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1815 – Batalla de Waterloo


Batalla de Waterloo, combate final de las Guerras Napoleónicas, que puso fin al dominio francés sobre el continente europeo y provocó modificaciones drásticas en las fronteras territoriales y en el equilibrio de poder existentes en Europa. Esta batalla, librada el 18 de junio de 1815 en las proximidades de Waterloo (en la actualidad, Bélgica), es considerada como uno de los momentos decisivos de la historia moderna.

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ANTECEDENTES DE LA BATALLA

Napoleón I Bonaparte, que había llevado a Francia a ocupar una posición preeminente en Europa desde 1804 hasta 1813, se vio obligado a abdicar en 1814, presionado por una coalición compuesta por las principales potencias, entre las que cabe destacar a Prusia, Rusia, Gran Bretaña y Austria. Fue enviado al exilio en la isla de Elba y Luis XVIII pasó a ser el nuevo gobernante de Francia. En septiembre de 1814 se convocó el Congreso de Viena, al que acudieron delegados de casi todas las naciones europeas para discutir los problemas resultantes de la derrota de Francia. Sin embargo, el 26 de febrero de 1815, mientras el Congreso celebraba una sesión, Napoleón escapó de Elba y regresó a Francia. Muchos veteranos de sus anteriores campañas se unieron en torno a su líder; Bonaparte llegó a París el 20 de marzo de 1815 y asumió el poder durante un breve periodo denominado de los ‘Cien Días’. Los representantes del Congreso de Viena, alarmados por el regreso de Napoleón, reaccionaron rápidamente ante esta crisis. El 17 de marzo, Austria, Gran Bretaña, Prusia y Rusia acordaron aportar cada una 150.000 hombres para formar un ejército conjunto que habría de concentrarse en Bélgica, cerca de la frontera francesa. La mayoría de las restantes potencias participantes en el Congreso se comprometieron a enviar tropas para la invasión de Francia, que comenzaría el 1 de julio de ese mismo año.

LA MOVILIZACIÓN Y LA ESTRATEGIA

Napoleón, instalado en París, tuvo noticias de este plan y decidió atacar rápidamente a los aliados en su propio terreno antes de que tuvieran tiempo de constituir su ejército. Bonaparte, haciendo alarde de su energía y firmeza características, movilizó a 360.000 soldados adiestrados en dos meses. Reservó la mitad de sus tropas en Francia como guarnición de seguridad y agrupó a las restantes en unidades de ataque. El 14 de junio de 1815, Napoleón alcanzó la frontera franco-belga al frente de 124.000 hombres, desplazándose con gran rapidez y en el más absoluto secreto. Otros 65.000 quedaron en posiciones de retaguardia.

Frente a él, al otro lado de la frontera belga, se encontraban dos ejércitos aliados independientes. El mayor, formado por 116.000 prusianos y sajones, comandado por el mariscal de campo prusiano Gebhard Leberecht Blücher, estaba situado en la ciudad flamenca de Namur. Otro contingente, compuesto por 93.000 soldados británicos, holandeses y alemanes, se hallaba en Bruselas, en un puesto avanzado establecido en la localidad de Quatre-Bras. El jefe de este ejército, el general británico Arthur Wellesley, duque de Wellington, era además el comandante general de las tropas aliadas. Napoleón decidió atacar a ambos ejércitos para dividirlos y vencerlos con rapidez. Intentaría entonces hacer frente a las fuerzas rusas y austriacas que se aproximaban a Francia por el Este. Para llevar a cabo su plan, distribuyó a sus hombres en dos líneas de ofensiva y un grupo de reserva estratégica formado por veteranos leales, conocido como la ‘Vieja Guardia’.

El 15 de junio de 1815, Napoleón atravesó la frontera belga, lo que sorprendió al mando aliado. Después de cruzar el río Sambre, los franceses derrotaron a la vanguardia prusiana en Charleroi. A continuación, Bonaparte ordenó al mariscal Michel Ney, que dirigía el ala izquierda de sus tropas, atacar a una brigada de la caballería de Wellington en Quatre-Bras, 19 km al norte de Charleroi. El siguiente paso fue mandar al ala derecha, comandada por el general Emmanuel de Grouchy, atacar en el Este a una brigada prusiana destacada en la ciudad de Gilly. Grouchy cumplió su misión y avanzó hasta un punto cercano a la localidad de Fleurus, donde estaba concentrado un regimiento de Blücher. El emperador francés había conseguido situar a su ejército entre los elementos de avance de Wellington y Blücher, mientras que el grueso de sus tropas estaba ubicado de tal forma que podía dirigirse hacia el Oeste, contra las fuerzas anglo-holandesas, o hacia el Este, para atacar a las tropas prusianas.

