 0vez que se disponía a comer, las Harpías devoraban parte de los alimentos, ensuciando el resto con sus excrementos. Al ser preguntado el adivino por los peligros que aún acechaban a los argonautas en su viaje, éste se negó a responder si antes no le libraban de su terrible maldición. Así, le pidieron al anciano que se sentara y, cuando las Harpías aparecieron, empezaron a ser perseguidas por Calais y Zetes, hijos del viento e igualmente alados. Exhaustas, tuvieron que rendirse y prometer por el Éstige no volver a molestar más a Fineo. Al fin libre de tan cruel tortura, les previno de un peligro inminente: las Rocas Azules o Cianeas, escollos flotantes que chocaban entre sí. Para este lance, les aconseja que suelten una paloma y, si ésta es apresada por las rocas, renuncien a la empresa; en caso contrario, pueden avanzar. Además les informa de otros percances que van a sufrir y cómo solventarlos.

Las Rocas Azules

Tras conocer el oráculo parten de nuevo y, al llegar frente a las Rocas Azules (conocidas también como Simplégades, ‘rocas entrechocantes’), sueltan una paloma que logra atravesar sin dificultad el trayecto, aunque justo al final pierde dos o tres plumas que quedan apresadas entre las dos rocas. Efectivamente, cuando ellos realizan la misma ruta, consiguen pasar, mas la popa es levemente dañada. Tras esto, las rocas permanecieron fijas, pues estaba escrito que, en el momento que un barco cruzara entre ellas, nunca más se moverían.

Muerte de Idmón y Tifis

Así, consiguieron entrar en el mar Negro y llegar al país de Lico, rey de los Mariandinos, donde fueron bien recibidos. Sin embargo, dos desgracias aguardaban a los argonautas en este lugar: la muerte de Idmón, herido por un jabalí en una cacería, y la del piloto Tifis, que hubo de ser sustituido por Anceo. Tras pasar la desembocadura del Termodonte y costear el Cáucaso, llegaron finalmente a Cólquide, destino de su viaje.

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Jasón se presentó al rey Eetes y le explicó el motivo de su llegada: necesitaba el vellocino de oro para entregárselo a Pelias y, de este modo, recuperar el reino que le correspondía. El rey de Cólquide no se negó, pero le impuso la condición de poner bajo el mismo yugo dos toros nunca uncidos de pezuñas de bronce que arrojaban fuego, regalo que le había hecho Hefesto a este rey hacía ya muchos años. Además, si lograba este requisito, tendría que arar con ellos un campo y sembrar los dientes del dragón de Ares, que Atenea había dado a Eetes.

El héroe se quedó muy contrito ante tamañas peticiones, pues no sabía cómo podría llevarlas a cabo. Sin embargo, todo fue más fácil de lo que él suponía, pues la hija del rey, Medea, se había enamorado de Jasón y le prometió ayudarle si le daba palabra de matrimonio y se la llevaba a Grecia. De este modo, tras hacer un juramento solemne, Medea, que era maga, le dio un ungüento que le haría invulnerable al fuego y al hierro durante veinticuatro horas y así podría solventar el problema de las reses. En cuanto a los dientes del dragón, le advirtió que de ellos saldrían soldados armados que intentarían matarle, pero que él debía arrojar una piedra desde lejos y esto haría que los soldados luchasen entre sí, al culparse unos a otros del hecho. Jasón hizo todo tal y como Medea le había indicado y, efectivamente, cumplió los requisitos impuestos por el rey. Éste no quiso cumplir su palabra y pretendía incendiar el Argo y dar muerte a toda la tripulación, mas Medea de nuevo ayudó a Jasón e hizo que, con su magia, el dragón que custodiaba el vellocino durmiera. Robada la preciada piel, huyeron.

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Viaje de regreso

Persecución de Eetes

Cuando el rey de Cólquide vio que se habían llevado el vellocino y a su hija, fue en pos de la nave. Como Medea había previsto esta reacción, mató a su hermano Apsirto y fue arrojando trozos de su cuerpo al mar. El padre tuvo que ir parando a recogerlos y, una vez reunidos todos, parar en el puerto de Tomes (costa occidental del Ponto Euxino), que era el más cercano, y hacerle exequias fúnebres. Mientras hacía esto, mandó naves que persiguieran el Argo y ordenó a sus hombres que regresaran con su hija o perecerían en su lugar. En otra versión, Apsirto fue en pos de su hermana, mandado por Eetes, y Jasón, ayudado por Medea, le dio muerte a traición en un templo dedicado a Artemisa que había en la desembocadura del Danubio.

