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El Honrado Concejo de la Mesta de la Corona de Castilla


El Honrado Concejo de la Mesta de la Corona de Castilla fue la corporación de ganaderos más importante de la historia Medieval y Moderna, y, tanto por el número de sus agremiados como por el tamaño de sus cabañas y las cifras de exportación y cotización lanera, no tiene parangón con ningún otro gremio pecuario, tanto de los reinos hispanos como de las formaciones políticas europeas. La cosecha de un producto de calidad contrastada, como era la lana blanca fina merina, implicó a un buen manojo de grupos dentro del tejido social hispano: de pastores y ganaderos de ambas mesetas a terratenientes sureños, esquiladores y lavadores, comerciantes y fabricantes, arrendadores de yerbas e impuestos y la misma Corona. Además, al mantener los castellanos el monopolio lanero en los mercados internacionales durante cinco centurias, hasta llegar a ser la principal fuente de divisas del reino y cotizarse en la bolsa de valores de Amsterdam, este subsector económico ha sido referencia obligada y objeto de controversia para las diversas generaciones y escuelas historiográficas.

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El origen de la Mesta

Desde la acuñación del concepto altomedieval de Cabaña Real, definido como el conjunto de todos los ganados del reino y sus dueños bajo el amparo del monarca en el uso de prerrogativas mayestáticas, podemos distinguir tres tipos de pastoreo en función de la longitud y la modalidad de los desplazamientos: estante o riberiego, trasterminante y trashumante. Este último, que verificaba las migraciones estacionales entre sierras o pastos veraniegos del Septentrión y extremos o dehesas cálidas e invernales del Mediodía, fue el protagonista del pastoreo practicado por los hermanos mesteños, lo que no quita para que también tuviesen reses riberiegas y hatos estantes.

En cuanto al pastoreo, basado en la llamada marcha a extremos, algunos autores han remontado su origen a los tiempos prehistóricos, unida a mitos como el de las tres cabezas de Gerión, o hitada por los verracos y foramontanos, como podían ejemplificar los famosos Toros de Guisando. Sin embargo, la trashumancia histórica, que requiere de reglamentos y policía para desarrollarse con periodicidad, no se institucionalizó hasta la Alta Edad Media. Por entonces, era costumbre entre los pastores castellanos fazer mestas, es decir, celebrar reuniones locales para devolver el ganado extraviado a sus dueños, a la vez que la dinámica de la Reconquista favorecía las migraciones pecuarias por la movilidad de la propiedad semoviente y por la incorporación de ricos pastizales a los reinos cristianos.

Más tarde,  fue la confluencia de dos factores la que contribuyó a arraigar la trashumancia en la Península Ibérica, a saber: los geográfico-espaciales, unidos a una configuración física con una elevada altitud media y con contrastes climáticos entre la Iberia húmeda y seca, facilitaron desde la Antigüedad los desplazamientos semovientes en busca de yerbas estacionales. Por otro lado, hay que contar con los factores histórico-temporales, pues en la repoblación era más factible la solución ganadera que la agrícola, al exigir menos mano de obra y permitir una mayor protección de los animales que los cultivos en un clima de guerra fronteriza.

La Mesta en la Edad Media

Por eso, Alfonso X fundó mediante privilegios el Honrado Concejo de la Mesta en 1273, no como federación de las múltiples mestas locales, sino como marco legal para todos los ganaderos del reino; por lo tanto, ello significó el reconocimiento oficial de la trashumancia a gran escala dentro del marco de la monarquía feudal. A la par, se habilitaron rutas pastoriles específicas, que variaron en función de las circunstancias bélicas, climáticas y mercantiles, recibiendo los nombres de cañadas reales, cordeles y veredas según su anchura legal, y conformando un mallazo viario que, en forma de vasos comunicantes, cubría la superficie peninsular.

A raíz del alumbramiento mesteño y a lo largo de la Baja Edad Media, la corporación pecuaria contempló la sucesiva concesión y confirmación de privilegios reales, la génesis de una legislación pastoril y la fiscalización del ramo por la Hacienda Regia, que cotizaba el impuesto del Servicio y Montazgo en unas estaciones de peaje llamadas Puertos Reales. Al mismo tiempo, surgieron una multiplicidad de arbitrios locales -pontazgos, portazgos, verdes, pasos, castillerías, barcajes, etc.-,  percibidos por los señores y concejos del territorio transitado por las cabañas. Con todo, el proceso de mayor trascendencia para el sector fue la selección de la apreciada raza merina, productora de una lana blanca y fina de extraordinaria calidad que dio  a los castellanos el monopolio lanero en los mercados europeos durante cinco siglos. Ello convirtió a la granjería merina en la principal sustancia destos reynos.

La expansión lanera bajomedieval culminó con la política proteccionista de los Reyes Católicos, concretada en la codificación de las leyes pastoriles, la concesión del privilegio sobre los pastos (más tarde conocido como Ley de Posesión) y la organización interna de la institución mesteña. Ésta, presidida por el decano del Consejo Real, aunaba cargos administrativos y de justicia, como los Alcaldes Entregadores y de Cuadrilla. En la base estaban los agremiados, los Hermanos de la Mesta, que se reunían dos veces al año en Junta General. El Honrado Concejo vivió en el siglo XVI, con los Austrias Mayores, su primera etapa de esplendor al calor del negocio merinero, cuando incluso fueron trazadas dos rutas para la navegación de los vellones hacia el exterior: la de los puertos de Levante, con destino a los centros manufactureros del norte de Italia, y la de del Cantábrico, con rumbo a Francia, Inglaterra y Flandes, lugares en los que habían abierto factorías los comerciantes peninsulares.