Bonaparte se trasladó con sus tropas de reserva desde Charleroi hasta Fleurus el 16 de junio. Una vez allí, asumió el mando del ejército de Grouchy y derrotó a los regimientos prusianos. A continuación, se dirigió hacia el norte de Ligny para enfrentarse a Blücher, que se había apresurado a situarse al oeste de Namur con la esperanza de interceptar a los franceses.

LIGNY Y QUATRE-BRAS

La estrategia de Bonaparte en la acción de Ligny era coordinar su ataque a Blücher con la ofensiva de Ney en Quatre-Bras, contando con que sus fuerzas de reserva se desplazarían en apoyo del ala que lo precisara; si todo se desarrollaba según lo previsto, las reservas se dirigirían finalmente hacia el noroeste para unirse a Ney en Quatre-Bras y avanzar hacia Bruselas a fin de dividir a los dos ejércitos aliados.

Cuando Ney inició su ataque sobre Quatre-Bras (16 de junio), Napoleón comenzó su ofensiva sobre las tropas de Blücher. Tras una hora de sangrienta lucha en la que la batalla no se decidía en favor de ningún bando, Bonaparte envió un mensaje urgente al mariscal Ney, ordenándole enviar su primer destacamento al frente de Ligny. El mensajero de Napoleón, en lugar de entregar la orden a través del cuartel general del mariscal Ney, la entregó directamente al general Jean Baptiste Drouet, conde D’Erlon, jefe del primer destacamento. Éste se dirigió inmediatamente a Ligny. Sin embargo, cuando Ney tuvo noticia de la partida de D’Erlon, le envió un mensaje para que regresara a Quatre-Bras. Drouet recibió este comunicado en el momento en el que llegaba al campo de batalla de Ligny y, de nuevo obedeció las instrucciones, de manera que no tomó parte en ninguno de los dos enfrentamientos. A pesar de ello, Napoleón consiguió derrotar a Blücher tras un cruento combate que se prolongó durante tres horas. Los prusianos se retiraron al anochecer; pese a sus numerosas bajas, el grueso del ejército de Blücher permanecía en condiciones de combatir al no haber intervenido D’Erlon en la lucha.

Mientras tanto, Ney, que se hallaba en Quatre-Bras, había esperado inexplicablemente varias horas a que se realizara el ataque sobre la posición anglo-holandesa; esta demora permitió a Wellington recibir el refuerzo de varias divisiones de caballería e infantería. Finalmente, Ney lanzó un ataque a las dos de la tarde, pero fue bruscamente rechazado. Las sucesivas ofensivas sobre las fuerzas anglo-holandesas resultaron igualmente infructuosas, debido a la ausencia del regimiento de D’Erlon. Wellington contraatacó enérgicamente hacia las siete de la tarde y obligó a Ney a replegarse sobre la ciudad de Frasnes, situada varios kilómetros al sur de Quatre-Bras. No obstante, D’Erlon se reunió con Ney en Frasnes a las nueve de la noche.

MONT-SAINT-JEAN

A primeras horas de la mañana del 17 de junio, un mensajero de Blücher alcanzó la posición de Wellington en Quatre-Bras y le informó de la derrota sufrida por los prusianos en Ligny. El general británico, al percatarse de la estrategia de Napoleón, se apresuró a enviar un mensaje a Blücher sugiriéndole que se dirigiera hacia el noroeste y se uniera al ejército anglo-holandés para enfrentarse así a Napoleón conjuntamente en las proximidades de la localidad de Mont-Saint-Jean, al sur de la ciudad de Waterloo. Wellington se retiró de Quatre-Bras varias horas después, dejando allí una brigada de caballería para confundir al mariscal Ney.