Sea como fuere, Zeus se irritó sobremanera por la muerte de Apsirto e hizo que el barco perdiera la ruta. Entonces, la proa del barco, hecha con el madero de Atenea, reveló la cólera divina y predijo que sólo la purificación de todos ellos por Circe la aplacaría. De este modo, navegaron el Eridano (Po) y, tras atravesar el Ródano, llegaron de nuevo al Mediterráneo. Allí pusieron rumbo a la isla de Eea, reino de Circe. La maga, tía de Medea, purificó a Jasón, pero se negó a acogerle en su palacio.

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El mar de las Sirenas

Tras este episodio, Tetis, mandada por Hera, les condujo hasta el mar de las Sirenas, donde Orfeo hizo tal canto que ningún navegante sintió deseos de acudir a la llamada de las encantadoras. Sólo Butes se arrojó al agua, pero Afrodita lo salvó llevándoselo a Lilibeo (Sicilia).

La nave tuvo que atravesar también el estrecho de Caribdis y Escila, y las islas errantes, sobre las que había un humo negro y profundo.

En el reino de Alcínoo

Cuando llegaron a Córcira (Corfú), país de los feacios cuyo rey era Alcínoo, un grupo de colcos, mandados por Eetes, pidieron al rey la devolución de Medea. Éste consultó a su mujer Arete y decidió que, si Medea era virgen, se la entregaría; pero, en el caso de que no fuera así, no lo haría, pues pertenecería a su esposo Jasón.

La reina puso en conocimiento de Medea esta decisión y Jasón puso el remedio para salvarla. Ante la negativa de Alcínoo de entregar a la muchacha tras comprobar su falta de doncellez, los enviados por Eetes no se atrevieron a regresar a su patria y se instalaron en aquella tierra.

Muerte de Canto y Mopso

Al salir de Corcira, una tempestad les llevó a las Sirtes (Libia), donde tuvieron que cargar con la nave en los hombros hasta el lago Tritonis. El dios del lago, Tritón, les ayudó a encontrar una salida al mar, pero en el transcurso de esta aventura perdieron a Canto y Mopso.


Enfrentamiento con Talo y desembarco en Creta

Al llegar a Creta, tuvieron que enfrentarse a Talo, autómata construido por Hefesto, al que Minos le había asignado la misión de no permitir ningún desembarco. El monstruo cogía grandes rocas y las lanzaba, desde lejos, a cualquier barco que se aproximara, además era invulnerable. Medea le hizo ver imágenes engañosas que enfurecieron al gigante, de tal modo que éste acabó desgarrándose una vena que tenía bajo el tobillo, en la que radicaba su vida, y murió.

Tras pasar la noche en la playa y levantar un santuario a Atenea Minoica, reanudaron su viaje.

Construcción del santuario a Febo

En el mar de Creta, se vieron de repente sumidos en profundas tinieblas. Una noche opaca y oscura les rodeó y, al no poder ver nada, suplicaron a Apolo, dios de la luz, que les ayudara. Éste envió una llama con la que pudieron llegar a una pequeña isla de las Espóradas que llamaron Ánafe (‘isla de la Revelación’), donde edificaron un templo a Febo. Como no tenían agua, hicieron las libaciones con vino, lo que provocó las risas de las criadas feacias. Éstas comenzaron a hacer burlas atrevidas a los Argonautas, a las que ellos respondieron de igual modo y, de este modo, se dio origen a una escena jocosa que se repetía en la isla cada vez que se celebraba un sacrificio.

Llegada a Yolco

Tras hacer escala en Egina y costear Eubea, llegaron a Yolco con el vellocino. Habían tardado cuatro meses en realizar el viaje. Jasón condujo la nave a Corinto y la consagró a Poseidón.

Fuente: Britannica

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