La Mesta en la Edad Moderna

Ahora bien, durante el reinado de los Austrias Menores tuvo lugar un proceso de concentración de riqueza ganadera, en el que las yerbas empezaron a ser acaparadas por los propietarios de las grandes cabañas, mientras que los más modestos se agruparon en cuadrillas para sus marchas semianuales o se convirtieron en pastores asalariados. Por su parte, los riberiegos, ganaderos del Mediodía que trasterminaban, se interesaron por la gran trashumancia y se infiltraron en el aparato burocrático del gremio. Estas diferencias jerárquicas entre los mesteños se agudizaron con la crisis diferencial del siglo XVII que sacudió a Europa, de efectos más acusados en las sociedades mediterráneas, y que incidió en la depresión del ramo pecuario. El arbitrista Miguel Caxa de Leruela clamó contra la postración mesteña en su obra Restauración de la abundancia de España. Fueron tiempos duros para un Imperio en descomposición, el Siglo de Hierro del que habla la lucidez mágica de Don Quijote en su anhelo de la edad áurea, y en el que la pluma cervantina sitúa el episodio en el que el Caballero de la Triste Figura confunde a dos rebaños merineros con sendas formaciones militares prestas a batirse, como reza la cita: “Volvió a mirarlo Don Quijote, y vió que así era la verdad; y alegrándose sobremanera, pensó, sin duda alguna, que eran dos ejércitos que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura”. La crisis política y económica de los reinos hispanos en pleno Barroco se tradujo en las metáforas de los héroes luchando contra quimeras como soldados y gigantes mudados en vulgares ovejas y molinos de viento.

El siglo XVIII deparó pingües rentas a las empresas merinas por la elevada cotización de las pilas de lana en los mercados europeos. Los ganaderos más poderosos, avecindados en la Corte, vieron crecer sus rebaños: incluso Felipe V llegó a crear una Cabaña Real Patrimonial de efímera vida. En 1765 se alcanzó el techo numérico de toda la historia de la Mesta, rebasándose las 3.500.000 cabezas trashumantes, a lo que habría que sumar una cabaña similar perteneciente a merineros estantes. Con los primeros Borbones se vivió, pues, lo que se ha llamado el segundo auge del Honrado Concejo, hasta el punto de causar admiración en los agraristas europeos, como por entonces expresaba el sueco Joan Alstron al referirse a las merinas castellanas: “Las ovejas tienen las patas de oro y donde quieran que pisan la tierra se transforma en oro”.

La composición social de los mesteños, de acuerdo con la terminología gremial, distinguía cuatro categorías de ganaderos:
1) Los Señores Ganaderos Trashumantes de Madrid, los mayores propietarios semovientes que los textos llamaron de gruesos caudales, y que incluían desde Grandes de España a títulos menores y burguesía mercantil.
2) Los monasterios y comunidades eclesiásticas, auténticas empresas agropecuarias que fueron dotadas desde su fundación con una valiosa cabaña merinera.
3) Los Ganaderos de Tierras Llanas, antiguos riberiegos mudados en trashumantes que se hallaban dispersos por el mapa pecuario.
4) Los modestos Serranos, pastores agrupados en cuadrillas o asalariados de las grandes explotaciones, distribuidos en los cuatro distritos ganaderos del reino: León, Soria, Segovia y Cuenca.

El declive de la Mesta

Toda la expansión de los siglos anteriores no fue óbice para que el reformismo ilustrado de Carlos III y sus ministros incidiesen sobre la corporación pecuaria. Fue así como Campomanes desarrolló una política antimesteña que tuvo como argumento central el pleito con la provincia de Extremadura, en el que tras la tesis de la reforma agraria se ocultaron los intereses de oligarcas y absentistas. Mas esta tentativa ilustrada cayó en su propia contradicción, al querer desarrollar proyectos reformistas sin modificar la estructura estamental de la sociedad.

La invasión napoleónica de 1808 marca el punto de inflexión de la granjería mesteña. Los sucesos bélicos y políticos propiciaron cambios socioeconómicos irreversibles. Muchos campesinos rompieron cañadas y pastizales e incumplieron las leyes pastoriles. La Mesta unió su suerte al absolutismo de Fernando VII ante el temor a estas revueltas y a la legislación liberal de las Cortes de Cádiz. La expansión de la raza merina por el extranjero rompió el monopolio internacional español, como lamentaba el comerciante Benito Felipe de Gaminde: “Celosos los extranjeros de las utilidades que proporcionaba esta finca (la granjería lanar), llevaron a su suelo merinas españolas…” . Los ganaderos empezaron a desprenderse de sus explotaciones trashumantes por su carácter deficitario. Por ello, la supresión de la Mesta en 1836 y su sustitución por la Asociación General de Ganaderos del Reino, no fue más que el reflejo de una realidad económica desfavorable, máxime cuando sus privilegios se hicieron incompatibles con la igualdad formal ante la ley del régimen liberal.

Fuente: Encarta

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