Esa misma mañana, Bonaparte, que se encontraba en Ligny, ordenó a Grouchy perseguir al ejército de Blücher, que se batía en retirada. A continuación, envió mensajes a Frasnes en los que ordenaba a Ney atacar a Wellington inmediatamente. El mariscal francés, que no conocía la retirada de Wellington, no obedeció estas órdenes. Napoleón llegó a Frasnes esa tarde, asumió el mando de las fuerzas de Ney, rechazó a la brigada que guardaba Quatre-Bras y partió con su ejército en busca de Wellington. A primeras horas de la tarde, Bonaparte divisó al ejército anglo-holandés atrincherado al sur de Mont-Saint-Jean. Ambos ejércitos comenzaron a prepararse para la batalla.

Durante este tiempo, Grouchy no había conseguido alcanzar al ejército de Blücher. Hacia las diez de la noche del 17 de junio, las tropas de reconocimiento de Grouchy le informaron de que los prusianos, en lugar de retirarse hacia el este de Namur, se habían dirigido al noroeste, con la supuesta intención de unirse a Wellington. Grouchy mandó un mensaje para avisar a Napoleón de tal circunstancia, y éste le envió la respuesta a las diez de la mañana del 18 de junio: debía intentar alcanzar a los prusianos, lo que el general francés no logró.

El ejército francés y el ejército anglo-holandés se encontraban en posición de ataque en la mañana del 18 de junio. La fuerza anglo-holandesa, orientada hacia el Sur, contaba con 67.000 efectivos y 156 cañones, y Blücher se había comprometido a enviar a Wellington 70.000 hombres de refuerzo a lo largo del día. Así pues, la estrategia de Wellington consistía en resistir la ofensiva de Napoleón hasta que llegaran los soldados de Blücher, flanquear el ala derecha de las tropas napoleónicas y después rebasar la línea francesa. El ejército de Bonaparte, situado hacia el Norte, disponía de 74.000 hombres y 246 cañones. Su plan era tomar Mont-Saint-Jean y cortar la ruta de retirada hacia Bruselas a la fuerza anglo-holandesa. De este modo, podría destruir el ejército de Wellington sin ninguna dificultad.

LA DERROTA FINAL

La batalla comenzó a las 11.30 de la mañana con una estratagema de Napoleón en el flanco derecho de las tropas de Wellington. Tras esta maniobra, que no dio el resultado esperado, los franceses abrieron fuego para debilitar el frente central aliado. Hacia la una de la tarde, el emperador observó que las unidades de avance del ejército de Blücher se aproximaban por el Este. Bonaparte envió un nuevo mensaje a Grouchy para comunicarle la situación y le ordenó atacar a los prusianos.

Mientras tanto, la caballería y la infantería luchaban intensamente junto a la sierra que ocultaba al grueso de las tropas de Wellington. A las cuatro de la tarde, las tropas de avance de Blücher, que habían esperado el momento oportuno, entraron en batalla y obligaron a los franceses a retroceder unos 800 m. Éstos consiguieron retomar su posición tras un contraataque y los prusianos tuvieron que replegarse hacia el noreste 1,6 km. Poco después de las seis de la tarde, Ney avanzó hasta el centro de las fuerzas anglo-holandesas y puso en peligro toda la línea de Wellington. Pese a ello, el general británico logró rechazar a Ney.

Napoleón decidió realizar entonces una ofensiva general como último recurso; envió al campo de batalla a todos los batallones de la Vieja Guardia —salvo cinco de ellos— para lanzar un ataque sobre el grueso de las fuerzas enemigas. La infantería aliada causó graves pérdidas a los franceses y reprimió la ofensiva. Napoleón reagrupó a sus fuerzas y atacó de nuevo, pero su situación era cada vez más desesperada. Hacia las ocho de la tarde, los prusianos, que habían tomado posiciones en el ala izquierda de la línea de Wellington, atravesaron el flanco derecho de los franceses provocando el pánico entre las tropas de Bonaparte. Éste consiguió escapar gracias tan sólo a las valientes acciones de retaguardia emprendidas por los batallones de la Vieja Guardia. Mientras las derrotadas fuerzas del emperador huían por el camino de Charleroi, Wellington y Blücher se reunieron y decidieron que las brigadas prusianas persiguieran a los franceses. Durante la noche del 18 de junio, los prusianos atacaron al enemigo y le obligaron a retroceder hasta la otra orilla del Sambre.

LAS CONDICIONES RESULTANTES DE LA GUERRA

Napoleón firmó su segunda abdicación el 22 de junio; Luis XVIII fue restaurado en el trono de Francia el 28 de junio, con lo que concluyó la etapa de los Cien Días. Las autoridades británicas aceptaron la rendición de Bonaparte el 15 de julio, y éste fue enviado posteriormente al exilio en la remota isla de Santa Elena.

Cuando Napoleón hablaba sobre la batalla de Waterloo, solía criticar duramente al general Grouchy por no haber conseguido interceptar a los prusianos tras su retirada de Ligny. Ney tampoco logró atacar a Wellington el 17 de junio y evitar la retirada de Quatre-Bras; asimismo, se equivocó al ordenar a los regimientos de D’Erlon que abandonaran Ligny el 16 de junio, lo que impidió a Napoleón destruir al ejército de Blücher. Finalmente, el propio Bonaparte podría haber reunido fácilmente más tropas frente a Charleroi empleando a las fuerzas de reserva que se mantenían en la retaguardia.

BAJAS

La batalla de Waterloo fue una de las más cruentas de la historia moderna. El número de bajas del 18 de junio fue de 40.000 hombres en el bando francés, 15.000 en el ejército anglo-holandés y 7.000 entre los prusianos.


El enfrentamiento librado el 18 de junio de 1815 ha sido considerado como uno de los choques bélicos de mayor importancia en el desarrollo de la historia europea. Los contendientes en la lucha pusieron en juego todo su arsenal militar y estratégico al servicio de la victoria final, victoria en la que, más que el enfrentamiento entre dos rivales militares, se decidía el futuro del continente entre dos ideas antagónicas: la imperial y la estatal.

Los inicios del conflicto.

Napoleón Bonaparte (1769-1821) era un joven general del ejército francés cuyos sonados éxitos en las campañas de Italia (1793-1797) y Egipto (1798-1799) le habían alzado a una posición importantísima dentro del Directorio, órgano consensuado del gobierno francés que puso fin a los desmanes jacobitas tras los ecos de la Revolución. Desde su regreso a París y después de dar un golpe de estado, el famoso golpe del 18 de Brumario en 1799, su valía militar y su carisma como gobernante le había hecho saltarse las normas de gobierno colegiado, primero para ser elegido Cónsul Vitalicio (1802) y después emperador (1804), pasando enseguida a sojuzgar a todos los estados europeos bajo su obediencia. Sin embargo, éstos habían tomado rápidamente conciencia del peligro que para sus intereses representaba la figura del emperador francés, por lo que una coalición formada por tropas de la gran mayoría de países (Rusia, Gran Bretaña, Austria y Prusia, entre otros) había logrado restituir el gobierno monáquico en Francia en la persona de Luis XVIII y enviar a Napoleón al destierro en la isla de Elba, medidas todas ellas tomadas en el Congreso de Viena (1814). Los legados europeos enviados a dicho congreso continuaron discutiendo los pormenores del reparto territorial tras la nueva situación durante casi un año, en el que todos se congratulaban por haber acabado con la amenaza napoleónica.

Sin embargo, en febrero de 1815, saltó la inesperada noticia: Napoleón se había escapado de la isla de Elba y regresaba a Francia, donde contaba con el apoyo de los miles de veteranos de guerra que habían permanecido leales a su causa tras la imposición del monarca Luis XVIII. Apenas un mes más tarde, y tras la huida de Luis XVIII, Napoleón Bonaparte entró en París, acompañado por una ferviente multitud de partidarios, y asumió el poder absoluto del estado francés. Esta última fase de su mandato es conocida en la historia como Período de los Cien Días.

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Los preparativos militares.

La noticia despertó tanto las iras como los temores de los congresistas vieneses, aunque no tardaron mucho en decidir la movilización de un enorme contingente militar (más de 500.000 soldados procedentes de todos los países europeos) para proceder a la invasión de Francia, que habría de llevarse a cabo a finales de junio de 1815, buscando un castigo ejemplar para el osado emperador francés. Bonaparte, lejos de amilanarse, movilizó a su vez en apenas unas semanas a 300.000 soldados que tomarían el inmediato destino de la frontera con Bélgica, en un intento de abortar la construcción del ejército europeo de la Coalición antiimperialista. Utilizando sus dotes de hábil estratega, Napoleón logró asentar a más o menos la mitad de sus hombres en territorio fronterizo dentro del más sigiloso secreto, pretendiendo dividir a las tropas que se encontraban en territorio belga al mando del mariscal prusiano Blücher, establecidas en Namur, y del general británico Arthur Wellesley, duque de Wellington, establecidas en Bruselas.

Así pues, el 15 de junio de 1815 Bonaparte cruzaba, al mando de sus tropas, la frontera belga, en una inesperada maniobra de ataque que sorprendió a los dirigentes de la Coalición. El emperador francés venció la resistencia de unos pocos puestos de vanguardia establecidos en el camino y se presentaba sobre el territorio con un impresionante ejército, que contaba además con la dirección de dos prestigiosos militares: el mariscal Michel Ney, a cargo del ala izquierda, y el general Emmanuel de Grouchy, al mando del ala derecha. Mientras que la vanguardia comandada por Bonaparte continuaba su arrollador avance sobre los destacamentos prusianos establecidos en Charleroi, Ney atacó las tropas de Wellington en Bruselas (concretamente, en su cuartel general de Quatre-Bas, al norte de Charleroi) y Grouchy deshacía la amenaza de la brigada prusiana situada en la ciudad de Gilly (al este de Charleroi). De este modo, las tropas napoleónicas cortaban cualquier tipo de enlace entre Wellington y Blücher, a la vez que quedaban situadas en posición central para repeler cualquier tipo de ofensiva que viniese por el oeste y contaban, además, con la llegada inminente de refuerzos (unos 100.000 soldados, entre ellos la temida Vieja Guardia napoleónica) que Bonaparte había dejado en Francia.

Los enfrentamientos en Ligny y en Quatre-Bas

Tras ser las tropas prusianas derrotadas en Fleurus (cerca de Charleroi) el 16 de junio, el mariscal Blücher se trasladó a la ciudad de Ligny, al oeste de Namur, desde donde procedió a reorganizar su ejército. Napoleón tuvo noticias de ello, ya que los servicios de espionaje napoleónicos eran, naturalmente, los mejores de toda Europa, y urdió su estrategia definitiva. Las tropas de vanguardia, comandadas por él mismo, atacarían en Ligny a Blücher, mientras que Ney haría lo propio con las tropas de Wellington en Quatre-Bas, manteniendo una fuerte reserva de hombres en retaguardia por si fuese necesaria su entrada en apoyo de alguno de los dos contingentes. El plan se completaba con la unión de ambos ejércitos en Bruselas, que sería tomada triunfalmente.

La acción tuvo lugar el propio día 16 de junio. Blücher resistió el primer envite, por lo que Napoleón ordenó a Ney, que a su vez había comenzado la lucha sobre Quatre-Bas, el envío urgente de tropas de apoyo. Debido a varias confusiones entre los mensajeros napoleónicos, el destacamento de apoyo, al mando del general Drouet, conde D´Erlon, atravesó los campos de batalla sin llegar a intervenir en la lucha. Por ello, aunque finalmente Napoleón consiguió derrotar a Blücher, su ejército había sufrido graves bajas y los prusianos quedaban aún en condiciones más que sobradas de presentar batalla.

El inexplicable error cometido con los refuerzos no fue sufrido únicamente por la vanguardia bonapartista. En Quatre-Bas, Ney había esperado inútilmente el ataque de las tropas de refuerzo que, en plena confusión, también eran las formadas por el conde D`Erlon. Esta espera sirvió para que Wellington sí recibiese el apoyo de contingentes holandeses y británicos, sobre todo soldados de caballería. Debido a ello, cuando Ney, apremiado por la inminente llegada de la oscuridad nocturna, ordenó el ataque sobre Quatre-Bas, fue bruscamente rechazado por Wellington que, además, pasó al contrataque y obligó a las tropas de Ney a retirarse hacia el sur, concretamente a la ciudad de Frasnes.

A partir de ese momento, Wellington quedaba al mando de la Coalición, una vez mostrada su valía estratégica. El general británico decidió la unión de sus tropas con Blücher pues era plenamente consciente de que la estrategia de Napoleón era debilitarlos por separado, pero pensaba que el ejército de la Coalición unido acabaría aplastando al francés. El punto de unión de ambos contingentes era la ciudad de Mont-Saint-Jean, al sur de Waterloo. El general Wellington puso en marcha a sus hombres el mismo día, no sin antes dejar varios destacamentos en la ciudad con la intención de sembrar la confusión entre las tropas de Ney e intentando que la reorganización de su ejército fuera inadvertido ante los ojos franceses. A la vez, las tropas de Blücher iniciaban lo que parecía ser un repliegue tras la derrota sufrida.

Al tener conocimiento de la nueva situación, Napoléon ordenó a Ney que atacase primero los destacamentos de Quatre-Bas y, tras ello, se lanzara en persecución de Wellington. A su vez, Grouchy estaba encargado de detener el avance de Blücher, en un desesperado intento de cortar la unión de ambos contingentes. Ninguna de las dos acciones se llevó a cabo con éxito, con lo que Napoleón tuvo que observar cómo las tropas de la Coalición se encontraban perfectamente atrincheradas y en posición de ataque en la mañana del 18 de junio, en Mont-Saint-Jean. La desconexión de las diferentes alas del ejército napoleónico había provocado la desigual confrontación.

El combate final: Waterloo

Cuando al mediodía del 18 de junio comenzó la batalla, las estrategias militares de ambos contendientes estaban claramente definidas:

1- Napoleón pretendía tomar Mont-Saint-Jean con rapidez y desplazar las tropas de Ney hacia el camino de Bruselas. De esta forma, entorpecerían la unión de Wellington con Blücher y estarían en disposición de, mediante una maniobra envolvente, destrozar al ejército de Wellington atacando su retaguardia con los soldados de Grouchy.

2- Wellington debía resistir lo máximo posible el severo ataque frontal al que le iba a someter Napoléon, alargando el combate en espera de la llegada de los refuerzos prusianos de Blücher, con lo que las tropas de la Coalición doblarían en número a las napoleónicas. Una vez conseguido esto, se trataba de esperar cualquier movimiento en falso de las alas francesas para descargar allí la ofensiva final, rebasando la línea de vanguardia napoleónica.

El desarrollo bélico de la confrontación fue tan previsible como las estrategias militares. El brutal ataque de Napoleón provocó graves bajas a Wellington, aunque el pertrecho de la montaña servía de escudo natural a su posición. A media tarde, las tropas de enlace prusianas sufrieron el ataque de Grouchy, pero el mayor contingente, hábilmento oculto en la retaguardia y al mando de Blücher, atacó a su vez la debilitada ala derecha napoleónica.

Napoleón jugó su última baza ordenando el ataque sobre el ejército de Wellington de sus soldados más preciados: la Vieja Guardia. Al fracaso de los ataques franceses se sumaron nuevas reagrupaciones y contrataques napoleónicos que llegaron a poner en severos aprietos al contingente anglo-holandés, pero los prusianos rebasaron, casi en la penumbra del día, el flanco derecho de las tropas imperiales, lo que puso fin a la batalla. Napoleón consiguió escapar con vida gracias al sacrificio de su guardia personal. El resto de su diezmado ejército emprendió la retirada hacia Charleroi, perseguidos brutalmente por prusianos y británicos. Mientras, en el campamento central de la Coalición, Blücher y Wellington brindaban por su éxito, acompañados por los gobiernos autoritarios de toda Europa.

Las consecuencias de Waterloo

El Período del Imperio de los Cien Días finalizó el 22 de junio de 1815, cuando Napoleón Bonaparte firmó su segunda abdicación imperial por la que se volvía a restaurar la monarquía francesa en la persona de Luis XVIII. La Coalición aceptó la rendición de Napoleón a cambio de condenarle al destierro en la lejana isla de Santa Elena. Allí acabó sus días el emperador, no sin dejar de pensar por qué había tardado tanto tiempo en reorganizar sus tropas en Charleroi o por qué el conde D´Erlon no había participado en ninguno de los primeros ataques.

Las consecuencias políticas de la victoria de los estados fue la instauración plena de las monarquías autoritarias en Europa, abandonando cualquier ideal de cambio propugnado por la Revolución francesa, si se toma el Imperio como su fin último. Por lo que respecta a las bajas, la horrible guadaña de la guerra se había llevado por delante las vidas de más de 200.000 europeos, además de provocar un declive demográfico del que el Viejo Continente tardaría décadas en recuperarse, revelándose así la batalla de Waterloo como una de las más cruentas de la Historia reciente.

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